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Entrevista:

Los rostros del otro

Tzvetan Todorov publica su último libro, Nous et les autres'

Tzvetan Todorov es conocido desde finales de los años setenta entre los interesados en semiótica y teoría literaria, tanto por sus estudios sobre Bajún o Jakobson como por sus análisis de la literatura fantástica o de Les liasons dangereuses. Pero su obra se ha ido decantando hacia temas de historia del pensamiento y de análisis cultural, como muestra su estudio sobre La conquista de América (traducción española en Ediciones Siglo XXI) y el volumen colectivo preparado bajo su dirección Cruce de culturas y mestizaje cultural (editorial Júcar). Recientemente ha aparecido el que quizá sea su libro más ambicioso: Nous et les autres, que versa sobre la reflexión del pengamiento clásico franc -de Montaigne a Rousseau, Tocqueville a Levi-Strauss- acc ca de la diversidad humana y cuestión de la alteridad.

En este año del segundo centenario de la Revolución Francesa, conmemoración centrada más que nunca en la dialéctica de los derechos del hombre, la cuestión del otro es un punto crucial de reflexión en Francia (también Julia Kristeva ha publicado casi simultáneamente a Todorov un hermoso libro a este respecto, Étrangers á nous-m¿mes), y sin duda será el tema mayor de la ética durante el final de siglo en nuestra Europa pluriétnica.Pregunta. Usted comenzó su tarea intelectual en los campos de la semiótica, la poética y la teoría de la literatura. Hoy se dedica a cuestiones de análisis cultural y de historia de los valores. ¿Por qué esta transición?

Respuesta. Bien, son cambios que se dan en la vida, y la mía ya va siendo bastante larga. Nací en Bulgaria y llegué a Francia a los 24 años, tras haber padecido una formación muy ideológica, pues en Bulgaria los estudios de literatura y ciencias *humanas están marcados por el marxisme más dogmático. En Francia, por un sentimiento de rechazo de esta educación, me sumergí en estudios lo más objetivos posible, análisis fríos y precisos de textos. Pero con el tiempo, al vivir en Francia, que es una democracia y no una tiranía, recuperé ese gusto que me parece natural al hombre por la vida pública, por la cuestión política en el sentido más amplio del término. Cada vez se me hizo más necesario, tanto en lo intelectual como en lo vital, abordar estos problemas y en particular el de la alteridad cultural, para el cual estaba preparado existencialmente por haber vivido en culturas diferentes. Al poco de tratar este tema caí sobre el ejemplo excepcional de la conquista de América y-de los testimonios sobre ella del siglo XVI, tanto del lado de los españoles como. del lado de los indios. Después de haber escrito sobre este tipo tan significativo volví al proyecto más amplio, tratar la cuestión de la alteridad o diversidad cultural y al mismo tiempo de la unidad de la especie humana. Mi trabajo más general a este respecto -Nous et les autres- ha tardado 10 años en ser escrito, aunque con interrupciones, como el estudio sobre la conquista americana.

P. En su libro La conquista de América señala como uno de los factores del triunfo de los españoles sobre los nativos su mayor dominio de la comunicación. Se trata, sin embargo, de una comunicación orientada fundamentalmente al dominio y la violencia. En su obra, usted reivindica el empleo de una comunicación no violenta -que propone, en lugar de imponer- como uno de los valores más estimables.

R. Por supuesto, no creo que toda comunicación sea en sí misma violenta. Sería absurdo preténderlo. Como los teóricos modernos de la acción comunicativa (Habermas, Apel ... ) han demostrado, ninguna prueba mejor dela universalidad básica humana que la existencia del diálogo y la comunicación. Y'pienso que es aquí donde, por ejemplo, deben ser buscados los fundamentos de la ética. Pero hay diferentes tipos de comunicación: en el caso de América, he subrayado ese aspecto porque los historiadores del siglo XVI no lo resaltan y porque al explicar el triunfo de los europeos se habla más bien de diferencias de armas, de economía, etcétera. Creo que en algunos casos paradigmáticos, como el de Cortés, el uso de determinada estrategia comunicativa y de cierta manipulación retórica lleva a conseguir importantes logros. En cambio sus adversarios, pese a que sus estructuras antropológicas no fuesen menos refinadas en términos absolutos, no se sentían demasiado cómodos en este tipo de interrelaciones comunicativas, lo que favoreció inmensamente a Cortés y a España en su proyecto de dominio.

P. Existe una polémica en torno a la próxima celebración del V Centenario del Descubrimiento de América. Unos rechazan la efemérides en nombre de las matanzas y del genocidio de los indígenas, otro hablan de las hazafías y del desarrollo cultural. ¿Cree usted que es apropiada esta celebración?

R. En primer lugar hay que decir que hablar de descubrimiento ya es ponerse en la perspectiva de los europeos y, más precisamente, de los españoles. Son éstos los que llaman descubrimiento a lo que los indios llamarían propiamente invasión. Nadie celebra el descubrimiento de Francia por Inglaterra o de Inglaterra por Francia, porque ninguna de estas naciones considera un centro privilegiado con respeto a la otra. Pero 500 años más tarde, yo creo que lo que se celebra no es el descubrimiento ni la conquista, sino un acontecimiento que, se quiera o no, ha sido uno de los más importantes que han ocurrido jamás: la puesta en contacto, el mutuo encuentro de las dos mayores mitades de la humanidad, el continente americano y el euroasiático, que hasta entonces se ignoraban.

En ese momento la Tierra adquirió conciencia de sus verdaderas dimensiones y también del hecho de que es finita. Se trata, por tanto, de un acontecimiento que inaugura la modernidad; podemos deplorar que haya ido acompañado de la muerte más o menos violenta de decenas de millones de seres humanos, pero no por ello deja de ser un suceso de importancia incomparable a cualquier otro, lo que justifica su conmemoración. No se trata de enorgullecerse de nada, sino de reflexionar juntos sobre ese día en que, según dijo alguien (quizá el propio Colón), el mundo se hizo pequeño.

En busca de la verdad

P. En Nous et les autres se pasa revista a las opiniones de grandes autores del pensamiento francés en tomo a la cuestión de la diversidad humana. Usted adopta una postura conscientemente crítica, no meramente aséptica y descriptiva, ante las opiniones de autores como Montaigne, Diderot, Chateaubriand, Tocqueville, Renan, etcétera... A fin de cuentas, los dos autores enjuiciados más favorablemente según su perspectiva son Montesquieu y Rousseau.

R. Debo decir que he escrito este libro, que es una obra de historia del pensamiento y también de filosofía moral y política, procurando cumplir todos los requisitos de información objetiva ydescripción precisa exigibles de un historiador, intentando al máximo dar cuenta con fidelidad de los autores tratados. Ahora bien, no he querido limitarme a referir el sentido de lo que tales obras del pasado decían, sino que he pretendido también inquirir en qué sentido decían la verdad, decían lo correcto. Estos criterios de verdad y corrección son los que me han servido de guía a todo lo largo de mi trabajo. Por eso, de una manera un tanto inhabitual para un historiador, discuto a mis autores y con mis autores tanto si pertenecen al siglo XVI como si son del siglo XX. No me abstengo de intervenir frente a ellos, porque pienso que sus opiniones son sugestivas para nosotros hoy, incluso para despertar una disputa con ellos.

Pues bien, al concluir mi trabajo descubrí, un poco para sorpresa mía, que los autores que maltrato menos, con los que me hallo más frecuentemente de acuerdo, son los representantes del humanismo del siglo XVIII francés, es decir, Montesquieu y Rousseau. Son ellos los que propusieron una solución más acertada o menos insatisfactoria al problema de la coexistencia entre la unidad de la especie humana y la diversidad de las culturas.

P. Habla usted del Siglo de las Luces como del origen de lo más positivo, pero también de mucho de lo negativo que hoy se opina sobre la cuestión del otro.

R. Se da lo que yo considero la desviación de la Ilustración o la perversión del proyecto de la Ilustración, pervertido en diversas direcciones, todas igualmente peligrosas: el cientifismo, particularmente importante por el influjo de la ciencia sobre el mundo moderno y el prestigio de los expertos entre Gobiernos y público, que pretende convertir los resultados de la ciencia en principios políticos y morales, a mi j cio de modo profundamente il gítimo; el nacionalismo, que u do al romanticismo y a los prin pios republicanos tuvo represe tantes muy elocuentes en Fr cia, pero al que yo considero re ponsable de las mayores carnic rías de los últimos siglos, y en el egocentrismo, perversión tí ca del individualismo moder según la cual se declara al indi duo una entidad no sólo neces ria sino suficiente, olvidando exigencia también humana de c munidad y cayendo en un nar sismo igualmente nefasto.

P. Y por tanto habla usted un nuevo humanismo, un hum nismo crítico...

R. Eso es. El humanismo ilu trado nunca se dio puro, siemp se integró en síntesis y amalg mas dudosas, como las señal das. Hoy es preciso manejar como un instrumento críti frente a las prácticas actuales los Gobiernos, incluso de los G biernos democráticos que se r claman descendientes de es mismos principios.

Identidad nacional y cultur

P. Sin embargo, el universalis recibe críticas tanto desde la d recha como desde la izquierd acusado de enemigo de la sacr santa identidad cultural. A vec los choques son muy fuerte como muestra, por ejemplo, caso Salman Rushdie. ¿Es inco patible el universalismo con identidad cultural? Y, en cas como el de Ruslidie, ¿hasta dó de el respeto hacia la cultura aj na puede permitir ser tolera con la intolerancia?

R. Más bien pregunte ust cómo cesar de ser tolerante c lo intolerable. Pero sí, éste es problema. Y la única respues me parece ser que ninguno de 1 dos términos puede ser privil giado con exclusión del otro. primer lugar, es preciso disti guir entre identidad nacional identidad cultural: la exigenc de servir a un Estado-nación es lo mismo que el deseo de s mergirse tanto como sea posib -en un sustrato cultural propio. ello porque la primera postu no puede jamás conducir a 1 universal, ya que se trata de a¡, lar un Est ado por oposición otros, mientras que la segun no sólo puede conducir a lo un versal sino que yo diría que es único modo seguro de llegar ella.

Si consideramos los grandes autores de cada cultura, por ejemplo los escritores, veremos que los que alcanzan audienci universal no son los más,superf cialmente cosmopolitas, sino le que se fijan más profundament en su cultura: ¿quién más esp ñol que Cervantes o más latin<: americano-caribeño que Garcí Márquez? No hay incompatibi1 dad de principio entre identida cultural y uiniversalidad, todo 1 contrario, pero sí puede haberl entre identidad cívica y dedic2 díón a la humanidad en su cor junto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de abril de 1989