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Mística y política en J. B. Metz

"Yo vengo de una cultura que tiene más preguntas que respuestas. Sólo tomando en serio esas preguntas tiene sentido la esperanza, porque para las preguntas para andar por casa basta con el optimismo de la razón. Y eso ya sabemos a dónde nos lleva". Con estas palabras concluía el teólogo alemán unas intensas jornadas en Madrid -en el Instituto Alemán y en el Instituto de Filosofía del CSIC- concebidas para confrontar las propuestas de este provocativo pensador con los postulados de la filosofía.Las preguntas que él dirige a su interlocutor proceden de la cultura judeocristiana y se concentran en los siguientes temas sobre los que versan sus últimos escritos. En primer lugar, se impone, una segunda Ilustración (Wider die zweite Unmündigkeiil, 1988). El grito de guerra de la primera Ilustración -"atrévete a pensar"- no ha logrado la madurez del hombre. El hombre actual no es el ilustrado, sino el nietzscheniano: un hombre sin memoria, sin sentido del dolor ni de la culpa, sin lenguaje , sin historia. El ideal del hombre es la máquina perfecta, víctima de la metodología científica más que su protagonista. De ahí la necesidad de partir "contra la segunda mnadurez". En segundo lugar, confrontar la nueva mitología del tiempo con la concepción bíblica del tiempo. Es la confrontación del mito con la historia (Theologie gegen Mythologie, 1988). Israel, ante las experiencias de dolor y muerte, no busca consuelos, como los pueblos ¡imítrofes, fuera del tiempo. Consuelo, si consuelo ha de haber, tiene que ser en el tiempo. El nuevo mito del tiempo se llama evolución, que es la ideología del progreso: siempre hay tiempo para resolver los problemas. Pero los problemas no se resuelven, sino que se disuelven en el tiempo. Frente a ello, Metz plantea la recuperación de la historia cuyos conceptos básicos serían el de interrupción y el de mentira. La idea esa de que "con eI tiempo mejoramos" puede ser una ideología de los ricos y vencedores; para el pobre y fracasado, "poner fin a los tiempos que corren" ha sido el principio motor del cambio. La relación entre apocalíptica" e "interrupción" es evidente, pero el apocalipsis no es catastrofísta por los tiempos que anuncia, sino que llarria la atención sobre lo catastrófico de los tiempos que corren.

Recuerdo del sufrimiento

La memoria se ha convertido en la piedra angular de este pensador. No cualquier memoria sino "el recuerdo del sufrimiento" (die Leidensgeschichte) es la categoría que puede hoy recomponer las pretensiones de universalidad, de verdad y de moralidad que caracterizan el pensamiento ilustrado. Eso lo explica convenientemente en el libro homenaje publicado con motivo del sexagésimo aniversario de J. Habermas (die anamnetische Vernunft, 1989). Tanto el pensamiento occidental actual como el cristianismo padecen del mismo mal: haber recibido sólo una parte de su herencia cultural. Ha dominado la idea de que lo que el cristianismo tiene de universal, de racional, de comunicabilidad, le viene de Grecia, en tanto que el genio judío se agota en la liturgia y el intimismo. Se ha perdido así el espíritu de Israel. Su genio es ver el todo desde esa memoria dolorosa que plantea al presente preguntas sobre los derechos de los vencidos, preguntas que ponen en, evidencia la fragilidad de un presente que es el de los vencedores Metz huye de toda "estetización" del dolor, es decir, de consideraciones tales como "dolor ha habido siempre y en todo lugar". El dolor es una experiencla colectiva, sí, pero particular. Para él y para los alernanes, es Auschwitz. Hablar de Dios o de Alemanía ya sólo es posible si se toman en serio los deirechos de esas víctimas y la significación de esa catástrofe (Unterwegs zu einer nachidealistischen Theologie, 1985).

Metz es un extraño apologeta, pero del hombre. Sabe muy bien que las grandes preguntas filosóficas de Occidente tienen que ver con su cultura de origen, la judeocristiana. Participa con los "dialécticos de la Ilustración" de la preocupación, por lograr la madurez pretendida. Pero las amenazas contra el hombre que provienen de los posmodernos, de los neopragmáticos o de los ideólogos de la técnica no se resuelvan si la Ilustración se cuece en su propia salsa. Hay una cultura cronológicamente preilustrada pero históricamente ilustrada cuya voz conviene que se oiga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 19 de diciembre de 1989.

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