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Editorial:

Demagogia e insultos

LA ARTICULACIÓN autonómica de España y la concepción de un desarrollo económico expresado en términos de cooperación y solidaridad entre sus distintas nacionalidades y regiones eran hasta ahora un activo compartido por las principales fuerzas políticas, y particularmente por el partido en el Gobierno. Las escaramuzas dialécticas insolidarias o disgregadoras solían ser protagonizadas, cada vez con menor frecuencia, por sectores nacionalistas radicalizados.Pero el presidente de la Junta extremeña, el socialista Juan Carlos Rodríguez Ibarra, utilizando un catón falsamente marxista de cortos alcances, ha llegado a conclusiones definitivas contrarias que le urge comunicar a bombo y platillo en este inicio de campaña electoral. Primero llamó ladrones a los catalanes, atribuyéndoles el retraso económico de Extremadura. Ayer rectificó el tiro y atribuyó el origen de todos los males a las distintas oligarquías regionales. Pero este viraje argumental no ha resuelto la lamentable impresión del insulto que espetó al conjunto de sus conciudadanos de otras comunidades más desarrolladas, a quienes acusó de expoliar los recursos extremeños. Debe, además, excusarse.

La demagogia populista de Rodríguez Ibarra es peligrosa porque conecta con un problema real: las diferencias territoriales de desarrollo. Su manipulación sin escrúpulos y en tono insultante puede hacerlas explosivas. Olvida el aprendiz de brujo que esas diferencias Norte-Sur existen, en distinto grado, en todas partes, incluidas las regiones más desarrolladas; por ejemplo, entre las grandes metrópolis como Madrid y Barcelona y sus respectivos cinturones industriales. Y que predicar la busca y captura maniquea del responsable de todo ello es un ejercicio digno de mandamás bananero que juega con el legítimo apego a la patria chica para intentar soliviantar a unos ciudadanos contra otros; satanizar el desarrollo económico, por un lado, y disculpar sus propias carencias políticas, por el otro.

El desarrollo de determinadas regiones, aunque tenga relación con desequilibrios dolorosos, ha actuado también de motor del crecimiento para todos, ha proporcionado puestos de trabajo y riqueza, y por ello, quienes en ellas habitan, incluidos muchos emigrantes que son dignos paisanos de Rodríguez Ibarra, no merecen en modo alguno que se les atribuyan apropiaciones indebidas a cuenta de supuestos beneficios electorales para cualquier zafio demagogo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de mayo de 1991