Más una reunión social que un oratorio
Ni siquiera el teórico reclamo de Paul McCartney (su imagen aparecía en toda la publicidad del concierto) sirvió para que su Liverpool Oratorio llenara el Palau de Sant Jordi. Una parte del público ignoraba que McCartney no fuera a estar en el Palau. En realidad una parte del público ignoraba lo que iba a ver y oír, pero este tipo de acontecimientos, ya se sabe, son más una reunión social en la que es necesario estar y dejarse ver para no perder rueda en las conversaciones de aperitivo.Una vez dentro del recinto, era necesario atravesar la barrera de venta de programas a 500 pesetas (después de haber pagado hasta 8.000 por una silla de tijera en la pista), e inmediatamente sorprendía la aparatosidad de un escenario más propio de un espectáculo pop-rockero que de un concierto sinfónico. Un gran escenario en el que se albergarían los más de 300 integrantes de la Liverpool Simphony Orchestra y los coros de la misma orquesta y de la catedral de Liverpool. En realidad todo era motivo de sorpresa para un público variopinto y por lo visto nada acostumbrado a acontecimientos de este calibre.
Y, realmente, lo mejor era dejarse sorprender por el entorno ya que en el aspecto musical pocas sorpresas se vivieron esa noche o tal vez sí, una: la sorpresa. de comprobar la futilidad de 95 minutos de música que transcurrieron entre la más pura banalidad. Todo el Oratorio de McCartney y Carl Davis se mueve bajo premisas de un edulcorado neoromanticismo matizando aquí y allá una partitura a caballo entre un musical de Joyce Weber y la pretenciosidad de un imitador de Carl Orff. Un pastiche excesivamente largo que sólo cobró algo de agilidad e intensidad en el último movimiento, el único en el que se nota un poco de esa chispa beatle que podía esperarse de un McCartney.
Carl Davis dirigió con oficio pero con un exceso de amaneramiento y falta de pasión que se contagió a una orquesta que perdía a través de la sonorización todos sus matices y potenciales. Los cuatro solistas vocales cumplieron su papel, destacando la gran Barbara Bonney que, a pesar de correr con el compromiso de cantar la parte que estrenó Kiri Te Kanawa, salvó su papel con elegancia y con su ya conocida fuerza interpretativa.
A las 23.45, Davis dejó caer su batuta en un final casi hollywoodense que hizo que el público aplaudiera con bastante antelación para acabar estallando en una larga ovación de gala, aunque en sus caras no se reflejaba la felicidad de acabar de pasar un rato agradable, sino más bien la satisfacción del deber cumplido.
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