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Palabra de cardenal

En el número de EL PAÍS del martes 17 de octubre escribí un artículo con el título El color cardenalicio de la droga. Reconozco que el título es ambiguo y puede dar a entender que el aludido señor cardenal López Trujillo, arzobispo de Medellín en Colombia, tenía conexión con la droga. Esto, por supuesto, ni se decía ni se daba a entender en el artículo ni en las fuentes en que se apoyaba, que eran la revista cristiana alemana Publick Forum y la agencia católica de noticias de Roma ADISTA (que, por cierto, está situada a pocos metros del Vaticano).Lo que denunciaban estas dos fuentes, aducidas por mí, es cierta complicidad del cardenal y de la Iglesia con los magnates del dinero y con las multinacionales, cuyas relaciones con el narcotráfico han ido saliendo después. Como es lógico, lo que pudiera escandalizar es el hecho de que la Iglesia tuviera más relaciones con los ricos que con los pobres.

Como era de suponer, el propio señor cardenal arzobispo de Medellín afirma rotundamente que él no tiene nada que ver con la droga, y asegura que el narcotráfico es un comercio de muerte.

Y comoquiera que en mi citado artículo se insinúa la distancia que el señor cardenal pone entre él y la teología de la liberación, el señor cardenal ofrece como sucedáneo de esta última la que él llama la "teología de la reconciliación". Esto no tiene nada de extraño, ya que el mismo Papa, Juan Pablo II, admite el sano pluralismo teológico en el seno de la Iglesia dentro de unos límites que preservan desahogadamente la ortodoxia. Así se explica que el mismo Papa hubiera animado a obispos y teólogos latinoamericanos a seguir profesando la teología de la liberación siguiendo los consejos que emanan de la alta cúspide de la Iglesia católica.

También en el artículo de EL PAÍS me refería al escándalo que, según las fuentes citadas, podría producir un cierto tren de vida lujoso que llevaría el señor cardenal. A esto responde este último que su vida es austera y que vive en el seminario como un sacerdote más.

Finalmente se queja el señor cardenal de que lo acusen de reaccionario sin haberse tomado la molestia de leer ni siquiera el índice de los libros que ha publicado.

Los que escribimos para el público nos vemos obligados a atenernos a las fuentes que están a nuestra disposición. Ya he dicho las fuentes que me sirvieron para escribir aquel artículo. Pero siempre es tiempo de avanzar; ahora tengo una fuente nueva y superior, que es la palabra del señor cardenal arzobispo de Medellín. Por eso me apresuro a darle todo el crédito que se merece.

Los católicos caemos muchas veces en dos extremos: o en la autoapología, como si la santidad de la Iglesia impidiera el fallo de sus miembros, o en la confesión pública de nuestros pecadillos, llevados a veces por un complejo de inferioridad. Confieso que en este caso caí en la segunda tentación. A mí me gustaría siempre una Iglesia "sin mancha ni arruga", como dice san Pablo, pero la historia nos obliga a reconocer todo lo negativo que hay en nuestro haber.

Por eso, cuando el señor cardenal, en una entrevista, desmiente sinceramente ciertos rumores que se habían asentado por toda América Latina y habían llegado a Europa, respiro tranquilo. Yo quiero que se hable bien de mi Iglesia, como es lógico. Sin embargo, con esto no quiero decir que yo pertenezca a la ideología concreta del cardenal colombiano. No obstante, miro con simpatía el intento del cardenal para crear una teología de la reconciliación, con tal de que se mantenga la sinceridad recíproca y el respeto mutuo.

En todo caso, no hay mal que por bien no venga. Todo esto ha dado pie al señor cardenal de Medellín para poner los puntos sobre las íes y despejar incógnitas que indudablemente escandalizan a los cristianos.

Igualmente yo mismo no tengo el menor inconveniente en pedir mis más sinceras excusas al señor cardenal, a pesar de la buena fe con que procedí y, de los instrumentos de información de los que me valí. Siempre es tiempo de rectificar y agudizar la información. Una Prensa libre y liberal no tiene la menor dificultad en admitir la rectificación, como lo hizo el propio diario EL PAÍS admitiendo entre sus Cartas al director una publicada el 2 de noviembre y firmada por el obispo secretario general del episcopado, dando con ello a entender la buena disposición para rectificar noticias inexactas. Con esto creemos que se salda un penoso affaire que, por otra parte, ha dado lugar a una dilucidación de honorabilidad.

José María González Ruíz es teólogo y canónigo de la catedral de Málaga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 16 de noviembre de 1989.

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