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Un cafelito

A un servidor le gusta tomarse un buen cafelito de vez en cuando. Es decir, que lo tiene crudo.Tomarse un cafelito fuera de casa (a veces dentro de casa también) es una azarosa aventura, no exenta de graves riesgos. Cuando viajo por carretera de Madrid a Sevilla o a donde determine la rosa de los vientos, juraría que en los bares donde paro me quieren envenenar.

Quien viaja en coche y necesita reconfortarse con un cafelito, tiene derecho a que se lo sirvan auténtico. Sin embargo, qué rayos meten en los pocillos esos Borgia de la carretera para que sus cafés sepan a vomitivo, es un misterio indescifrable. Dicen expertos que son cafés cuneros, triache posiblemente, o con mayor probabilidad guanina, alquitranados además para que su infusión adquiera el color negro característico del mismísimo sieso. Podría ser. Aunque, por su olor y su sabor, parecen igualmente molienda de algarroba, o picón del brasero, o cicuta a granel, o sapos y culebras.

Los bares de las ciudades tampoco suelen ofrecer mejores calidades, por cierto. Y no es que uno pretenda exigir degustaciones de exquisito café-café. Sí exige, en cambio, saber con absoluta certeza qué le ponen en la taza cuando pide un cafélito. Si es ese delicioso Colombia clase excelso -preferido de un servidor-, o el famoso Moka de Etiopía, o Java, o Santos Brasil, o el Volcán de Guatemala, o México, o Nicaragua; o, si me apuran, hasta el triache, o la guanina, o el picón. Lo que sea, pero con la indicación de la clase de café en lugar bien visible y a su justo precio. No sé yo por qué los aficionados al whisky pueden tomar la marca que quieran, mientras los cafeteros, cuando pedimos un cafelito, es como si. jugáramos a la ruleta rusa. Luego nos entran taquicardias. ¿No nos han de entrar taquicardias, con la rabia que da?

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