Recordar Woodstock

20 años después, centenares de personas peregrinan al lugar que marcó a una generación

Veinte años después del Festival de Woodstock, centenares de personas acuden al lugar donde se celebró aquel encuentro contracultural que reunió a 450.000 jóvenes norteamericanos. A pesar de que ya han transcurrido dos décadas, los habitantes de Woodstock, un pequeño pueblo de casas de madera situado en el centro del Estado de Nueva York, siguen repitiendo que aquel recital, que marcó a toda una generación de jóvenes norteamericanos, se celebró "50 millas más al sur, en Bethel".

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Woodstock, sin embargo, ha sabido mantener viva la magia que movió a aquellos centenares de miles de jóvenes ansiosos de amor y de paz, pese a la inevitable explotación comercial de aquel hecho histórico. Woodstock es uno de esos pueblos donde una falsa imagen de progresía esconde un negocio turístico de tal volumen que una de sus más prestigiosas asociaciones es su Cámara de Comercio. El pueblo, situado a unas tres horas de la gran metrópoli norteamericana, tiene 7.000 habitantes durante la semana, cifra que se cuatriplica los sábados y domingos y se dispara durante el verano. La mayor parte de los impuestos se recaudan por correo y son enviados desde Manhattan y otras grandes ciudades del país, según reconoce el supervisor del pueblo, algo así como el alcalde, Brian Hollander, que también estuvo en el festival.

Es precisamente durante estos días de verano cuando miles de turistas de todo Estados Unidos acuden a este pueblo del que han oído hablar durante años y años. Todos desean conocer qué fue lo que realmente pasó aquí.

50 millas al sur, en Bethel

"Es verdad que muchos no saben que el Festival de Woodstock se celebró en Bethel y que algunos no comprenden cómo se ha mantenido ese nombre con el paso de los años, a pesar de que el recital se celebró en otro pueblo", explica la encargada de una librería situada en la Tinker Strect, la calle principal de Woodstock. Rodeada de postales y libros relacionados con el festival, la empleada de The Golden Notebook, defiende que el festival haya conservado el nombre de Woodstock por que la idea nació aquí y se desarrolló desde aquí". Así opina también William Lubinsky, un constructor que nació en Manhattan, pero que vive en Woodstock desde hace 23 años. Él fue uno de los que más colaboraron en la organización del festival y en la construcción del escenario. "Sabíamos que sería imposible albergar a tantos jóvenes en este pueblo, por lo que decidimos buscar un lugar adecuado, y lo encontramos 50 millas más abajo, en la granja de un individuo que se había entusiasmado con la idea, Max Yasgur". Lubirisky tierre ahora 57 años y explica que aquellos jóvenes de 1969 estaban cargados de energía y que si no cambiaron el mundo y ni tan siquiera este país, "sí que se dieron cuenta de que no estaban solos y que otros muchos jóvenes de su misma edad estaban tan frustrados y desanimados como ellos misrnos".

Lejos de las tiendas de camisetas descoloridas de los años sesenta, 50 millas al sur, está Bethel, donde -hoy hace exactamente 20 años- Joan Baez cantó al viento un grito de libertad.

"Bienvenido a Woodstock", exclamó Mícky Oakes, un habitante de Bethel acampado en los terrenos de la antigua granja de Yasgur, que falleció en 1973 en Miami. Oakes explica que el actual propietario de la finca, Louis Nicky, también murió la pasada semana sin ver cómo decenas de automóviles atravesaban sus cercas.

La lluvia, como ocurrió entonces, embarró el pasado domingo las colinas donde el 15 de agosto de 1969 se inició el festival. Las personas que el pasado fin de semana acamparon allí lo hicieron de tal forma como si el escenario del concierto aún estuviera situado en su lugar original.

La famosa tarima estaba situada sobre una estrecha carretera que estos días está muy controlada por los hombres del sheriff del condado, Joseph Wasser. "Cuando se celebró el festival yo era juez en Monticello, un pueblo cercano, y tengo muy malos recuerdos de aquéllo", explica Wasser, que tiene 68 años. "Tuvimos que enviar al calabozo a más de 250 jóvenes por violaciones de la propiedad privada y por vender marihuana", recuerda el policía, que está convencido de que aquel festival fue una barbaridad".

"Woodstock fue un capítulo de la historia de este país, y he venido desde Nueva Jersey para conocer de cerca lo que pasó aquí" explicó David Schiffer, de 29 años. "No creo que esto pudiera repetirse, todo está ahora demasiado comercializado", añadió.

La libertad de empresa y la comercialización han hecho posible que un hotel, el Imperial Resort Hotel, haya organizado para esta semana un programa de actuaciones bajo el nombre Recordar Woodstock. Los precios, los aparcamientos y !as habitaciones no se parecen en nada al Woodstock real.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 14 de agosto de 1989.