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SEVILLA. EXPO 92

Manoel de Oliveira, un joven cineasta rebelde con 84 años

"Hay que jugar con la imaginación, no con el dinero". afirma el director portugués

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS Manoel de Oliveira nació en 1908 en el seno de una rica familia de Oporto; como los estudios le iban mal, se dedicó a los viñedos de su familia. Ha sido atleta, trapecista, corredor de coches y actor. El cine, su gran pasión, casi nació con él, pero ha envejecido mucho más rápido. Oliveira, uno de los maestros del cine europeo, sigue resistiendo con su singular y minoritario estilo. "Para hacer películas hay que jugar con la imaginación y el talento, no con el dinero", dice.

Anoche se estrenó en la Expo su última película Los días desesperados, que narra los últimos días del escritor portugués Camilo Castelo Branco, que se suicidó en su casa pocos días después de quedarse repentinamente ciego. "Castelo Branco representa toda la complejidad del ser humano", dice el director, que a sus 84 años sigue teniendo aspecto rígido del atleta."Castelo Branco tuvo una existencia mucho más romántica que sus escritos y poemas. Vivió a fondo y amó profundamente. Tenía amor por la vida viva. Pero contra ésto estaba su espírito funesto. Vivió en conflicto con lo finito y lo infinito, sin saber que lo infinito mata al yo", continúa Oliveira. "Es esta complejidad lo que me deslumbra del escritor", añade el director, que er septiembre comenzará el rodaje de su próxima película, El val de Abraham, "con las mismas gana, que cuando tenía 20 años" afirma.

Oliveira es uno de los cineastas más prestigiosos y singulares de Europa. Ha recibido premios en todos los festivales importantes y se le han dedicado retrospectivas en todas las filmotecas del mundo, pero en España sigue siendo un desconocido. "Yo soy un cineasta occidental y mediterráneo pero el cine americano ha invadido todo. Todo es americano mientras yo sigo prefiriendo la paellla".

Los días desesperados es una película extraña en la que los actores explican a los personajes. "Es necesario sacar al espectador de su posición cómoda", dice el director. "El espectador debe reaccionar, hay que obtener su responsabilidad y que tenga juicio propio. Nunca hay que manipular sus sentimientos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de mayo de 1992