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Tribuna
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Mil días en globo

Un globo de aire caliente viaja lentamente a la deriva sobre una sima sin fondo, con varios pasajeros a bordo. Se produce una fuga, el globo empieza a perder altura. El abismo, un bostezo oscuro, se aproxima. ¡Cielo santo! El globo herido sólo puede transportar con seguridad a un pasajero; hay que sacrificar a la mayoría para salvar a uno solo. Pero, ¿quién debe vivir y quién debe morir? ¿Y quién puede decidirlo?En realidad, las sociedades de debate de todo el mundo realizan elecciones de este tipo de manera regular sin ningún escrúpulo, pues obviamente lo descrito anteriormente corresponde a la situación del juego favorito de todos los tiempos, el Debate del Globo, en el que los participantes argumentan los méritos y deméritos relativos de los personajes famosos que han colocado en la boca del desastre, y el público reunido acepta alegremente la idea ligeramente desagradable de que el derecho a la vida de un ser humano se vea aumentado o disminuido por sus virtudes o vicios -que podemos nacer iguales, pero que, a partir de ese momento, nuestras vidas pesan diferente en la balanza-.

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Es todo imaginario, al fin y al cabo. Y, aunque puede que no sea algo muy agradable, es un reflejo de cómo piensa la gente en realidad.

Acabo de pasar mil días en un globo así, aunque, ¡ay!, no se trata de un juego. Durante la mayor parte de estos mil días, he tenido como compañeros a los rehenes occidentales en Líbano, y a los hombres de negocios británicos encarcelados en Irán e Irak, Roger Cooper e lan Richter. Y he tenido que aceptar, y lo he aceptado, que, a la mayoría de mis compatriotas, mi situación les preocupaba bastante menos que la de los otros. En cualquier elección entre nosotros, yo hubiera sido el primero que hubieran arrojado de la cesta al abismo. "Nuestras vidas nos enseñan quiénes somos", escribía al final de mi ensayo De bue nafe. Algunas lecciones han sido duras y difíciles de aprender. Atrapado dentro de una metáfora, he sentido en muchas ocasiones la necesidad de redescribirla, de cambiar los términos. No se trata tanto de un globo, quería decir, como de una burbuja en la que me encuentro al mismo tiempo a la intemperie y encerrado. La burbuja flota sobre y por el mundo, privándome de la realidad, reduciéndome a una abstracción. Para muchas personas he dejado de ser un ser humano. Me he convertido en un problema, una molestia, un asunto. Las burbujas a prueba de balas, como ésta, son también a prueba de realidad. Quienes viajan en ellas, como quienes llevan los anillos de la invisibilidad de Tolkien, se convierten en espectros si no tienen cuidado. Se pierden. En este espacio fantasma, un hombre puede convertirse en la burbuja que lo encierra, y un día, ipum!, desaparece para siempre.

¿No es cierto que resulta ridículo tener que decir: "Soy un ser humano, acusado injustamente, encerrado injustamente en esta burbuja?" ¿O soy yo el ridículo cuando grito desde mi burbuja: "Todavía sigo atrapado aquí, compafieros; por favor, que alguien me saque"?

Allí afuera donde os encontráis, en el rico, poderoso y afortunado Occidente, ¿ha pasado tanto tiempo desde que las religiones perseguían a las gentes, quemándolas por hereje, ahogándolas por brujas, que ya no sois capaces de reconocer una persecución religiosa? La metáfora original se ha reafirmado. Estoy otra vez en. el globo, solicitando el derecho a vivir.

¿Qué vale mi vida? La desesperación me susurra al oído: "No inucho". Pero me niego a ceder a la desesperación.

Me niego a ceder a la desesperación porque se me ha,mostrado amor además de odio. Sé que hay mucha gente preocupada, y que.se siente horrorizada por la lógica invertida y alocada del mundo después de lafatwa, en el que puede acusar a un solo novelista de haber embestido o atacado a toda una comunidad, convirtiéndose en su verdugo (en lugar de su víctima emplumada) y en chivo expiatorio de todo su descontento. Mucha gente pregunta, por ejemplo: cuando una estrella blanca de la música pop convertida en fanático islámico expresa su aprobación por el asesinato de un emigrante indio, ¿cómo es posible que sea el emigrante indio el que acabe siendo llamado racista?

O de nuevo: ¿qué minoría es más pequeña y más débil que una minoría de uno?

Me niego a ceder a la desesperación, a pesar de que, durante más de mil días, haya tenido que superar un curso de pérdida de valor, de mi valor, de mi propia y específica pérdida de valor. Mis primeros profesores fueron las masas que se manifestaron por lejanos bulevares pidiendo mi sangre a ladridos y que muy pronto encontraron un eco en las calles británicas. No podía comprender la fuerza que hace que los padres les cuelguen a sus hijos frases homicidas en el cuello. He aprendido a comprenderlo. Quema libros y efigies y se cree santa. Pero al principio, cuando contemplaba a los manifestantes, sentía que caminaban sobre mi corazón.

Sin embargo, han vuelto a salvarme los casos de justicia, de bondad. Siempre que me entero de que un lector en alguna parte se ha sentido conmovido por Los versos satánicos, conmovido y entretenido y estimulado, se despiertan en mí profundos sentimientos. Y estos lectores son cada vez más, tal como indica mi correo, lectores (musulmanes entre ellos) que están dispuestos a dar a mi hijo quemado y despreciado por fin un juicio justo. Milan Kundera me dice que él encuentra una gran ternura hacia la cultura musulmana en el libro, y me siento estúpidamente agradecido. Una musulmana me escribe diciendo que, a pesar de la táctica de escándalo del libro, sus ideas sobre el nacimiento del islam son muy positivas; en ese mismo instante, me encuentro formulando el deseo de que sus correligionarias se muestren como sea, algo imposible, de acuerdo con ella.

A veces pienso que, un día, los musulmanes se sentirán avergonzados de lo que hicieron los musulmanes en esta época, que considerarán el asunto Rushdie algo tan improbable como Occidente considera actualmente la quema de mártires. Puede que un día acepten que -tal como demostró la Ilustración europea- la libertad de pensamiento consiste precisamente en verse libre del control religioso, libre de toda acusación de blasfemia. Puede que acepten también que todo el escándalo por Los versos satánicos fue en el fondo una discusión sobre quién debe ostentar el poder sobre la gran narración que es la historia del islam, y que ese poder debe pertenecer a todos por igual. Que incluso, aunque mi novela fuera incompetente, sus esfuerzos por contar la historia seguirán siendo importantes. Que, si yo he fracasado, es necesario que otros tengan éxito, porque quienes no tienen poder sobre la historia que domina sus vidas, poder para contarla de forma diferente, para reinterpretarla, rehacerla, reírse de ella y cambiarla como cambian los tiempos, son en realidad importantes porque no son capaces de generar nuevos pensamientos.

Un día. Quizá. Pero no hoy.

Hoy continúa mi curso en pérdida de valor, y entre los que Saul Bellow denominaría mis "instructores de realidad" figuran los siguientes: el experto de los medios de comunicación que sugiere que más me valdría morir como un hombre que esconderme como una rata; el autor de cartas que señala que naturalmente el problema es que me parezco al diablo y se pregunta si tengo patas peludas y cascos partidos; el musulmán moderado que escribe diciendo que los musulmanes consideran "asqueroso" que yo hable de las amenazas de muerte iraníes (no es la fatwa la que es asquerosa, comprendan, sino el hecho de que yo la mencione); el musulmán no tan moderado que me dice que "cierre la boca", explicando que, si una mosca queda atrapada en la tela de una araña, debe intentar no atraer la atención de ésta. Pido al lector que imagine cómo puede uno sentirse cuando le golpean intelectual y emocionalmente desde mil puntos diferentes y a diario durante mil o más días.

En el globo ha sucedido algo alentador y hace tiempo esperado. En esta ocasión, mirabile dictu, no se ha sacrificado la mayoría, sino que se ha salvado. Es decir, mis compañeros, los rehenes occidentales y los hombres de negocios encarcelados, han conseguido por suerte y por los esfuerzos de otros descender con vida a la tierra, y se han reunido con sus familiares y amigos y con sus propias vidas en libertad. Me alegro por ellos y admiro su valor y resistencia. Y ahora estoy solo en el globo.

Entonces, ¿ahora estaré a salvo? Sin duda alguna ahora descenderá el globo seguro hacia algún punto protegido próximo y también yo podré reunirme con mi vida, ¿no? No hay duda de que ahora me toca a mí, ¿verdad?

Pero el globo sigue sobre la sima, y sigue cayendo. Me doy cuenta de que lleva mucha carga valiosa. Relaciones comerciales, ventas de armamento, el equilibrio de poder en la zona del Golfo; éstas y otras cuestiones de gran actualidad están haciendo descender el globo. Oigo voces que sugieren que, si sigo a bordo, este precioso cargamento puede verse en peligro. Se está produciendo una redefinición del interés nacional. ¿Se me está eliminando en esta nueva definición? ¿Me van a arrojar al final al vacío?

Cuando el Reino Unido renovó las relaciones con Irán en las Naciones Unidas en 1990, el funcionario británico encargado de las negociaciones me aseguró con palabras claras que se había conseguido algo bastante importante a mi favor. Los iraníes, riéndose felices, habían aceptado en secreto olvidarse de la fatwa. (El diplomático que me contó la historia puso gran énfasis en la alegría de las risas iraníes). No "fomentarían ni permitirían" que sus ciudadanos, sustitutos o agentes actuaran contra mí. ¡Cómo deseaba creérmelo! Pero año y pico más tarde vimos cómo se reafirmaba la fatwa en Irán, se doblaba el dinero de la recompensa, el traductor italiano del libro resultaba gravemente herido y el traductor japonés era asesinado a puñaladas; hubo también noticias de intentos de localizarme y matarme por agentes contratados que operaban directamente para el Gobierno iraní a través de sus embajadas europeas. En París se ejecutó un contrato semejante, del que fue víctima el indefenso y anciano antiguo primer ministro de Irán Shapur Bajtiar.

Parece razonable deducir que el trato secreto realizado en las Naciones Unidas no ha dado ningún resultado. Sin embargo, tristemente, en el momento en qué estoy redactando estas líneas, se habla de mejorar aún más las relaciones con Irán, al tiempo que se describe el caso Rushdie como una cuestión marginal.

¿Estoy en el globo o en el cubo de basura de la historia?

Permítanme ser claro: no hay nada que yo pueda hacer para romper esta situación de punto muerto. Para empezar, la fatwa tenía motivos políticos, sigue siendo una violación del derecho internacional y sólo puede resolverse a nivel político. Para conseguir la liberación de los rehenes occidentales en Líbano se han movido grandes palancas; se han empleado grandes fuerzas; para Richter se descongelaron 70 millones de libras esterlinas que Irak tenía bloqueados en el Reino Unido. Así pues, ¿cuánto vale un novelista sometido a ataques terroristas?

La desesperación vuelve a murmurar: "Ni una moneda falsa".

Pero me niego a ceder a la desesperación.

Quizá se pregunten por qué estoy tan seguro de que yo no puedo hacer nada por salir de este atolladero.

A finales de 1990, desalentado y desmoralizado, sintiéndome abandonado ya por entonces a consecuencia de la decisión del Gobierno británico de arreglar las cosas con Irán, y con mi matrimonio acabado, me enfrenté a la pena más profunda, a la tristeza inconsolable de haber sido separado, arrojado, de las culturas y las sociedades de las que siempre había extraído mi fuerza e inspiración, es decir, de la amplia comunidad de asiáticos británicos y de la comunidad aún más amplia de musulmanes indios. Decidí hacer las paces con el islam, aun a costa de mi orgullo. Quienes se sorprendieron y se sintieron molestos por mi acción puede que no vieran que no soy un desarraigado Tío Tom asiático. Para estas personas resultaba aparentemente incomprensible que pretendiera hacer la paz entre las dos mitades enfrentadas del mundo, que eran también las mitades enfrentadas de mi alma, y que pretendiera hacerlo con espíritu de humildad, en lugar de la arrogancia que con tanta frecuencia se me atribuye.

En De buena fe escribí: "Quizá se pueda encontrar una salida en el reconocimiento mutuo de [nuestro] mutuo dolor", pero hasta a los musulmanes moderados les resultaba dificultosa tal idea: ¿qué dolor, se preguntaban, podía haber sufrido yo? ¿De qué hablaba? En consecuencia, las únicas conversaciones importantes que tuve en esta época fueron conmigo mismo.

Dije: Salman, debes enviar un mensaje bien alto que se oiga en todo el mundo. Tienes que hacer ver a los musulmanes sencillos que no eres enemigo suyo, y hacer que Occidente comprenda algo más de la complejidad de la cultura musulmana. Tenía esperanzas de que los occidentales dijesen: bueno, si es él el que está en peligro, y a pesar de ello está dispuesto a reconocer la importancia de sus raíces musulmanas, puede que entonces tengamos que empezar a pensar de una manera menos estereotipada nosotros mismos. (Pero no hubo suerte. El mensaje que se envía no es siempre el que se recibe).

Y me dije a mí mismo: reconócelo, Salman, la historia del islam tiene para ti un significado más profundo que cualquiera de las otras grandes narraciones. No hay duda de que no eres ningún místico, y que, cuando dijiste "no soy musulmán", eso es lo que querías decir. No son para ti ni el supernaturalismo, ni la ortodoxia literaria ni las normas formales. Pero el islam no tiene por qué significar una fe ciega. Puede significar lo que significó siempre en tu familia, una cultura, una civilización, tan abierta como lo era tu abuelo, tan deliciosamente enamorada del debate como tu padre, tan intelectual y filosófica como tú quieras. No dejes que los fanáticos conviertan la palabra musulmán en algo aterrador, me dije a mí mismo; recuerda cuando significaba familia y luz.

Me recordé a mí mismo que siempre había defendido que era necesario desarrollar el naciente concepto de "musulmán secular", aquel que, al igual que los judíos seculares, afirmaba su pertenencia a la cultura al tiempo que su separación de la teología.

Había leído hacía poco el libro del filósofo musulmán contemporáneo Foirad Zakariya Laicismo o islamismo, y me había sentido alentado por el intento de Zakariya de modernizar el pensamiento islámico. Aunque, Salman, me dije a mí mismo, no se puede participar desde fuera de la cámara de debate. Tienes que atravesar el umbral, entrar en la habitación y entonces combatir por tu forma humanizada, basada en la historia, por la manera secularizada de ser musulmán. Recordé a mi casi tocayo el filósofo del siglo XII Ibn Rushd (Averroes), que argumentaba que (citando al gran historiador árabe Albert Hourani) "no hay que interpretar literalmente todas las palabras del Corán. Cuando el significado literal de los versos coránicos parecía contradecir las verdades a las que habían llegado los filósofos por el ejercicio de la razón, era necesario interpretar metafóricamente esos versos". Pero Ibn Rushd era un excéntrico. Tras proponer una idea muy avanzada para su tiempo, la limitó afirmando que tal refinamiento era apto únicamente para la élite; a las masas les bastaba con la interpretación literal. Salman, añadí, ¿ha llegado la hora de coger la bandera de lbn Rushd y hacerla avanzar; de decir que actualmente estas ideas son aptas para todos, para el mendigo tanto como para el príncipe?

Fue con la mente llena de estos pensamientos -y con cierta confusión y tormento- cuando dije el credo musulmán ante testigos. Pero mi sueño de unirme a la lucha por la modernización del pensamiento musulmán, por liberarlo de los grilletes de la Policía del Pensamiento, nació muerto. No tuvo nunca la menor posibilidad. Demasiadas personas se habían dedicado durante demasiado tiempo a convertirme en un demonio o en un tótem para poder escuchar seriamente lo que tenía que decirles. En Occidente, algunos amigos se volvieron contra mí, llamándome con otros nombres igualmente insultantes. Ahora era débil, lastimoso, rastrero; me había traicionado, había traicionado a mi causa; y sobre todo los había traicionado a ellos.

También me encontré frente a las verdades de granito, implacables, del islam real, como denomino a la estructura política y de poder sacerdotal que domina y ahoga actualmente a las sociedades musulmanas. El islam real no ha conseguido crear una sociedad libre en ninguna parte de la Tierra, y no me iba a dejar a mí exponer mis argumentos a su favor.

De repente, me encontré (metafóricamente) entre gente cuyas actitudes sociales había combatido toda mi vida (por ejemplo, su actitud hacia las mujeres -un islamista se jactó ante mí de que su esposa le cortaba las uñas de los pies mientras él hablaba por teléfono, y me sugirió que me buscara una esposa así- o sobre los homosexuales -uno de los imames con los que me reuní en diciembre de 1990 apareció al poco tiempo en televisión denunciando a los homosexuales musulmanes como criaturas enfermas que eran una vergüenza para sus familias y que debían buscar ayuda médica y psiquiátrica-). ¿Había caído realmente entre gente así? No había sido ésa precisamente mi intención.

Frente a la total intransigencia, el desprecio filistino de gran parte del islam real, llegué a mi pesar a la conclusión de que no había forma alguna de contribuir al desarrollo de la cultura musulmana con la que había soñado, la cultura progresista, irreverente, escéptica, argumentativa, festiva y sin miedo que constituye lo que he entendido siempre por libertad. Yo no, no en esta vida; no tenía ninguna posibilidad. El islam real, que ha dedicado, a su profeta, un hombre que siempre se opuso apasionadamente a tal deificación; que ha. sustituido una religión libre de sacerdotes por otra dominada por ellos; que convierte la interpretación literal en un arma y toda nueva interpretación en un crimen, no dejará jamás entrar a gente como yo.

Las ideas de lbn Rushd fueron silenciadas en su época. Y en el mundo musulmán actual las ideas progresistas están en retirada. El islam real reina de manera absoluta, y al igual que el recientemente destruido socialismo real del Estado del terror soviético no se parecía en nada a la utopía de paz e igualdad con la han soñado los socialistas democráticos, el islam real es también una fuerza a la cual no me he entregado jamás, a la cual no puedo someterme.

Hay un punto más allá del cual la reconciliación parece una capitulación. No creo que haya pasado ese punto, aunque otros así lo creen.

Jamás he renegado de mi libro, ni he lamentado haberlo escrito. Dije que sentía haber ofendido a alguien, porque no había sido esa mi intención, y así sigo sintiéndolo. Expliqué que los escritores no están de acuerdo con todo lo que dicen los personajes que crean, algo que se da por sentado en el mundo de la literatura, aunque sigue siendo un misterio para los enemigos de Los versos satánicos. Siempre. he dicho que esta novela ha sido calumniada. En realidad, el principal beneficio de la reunión con los académicos islámicos celebrada en la Nochebuena de 1990 fue que aceptaron que la novela no tenía motivos insultantes. "En el islam es la intención lo que cuenta", me dijeron. "Ahora vamos a lanzar una campaña mundial en tu defensa para explicar que ha habido un tremendo error". Todo esto, en medio de grandes sonrisas y amistad y apretones de mano. Fue en este contexto en el que acepté suspender, no cancelar, una edición en libro de bolsillo, para crear lo que denominaba "espacio para la reconciliación".

Pero sobreestimó a estos hombres. Pocos días después, todos ellos excepto uno habían roto sus promesas y habían vuelto a vilipendiarme a mí y a mi obra como si no nos hubiéramos dado la mano. Me sentía (y probablemente lo había sido) un gran tonto. La suspensión de la edición de bolsillo empezó a parecer como una rendición. Tras los ataques a los traductores, parece algo más cobarde todavía. Han pasado ya más de tres años desde la publicación de Los versos satánicos; es demasiado "espacio de reconciliación". Mucho tiempo. Acepto que me equivoqué al ceder en este punto. Los versos satánicos deben poder conseguirse libremente y a un precio asequible, aunque sólo sea porque, si no se lee y estudia, todos estos años no habrán tenido ningún significado. Quienes olvidan el pasado están condenados a repetirlo.

"Nuestras vidas nos enseñan quiénes somos". He aprendido a lo duro que cuando se permite que la descripción de la realidad de otros suplante a la nuestra -y han estado lloviendo sobre mí descripciones de este tipo, de asesores de seguridad, Gobiernos, periodistas, arzobispos, amigos, enemigos, mulás- entonces. sería mejor estar muerto. Obviamente, un punto de vista rígido, con anteojeras, absolutista, es el más fácil de mantener; mientras que la imagen fluida, incierta, metafórica que siempre he llevado conmigo es bastante más vulnerable. Y, sin embargo, debo aferrarme con todas mis fuerzas a ese camaleón, a esa quimera, a ese objeto cambiante, mi propia alma; debo agarrarme con fuerza a sus instintos traviesos, iconoclastas, de payaso con el paso cambiado, por muy grande que sea la tormenta. Y, si eso me sumerge en contradicciones y paradojas, tanto mejor; he vivido en ese océano revuelto toda mi vida. Y he pescado en él para alimentar mi arte. Este mar turbulento fue el mar que había frente a mi ventana en Bombay. Es el mar junto al que nací y que llevo dentro de mí dondequiera que vaya.

"La libertad de expresión está condenada al fracaso", dice uno de mis enemigos islámicos extremistas. No, señor, no lo es. La libertad de expresión lo es todo; todo el juego. La libertad de expresión es la vida misma.

Este es el final de mi discurso desde este globo enfermizo. Ahora ha llegado la hora de responder la pregunta. ¿Qué vale mi vida?

¿Vale más o menos que los suculentos contratos y tratados políticos que se encuentran aquí conmigo? ¿Vale más o menos que las buenas relaciones con un país que, en abril de 1991, dio a 800 mujeres 74 latigazos a cada una por no llevar el velo; en el que. el escritor de 80 años Mariam Firouz sigue todavía en la cárcel y es torturado; y cuyo ministro de Asuntos Exteriores dice, en respuesta a las críticas del lamentable historial de derechos humanos del país, dice que "la vigilancia internacional sobre la situación de los derechos humanos en Irán no debe prolongarse indefinidamente... Irán no podría tolerar tal vigilancia durante mucho tiempo"?

Usted debe decidir lo que vale un amigo a sus amigos, lo que vale un hijo a su madre, o un padre a su hijo. Usted debe decidir lo que valen la conciencia y el corazón y el alma de un hombre. Usted debe decidir lo que cree que vale un escritor, qué valor le da a un fabricante de historias y a una persona a la que le encanta discutir con el mundo.

Señoras y señores, el globo se está hundiendo en el abismo.

Copyright Salman Rushdie. 1991 Traducción: Ramón Palencia.

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