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FERIA DE SEVILLA

Miurada mala

Miura / Ruiz Miguel, Manili, CampuzanoCinco toros de Eduardo Miura, serios aunque desiguales de presencia, mansos, inválidos y de feo estilo, excepto 3º; 5º, sobrero de hermanos Santamaría, con cuajo, manso y bronco. Ruiz Miguel: dos pinchazos, otro a paso de banderillas pinchazo y estocada corta muy baja (silencio); bajonazo escandaloso (silencio). Manili: pinchazo bajo, media y rueda de peones (algunas palmas); pinchazo, estocada contraria y descabello (silencio). Tomás Campuzano: estocada caída (aplausos); bajonazó y tres descabellos (vuelta). El 6º entrampillé y lesionó a Luis Mariscal al prender un par de banderillas. Plaza de la Maestranza, 16 de abril. 13ª corrida de feria.

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Toda feria que se precie ha de tener corrida de Miura y la feria de Sevilla, que se precia como ninguna, la tiene. La miurada es tradicional para cerrar la feria, a salvo el apéndice del lunes de resaca (exactamente hoy), en que son tradicionales guardiolas. La miurada despierta siempre gran expectación, obviamente, y rara vez se ve defraudada pues tendrá la bravura que sea, pero casta y emoción no le suele faltar. Hay, por supuesto, algunas excepciones, y ayer fue una de ellas. Ayer la miurada salió malísima. Ni por tipo, ni por casta, ni por emoción respondió a la expectación despertada. Y además estaba inválida.

Excepto el tercer toro, preciosísimo de capa y lámina, que tomó con estilo dos varas y embistió noble, todo lo demás mejor servía para el matadero. Excepto el, toro dicho, ninguno poseyó la estampa admirable que caracteriza a esta divisa de leyenda, pues ser pesadote, zancudo o cabezón -o todo a la vez- no da méritos bastantes para participar en un concurso de belleza, y los Miura de ayer, al margen el tercer toro dicho, eran pesadotes, zancudos y cabezones, lo mismito que alguno que yo me sé.

Y se caían. Y pegaban leña. El primero de Ruíz Miguel pegaba menos leña, se tragó algunos muletazos largos, pero pronto sintió la llamada de la dehesa y buscaba en el paño de la barrera un hueco por donde escapar. El cuarto padecía tal invalidez que ni podía seguir el corto camino que le trazaba la muleta. Ruiz Miguel, por estas desagradables razones, no pudo despedirse con la debida emotividad de la afición sevillana, a la que brindó el último toro que toreaba en esta plaza.

Con aún peor género, Manili estuvo valiente, pundonoroso, lidiador. Nada más se le habría podido pedir. En cuanto Manili se hizo presente con muleta y estoque, el Miura mugió: "¡Cielos, el tigre de Cantillana con las del beri!" y echó a correr hacia toriles. Casi cuatro minutos estuvo el tigre de Cantillana persiguiéndole y cuando logró fijarlo, intentó parar, templar mandar, a lo que respondía el toro buscando, destemplando, derrotando. El sobrero, ni eso respondía. El sobrero era un reservón incierto con muy mala uva, y ni por bajo, ni por alto, ni por la derecha, ni por la izquierda quiso tomar la muleta de Manili.

Menos fatigas hubo de pasar Tomás Campuzano con sus Miu ra, aunque tampoco es que lo tuviera fácil. Al tercero le sacó los buenos derechazos y naturales que tenía, y cuando ya no los tenía, pretendió continuar sacando naturales y derechazos. Es el de fecto crónico de Tomás Campu zano: que no les encuentra el fin a las faenas, agota a los toros y al público, y el día menos pensado se va a morir un músico, asfixiado de tanto soplar tirurirus.

Al sexto, en cambio, lo enten dió perfectamente. El sexto era un pájaro de buena cuenta. Luis Mariscal había prendido un gran par de banderillas y en el siguien te encuentro el toro le echó la cara arriba, pegándole un trastazo terrible. Al propio Campuza no el Miura le tiré un derrote espeluznante en el segundo pase de tanteo. No obstante Tomá

Campuzano es mucho Tomás Campuzano, sabe que los toros son como los humanos (con perdón) y que a los bravucones traicioneros es preciso plantarles cara para que se enteren de lo que vale un peine.

Con gritos, con desplantes y con la muleta adelantada a su caída natural en correcta posición de cite, consiguió que el toro se guardara la bravuconería en el codillo y le hizo una estupenda faena, una faena de maestro, en la que después de la tempestad vino la calma, y el toreo en red ondo y al natural que empezó crispado y duro, acabó siendo relajado y suave, aderezado de bonitos adornos. El éxito tenía ganado Campuzano cuando pegó un bajonazo, que contuvo el entusiasmo de la afición. De cualquier forma salvé su feria, dejó bien alto el pabellón, y para sucesivas contrataciones, esa faena la podrá apuntar en el currículo. La miurada, por el contrario, en el olvido es donde está más guapa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de abril de 1989