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'Cerida', odiada ortografía

Las propuestas de reformar el español escrito tropiezan con el escepticismo y el desinterés

"Mi cerida mamá: No e dejado de pensar en ti desde ce bolbí de las bacaziones", Ninguna madre podría leer el encabezamiento de esta carta sin sentir un estremecimiento de horror, y, sin embargo, el texto reproducido se atiene fielmente a las normas ortográficas propuestas por una corriente reformadora que ha vuelto a salir a la superficie al calor de la polémica suscitada en Francia con la reforma del francés escrito. Se trata de una propuesta de simplificación de la ortografía del español que hunde sus raíces en la iniciada a mediados de siglo por el académico Julio Casares, aunque llevándola hasta sus últimas consecuencias.

El código ortográfico que consi derarnos inapelable no lo es tanto. De hecho, ha sufrido numero ,sas modificaciones a lo largo de la historia y sigue encontrando espíritus inquietos que proponen nuevos cambios, envueltos siem pre en la polémica. Al igual que en Francia, en España existe una pequeña corriente partidaria d la reforma de una normativa ar bitraria, pero a la que estamos profundamente apegados.Ese código convencional que es la ortografía quedaría sustancialmente simplificado si la Real Academia Española se decidier a hacer limpieza en lo que algu nos consideran una absurda complicación en la que son más las excepciones que las reglas, éstas, no siempre explicables Eso opina al menos José Martínez de Sousa, un autodidacto es pecialista en tipografia, radicado en Barcelona, autor de un Diccionario de ortografía y un Diccionario de ortografía técnica, y un au téntico abanderado de la reforma.

"Es absurdo que los jóvenes pierdan el tiempo dedicados al estudio de una normativa que no sirve para nada", explica De Sousa. "Es más, que sólo sirve para conseguir que la gente que no posee esos conocimientos se sienta avergonzada". Porque para Martínez de Sousa está claro el criterio simplificador: "Al mismo sonido debiera corresponderle siempre el mismo signo. En la medida de lo posible, es a lo que hay que tender". Sería el final para la insoportable duda de la g/j, de la ll/y, de la r/rr o de la "inútil h". "El italiano no la utiliza nada más que en palabras que exigen esta letra para evitar confusiones. Fue una decisión de Mussolini, según creo", recuerda Sousa, "y de hecho en castellano hay muchas palabras, como acera y annonía, que se pueden escribir con o sin hache". Desde esta consideración, Martínez de Sousa se pregunta "por qué no barrer las formas inútiles o en desuso". Si no se ha hecho, piensa este apasionado de la lengua, s por el encorsetamiento de una mentalidad que desde Antonio de Nebrija se cerró en banda a todos los cambios desde la afirmación de que "la lengua va con el imperio". Pero, en su opinión, jeneral no debe ofrecer dudas de escritura, y podemos decirle adiós a la qu, a la y, a la v -"un sonido que prácticamente nadie pronuncia ya"-, adiós a todos los quebraderos de cabeza. De Sousa recuerda ejemplos clarificadores, como el de Juan Ramón Jimériez y su utilización de heterografías con absoluta coherencia. La j para el sonido j, la y por la 11, o la singularidad de hacer un solo término de las palabras reciencasado. Pero hay más autores heterodoxos. Unamuno, llevado de su pasión por el griego, utilizaba unilateralmente el acento para la palabra telégrama.

Una distracción de ociosos

Pero las propuestas de reformar la ortografía son tan conocidas como sabidos los obstáculos que se alzan frente a ellas. Tantos que hasta un ferviente defensor de la argumentación simplificadora como el profesor de lengua española de la Universidad Autónoma de Madrid José Polo llega a calificarlas como "una distracción de ociosos".Un tema que ha hecho correr riadas de tinta en cualquier caso. Existen centenares de textos sobre las posibilidades y conveniencia de abordar esa simplificación desde la Edad Media hasta nuestros días. Y sin embargo, Polo, autor de Ortografía y ciencia del lenguaje, un texto revulsivo publicado en 1974 donde se abordan los contactos traumáticos entre ortografía y tipografia, insiste en que "hablar de reforma es un tema baladí. Lo único importante es el problema cultural en torno a la lengua española". Un idioma vapuleado por los medios de comunicación, desconocido por alumnos y profesores, sobre el que planea un fenómeno de nuevo analfabetismo.

La visión de Polo resulta bastante catastrofista. "Estamos en una situación de clara disortograria nacional; la población en general manifiesta una pobreza de léxico impresionante y se observan dificultades enormes en la construcción sintáctica", explica. "Eso significa que, si ni siquiera somos capaces de explicarnos, de hacernos entender con nuestro idioma, éste pierde su sentido esencial: el de ser un instrumento de comunicación", dice Polo. En ese contexto, creado, a su juicio, al calor de una situación social carente de moral -"en la que no se aprecia el trabajo bien hecho y donde lo único que importa es ganar dinero, triunfar a cualquier precio"-, carece de importancia esa reforma.

Casi nadie sabe puntuar

No obstante, considera que "hay argumentos a favor y en contra de esa simplificación. De un lado, no tiene sentido reformar algo cuando no vamos a contar con los medios necesarios para difundir tales cambios. Fíjese que todavía nos encontramos con cantidad de textos escritos con la ortografla anterior a la reforma de 1959. Pero hay argumentos a favor de esa austeridad que proponen los reformadores. Uno de ellos es que, al aliviar toda una normativa bastante absurda que representa la ortografla de las letras con sus códigos de b, v, ll, y, etcétera, podríamos centrarnos más en el aspecto esencial de la ortografia: la puntuación". Polo es un auténtico apasionado del tema. Según él, que exige comprobar la corrección de lo declarado en pruebas tipográficas, "casi nadie. sabe puntuar en español". Y esa afirmación incluye todo un acervo literario, que va desde Cervantes hasta nuestro premio Nobel Camilo José Cela. "Pero aclare usted una cosa por favor. No saber puntuar bien no le quita nada de genialidad a Cervantes". Y aunque no de! todo perfecto -pedir la perfección es demasiado cuando él mismo opina que la normativa de la Academia en este aspecto es muy pobre-, admira la belleza y finura estilística de Pedro Salinas, al que considera un auténtico profeta de la hecatombe lingüística que ya vivimos.

Ni ll ni ch

Pero ¿y la Academia?, Una institución que hasta 1840, en que una cruda polémica dio al traste con la posibilidad de seguir adelante con las reformas, mantuvo un talante progresista y renovador.La opinión de las máximas autoridades en la materla la resume con claridad el lingüista y académico Gregorio Salvador, para quien "esa reforma es inviable". ¿Por qué? "Entre otras razones porque no creo que en ningún caso la aceptaran las academias de Hispanoamérica. Hay que tener en cuenta que somos 22 las entidades a opinar. Además el problema está en que existe un apego a lo escrito que'es diricil romper, aunque yo estoy de acuerdo en que hay cuestiones inútiles. Por ejemplo, el sonido s/ z podría escribirse igual. En los últimos 50 años sólo se ha aceptado la supresión de la p en palabras como psicología o psiquiatría, y sin embargo se sigue escribiendo, y desde luego en Hispanoamérica no acaba de aceptarse". Salvador se defiende contra los cambios propuestos echando mano de las comparaciones con otros idiomas. "La ortografía española es mucho mejor que la inglesa o la francesa después de la reforma que se realizó en 1774 y en 1779".

Pero, eso sí, presionada por una directiva de la Unesco, la RAE está dispuesta a suprimir en su próximo diccionario -1992- la ll y la ch como tales letras, "ya que no lo son. De hecho son simples sonidos y, por tanto, deben alinearse con la l y con la c, repectivamente", agrega Salvador. En virtud de un mismo objetivo de comunicación en el mundo de los ordenadores, un experto recuerda también que "sería estupendo que la Unesco presionara para que se aceptara de una vez por todas la ñ española en todos los ordenadores".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de noviembre de 1989