1.600 ancianos conviven con la radiactividad en Chernóbil, trabajan la tierra y comen sus productos

La explosión de un reactor de la central nuclear soviética de Chernóbil el 26 de abril de 1986 causó el accidente más grave hasta la fecha en la historia de la energía nuclear civil. Tras la catástrofe, 130.000 personas fueron evacuadas de la zona y hoy día apenas habita nadie en un radio de 30 kilómetros alrededor de la central. Pero no todo el mundo ha desaparecido de Chernóbil. Unos 1.600 campesinos, en su mayoría ancianos, se han negado a ser evacuados de sus casas y están siendo estudiados por los médicos como auténticas cobayas nucleares, afirma Mijaíl Umanets, director de la central.

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La mayoría de los antiguos habitantes de Chernóbil vive en una nueva ciudad, Slavutich, que ha acogido a 20.000 personas y se encuentra a 50 kilómetros de la planta nuclear. En ella vive con su familia Mijaíl Umanets, un electromecánico doctorado en ingeniería de reactores y turbinas, de 53 años, que dirige la central des de febrero de 1987.Más de cuatro años después de la catástrofe, en Chernóbil, que será cerrada en 1995, según una decisión del Parlamento de Ucrania, sólo quedan los operarios que siguen trabajando en la central y los campesinos que han renunciado a irse. "A esta gente, la mayoría ancianos, ha sido imposible convencerles para que se trasladen a otro lugar. Esto se explica porque se sienten llamados por la voz de sus antepasados. No les importa de qué vivir o morir, sólo desean estar en sus casas y en su tierra", dice Umanets.

"Desde luego, se les está haciendo un seguimiento médico especial, porque los médicos no iban a perder la oportunidad de estudiar a fondo a esta población. En esta área hay que seguir unas normas estrictas de control, lavarlo todo a menudo y retirar la tierra, pero esta gente sigue cultivando sus hortalizas y sus frutas y se las comen. Ellos conviven con la radiactividad y no están locos, parecen gente normal, cantan, tienen fiestas, cogen setas en los bosques de los alrededores..." agrega.

Poder letal

La historia que cuenta Umanets de los últimos habitantes de Chernóbil parece sacada de un guión cinematográfico, sobre todo después de ver una película que se ha traído hasta El Escorial, donde este experto en centrales nucleares, que ya fue subdirector de una central atómica en Leningrado, participa en uno de los cursos de verano de la Universidad Complutense.

La película muestra con toda crudeza los momentos posteriores a la catástrofe de Chernóbil y la enorme impotencia de unos hombres cubiertos tan sólo con viejas ropas de trabajo y unas mascarillas de hospital en su lucha contra un poder letal invisible. "Es difícil comentar estas imágenes", dice Umanets. "En ellas se ve claramente que no teníamos capacidad técnica para enfrentarnos a un accidente semejante. Hemos pagado un precio muy alto, un precio que no se puede medir ni en dólares ni en pesetas".

"Peor que Hiroshima"

Mijaíl Umanets confiesa que todo lo que sucede ahora en los alrededores de Chernóbil "es aún peor que si hubiéramos sufrido una guerra nuclear, peor que las secuelas dejadas por Hiroshima y Nagasaki".

Y el director de la central explica: "El trabajo físico que allí se está haciendo es tremendo. Se está cortando toda la parte superior de la tierra para enterrarla; los edificios se dinamitan para enterrar sus escombros; se están liquidando los bosques para meterlos bajo tierra, y se están reasfaltando los caminos y trayendo tierra buena de otras latitudes en grandes cantidades. No podemos esperar a que la acción radiactiva del cesio 137, que tiene una vida de 100 años, desaparezca de forma natural. Sabemos que esta radiactividad nos afecta, y que se está llevando un control médico sobre 350.000 personas en toda la Unión Soviética por la catástrofe de Chernóbil".

Umanets afirma que los técnicos sabían que el reactor de Chernóbil que falló en octubre de 1986 era defectuoso, así como los de otras 16 centrales similares existentes en la URSS. "El 70% de la culpa del accidente fue de los ingenieros de la central y el 30% de los operarios, pero sólo han encarcelado a los trabajadores, que eran casi analfabetos. El entonces director de la central, Víktor Briujanov, fue condenado a 10 años de cárcel, pero sólo estuvo tres años y medio en prisión. Ahora trabaja, en situación vigilada, en una planta química".

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 14 de agosto de 1990.

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