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Tribuna:HOMENAJE A UN HISTORIADOR

Don Américo en su realidad

Este artículo, en el que su autor traza un perfil de Américo Castro, se enmarca en el homenaje que la universidad de Wisconsin ha dedicado al insigne historiador, recogido en un libro, Americo Castro: the impact of his thought (Américo Castro: el impacto de su pensamiento). El libro, presentado el lunes en la Biblioteca Nacional, recoge ensayos de numerosos investigadores españoles y norteamericanos.

Ya pasaron los días del centenario de don Américo Castro. Conviene ahora trazar un perfil, siquiera sea esquemático, tanto de la figura humana de don Américo, como de su trabajo indagador en todos los órdenes de la búsqueda de la verdad, desde un comienzo con la metódica positiva hasta, ya caminado gran trecho de su existencia, el empleo de otro instrumental que, para entendernos, vamos a llamar intuitivo-vitalista.Con todo, a mí me parece que algo habría que añadir; a saber, el desciframiento, la exploración del punto de juntura entre una y otra instancia castrianas. Dicho de otro modo: sería menester preguntarnos por una instancia oculta; a saber, la de la articulación entre la persona que se llamó Américo Castro y su producción intelectual. ¿Hay, por ventura, algún nexo oculto y fatal entre una y otra instancia?

¿Hasta qué punto el hombre Américo Castro y sus libros se interpretan e intercambian sus especificidades? He aquí, a mi manera de ver, la cuestión, la básica cuestión.

Para poder contestar a estas preguntas con un mínimo de interés, permítaseme que traiga a colación algunos recuerdos castrianos.

Vino don Américo a Santiago de Compostela en el verano de 1958. Se hospedó en mi casa de La Rosaleda. Fueron para mí y para mi familia días de entrañable y muy alegre convivencia. Recuerdo todavía, con emoción no abolida, las veladas después de la cena, en mi biblioteca, cambiando puntos de vista sobre España, sobre su ser aparencial y sobre su ser profundo. No siempre estábamos de acuerdo, gracias a Dios.

Trato cotidiano

Así pues, y desde aquellos memorables días, a la frecuentación ya anterior de la obra castriana se añadió en mí el conocimiento radical que da el trato cotidiano con el autor.

Según mi experiencia, don Américo Castro, personalmente, se distinguía, entre otras cosas de menor sustancia, pero, eso sí, importantes, por ejemplo, por su exquisita cortesía, su cordial atención a los demás; se distinguía, digo, por las siguientes notas:

1. La sensibilidad. Ante la plaza del Obradoiro en su primer encuentro con Compostela, afirmó: "Esto es superior a la plaza de la Señoría de Florencia". En trance, totalmente embelesado ante la belleza formal del lugar y olvidándose de sus propias doctrinas, cosa que casi nunca sucedía, allí permaneció inmóvil, minutos y minutos, en rendida afirmación, en recogido silencio.

2. El predominio de la intuición. Ante la imagen del Santiago a caballo en el llamado Tímpano de Clavijo, en la catedral de Santiago, comenzó inmediatamente a elaborar algo así como un rápido y sutil complemento a su doctrina histórica.

3. El juego constante entre ambas instancias -sensibilidad e intuición-, que secundariamente ponían en movimiento su capacidad dialéctica y con ella la capacidad suscitadora de nuevas ideas.

4. La búsqueda mental en todas direcciones y su apoyo en los datos concretos. Así, sus visitas a las excavaciones de la catedral, sus preguntas constantes sobre cualquier rincón ciudadano, sus incansables paseos por la ciudad, a todas horas, para captar el espíritu tradicional de la vieja urbe, etcétera.

5. El no rehuir la confrontación doctrinal, esto es, la polémica. Don Américo tenía condición de batallador. Se ha hablado de intransigencia. Es posible. Pero de lo que no cabe duda es de que lo que a don Américo le irritaba y le sacaba de sus casillas -yo soy testigo mayor de ello- no era que se le atacara, sino que no se le entendiera. Porque, desde luego, a lo que no estaba dispuesto bajo ningún pretexto era a modificar sus concepciones por obra de reparos concretos de tipo positivo y, por ende, limitado.

6. Con esto llegamos a otra línea de fuerza esencial en la manera de ser delhombre Américo Castro. Ésta: su autenticidad. Su dura, inconmovible, irrefrenable autenticidad. Que a la vez nacía del primado de los valores morales, del primado de la ética sobre cualquier otro motivo orientador de la conducta. Era un ser moral de los pies a la cabeza.

Si ahora apretamos en un haz la suma de estas notas antropológicas y las trasladamos a la obra que ellas hicieron posible, para mí salta a la vista algo decisivo; a saber, el rastreo de la realidad; esto es, la exploración de la realidad por debajo de las apariencias que la encubren y deforman. O lo que es lo mismo: el despiece, sin concesiones ni flaquezas patrioteras, de la irrealidad fabulosa en que España consistió durante siglos.

Si nos atenemos al propósito castriano, enseguida nos percatamos de que para alcanzar algo tangible, esto es,, claridad y rigor en la consideración de los hechos históricos, había que darle la vuelta a lo que hasta aquél momento inicial de la tarea castriana se tenía por intocable.

He hablado de la intuición castriana y del juego constante entre ella y la sensibilidad. Sin duda. Pero sucede que ambas instancias, como la inteligencia misma en su momento cognoscitivo, tienen que ponerse al servicio de la vida. Y más aún si de lo que se trata es de la vida colectiva.

Entonces es menester dar un salto -no exento de riesgos desde las ideas a las realidades, si se me permite la expresión, reales. Unas realidades que están y no están en las crónicas. Unas realidades a las que hay que cazarles la virtual sacudida.

Percepción

Pero sabemos, desde Dilthey, que hay una esencial diferencia entre las ciencias naturales -el estilo positivo: a este hecho sigue este otro, y a este otro el subsecuente, etcétera- y las ciencias del espíritu -el estilo intuitivo- Para las primeras, las cosas aparecen dadas como simples hechos. Las segundas, en cambio, van consignadas a la percepción interna.

Esa dimensión de vida que nuestro historiador -a favor de la intuición, de la sensibilidad, de la búsqueda de lo auténtico y real, y, cómo no, del mucho saber- fue descubriendo en los entresijos de los pergaminos, los cronicones, los secretos del lenguaje, la literatura, el arte, etcétera. Y porque algo nuevo descubrió es por lo que tuvo necesidad de acuñar originales, inéditas palabras. Cuando se pone al aire una objetividad, una realidad hasta ese momento nonata, lo primero que siente el descubridor es la insuficiencia del lenguaje para delimitar los perfiles de lo recién nacido. Y así surgieron la morada vital y la vividura.

Así, por otro costado, las diferencias entre el ser y el valer, dado que, como sostiene nuestro hombre, el vivir humano, el objeto historiable y el que lo historia, pertenecen a la misma categoría ontológica.

Pero ¿no vemos acaso en esto la proyección misma de la persona que fue don Américo Castro? ¿No asistimos aquí al goce que la compañía de don Américo nos producía? ¿No vemos, no estamos casi tocando el bulto humano del gran amigo, su cordial insistencia en dirigir nuestra mirada hacia lo que importa, sus más que justificadas iras ante la estupidez o la ignorancia, sus arrebatos nobilísimos frente a lo injusto y lo arbitrario? Y, por otra parte, ¿no revivimos -una conmovedora revivencia- el gesto conciliador, reposador y complaciente del hombre de cultura? ¿No oímos de nuevo su voz un tanto titubeante, que aconseja lecturas, que desecha otras, que procura nuestra formación en hondura y rigor simultáneos, que recibe la discrepancia con agrado, con excelente talante de diálogo? ¿No es esto, en definitiva, la iluminación totalizadora?

En último término, de lo que se trata, de lo que trata el lector ingenuo -y a él va dirigida siempre la empresa histórica elucidadora-, es de entender. De despertar. De aquello a lo que aspiraba Stephen, uno de los protagonistas del Ulises joyceano: "La historia es una pesadilla de la que trato de despertarme". A esta vigilia que espanta pesadillas nos invita desde los libros y desde el recuerdo, vivo y actuante, que es como el trasunto de su bien ganada permanencia, don Américo Castro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de noviembre de 1988