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EXPO SEVILLA 92

Orson WeIles, en la ruta de Don Quijote

Estreno mundial de la gran película inacabada del cineasta norteamericano

La noche del domingo el cine se adelantó a los escaparates del futuro instalados en la isla de La Cartuja sevillana con un antiguo sueño inacabado: el Quijote que nos legó Orson Welles. Cámara en mano, el cineasta rastreó durante dos décadas, a salto de mata, con pasión e ironía, las huellas de Don Quijote en el mundo actual. Repartido por medio mundo en latas de celuloide, ahora por primera vez reunidas, la vieja pesadilla española de WeIles ha servido para inaugurar, de la forma más brillante posible, a base de puro cine, el amplio calendario de espectáculos que ofrece la Expo a lo largo de seis meses y de cuyas primeras entregas informamos en estas páginas.

El estreno mundial de El Quijote de Orson WeIles tuvo lugar en el auditorio de un enorme edificio rojizo, construido dicen que aposta con hierro oxidado, el World Trade Center, situado junto al negro perfil del incendiado Pabellón de los Descubrimientos: buen lugar para un suceso tan íntimo, casi clandestino en medio de una inabarcable fiesta de multitudes como es ésta. No acudió apenas gente: un centenar escaso entre periodistas y gente con memoria, que asistieron casi con sigilo a esta nueva -y a ratos tan bella, irónica y amarga como las que Cervantes relató hace siglos- embestida de Don Quijote contra los artiluglos del progreso humano que ofenden a la vida humana.WeIles comenzó a rodar su Quijote en un páramo de México, no se sabe la fecha exacta, también casi clandestinamente. Fue durante su estancia en París en 1955 cuando maduró su vieja idea -y parece que fue también entonces cuando se decidió a darle forma cámara en mano, pues hizo algunas pruebas con el larguirucho actor cómico Mischa Auer- de realizar lo que él llamó "una película casera" directamente inspirada en los legendarios itinerarios cervantinos sobre las llanuras manchegas, que recorrieron un viejo hidalgo loco en su caballo y un mísero aldeano criado suyo, a remolque de él, encima de un asno.

Ése era el núcleo de su idea inicial: hurgar con la cámara en el interior de una de las imágenes más célebres y de mayor hondura y desgarro que ha segregado la literatura universal. Una imagen nítida, inconfundible, fascinadora y, no obstante, todavía casi inexplorada como tal imagen. Para interpretar al único verdadero personaje de este dúo, Sancho Panza, WeIles contaba con un viejo amigo, el actor Akim Tamirof, con el que acababa de trabajar -en tierras de España, de donde probablemente salió el impulso moral que necesitaba para iniciar El Quijote- en Mister Arkadin y con el que contaba para la zona más sombría de su película siguiente, Sed de mal. WeIles lo enroló sin dificultad en esta loca aventura de cine casero, hecho en el camino y pensado desde las cunetas del viaje.

Y encontró al mito viviente, a la contrafigura de Sancho, en un veterano actor español exiliado en México, Francisco Reiguera, que parece literalmente extraído de uno de los grabados con que Gustave Doré exploró en esa misma imagen cuyo fondo ahora WeIles se proponía iluminar. La composición, al mismo tiempo enfrentada y complementaria, de ambos actores es sobre la pantalla inolvidable, explosiva, pese a que -o tal a causa de ello- hay instantes del diálogo, en parte literalmente robado al libro, en los que la imagen de Don Qujote está tomada en México y en los años cincuenta, y los contraplanos-réplica de Sancho proceden de años después y de otros paisajes, otras emulsiones e incluso a veces de otro formato de película.

Un glorioso fracaso

Estos desajustes de imagen y de luz chirrían inicialmente, pero el chirrido se atenúa cuando se acepta la condición casera de la filmación, y finalmente desaparece. Se asumen entonces los desequilibrios de la imagen y se hacen parte de la belleza de la secuencia. La idea que desencadena el filme es la palabra de Cervantes dicha por Welles, que desde ella busca su propia palabra y acaba encontrándola. Esta zona de Don Quijote es cine apasionante, de gran belleza y sencillez encubridora de hallazgos de fondo: la imagen de Don Quijote perdido en los trigales andaluces, mientras Sancho lo busca en el norte, crea incluso estupor. Es WeIles en estado de gracia, un encuentro entre dos configuraciones del genio: el literario cervantino y el visual suyo. La existencia de. la película se justificaría por sólo eso, aunque haya mucho más en ella: la palabra de Welles, repitiendo -en otro desierto- que el avance moral de los hombres está trágicamente -disociado de su avance como animal tecnificado.

Y es ahí donde la queja de Welles contra los hombres con domicilio fijo se esculpe en el tiempo, se hace cine puro: "Estoy loco, pero no lo bastante para fingirme libre". Lo dice el cineasta como diatriba contra su cámara de cine: "Ese maldito artilugio no obedece. Hay que hacerle obedecer a latigazos". Ése es el final de su Quijote: la queja de Welles contra su dependencia de un aparato tecnológico para poder expresarse. Hubiera querido filmar, como hizo Cervantes, con la soledad y por ello la libertad que da una pluma. De ahí que hiciera como hizo este filme: solo. Intentó escribir con una cámara y no pudo hacerlo. La hondura de esta obra es la pureza de su condición quijotesca: el testimonio de un glorioso fracaso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de abril de 1992