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Crítica:TEATRO

Que venga Félix de Azúa y que lo vea

La realidad supera la ficción Perros de pastoreo catalanes, cuatro, sin colita, pobres hembras que difícilmente podrán pasar por el mítico Cobi (que, vaya por Dios, tampoco muestra la colita en carteles, camisetas, llaveros, etcétera, sin hablar de los inevitables preservativos que a estas horas deben de estar fabricando en Mollerussa o en Hong Kong). Tecnócratas de la cultura, criaturas del yuppismo convergente o socialista que bailan sevillanas y hacen gala de su infantil insolencia. Gente que no se anda con remilgos, que sólo piensa en la pela y es capaz no ya de izar una bandera al revés, sino de ponérsela como tanga en una fiesta toga. Gente que el Lliure conoce muy bien, que padece con cristiana resignación, como en el caso del contino Bru de Sala. Caricaturas de Pep Subirós, de Margarita Obiols, de Ferran Mascarell, de Xino Clotas, de Xavier Rubert de Ventós y su Colegio de Filosofia (llamado aquí la Escuela de Pensadores). Caricatura destripada, farsesca, de la Olimpiada Cultural -la Culturaliada, como dicen ellos-, con gurú incluido, sin olvidar al entrañable Arcadi Vallhonesta, del "Moviment Independentista Radical, sector Defensors Intransigents, escissió setena, centúria Prats de Molló" y su explosiva cantimplora. Todo es tan entrañable, tan tierno -incluida la gentuza burocrática-, tan de cumbaya, que uno sale del Lliure como si saliese de ver una obra de Folch i Torres en la Sala Mozart. ¿Dónde está la mala baba del gran Bóadella? ¿Qué demonios hace ese chiste alargado, interminablemente alargado, en el escenario en que se estrenó la gloriosa Operació Ubú?Hagamos un esfuerzo e intentemos ser objetivos. Aplaudamos la labor de Graells y Planella por traer la calle, la realidad, al escenario. Una realidad un tanto de petit comité, como se decía antes: aparte los cuatro gatos del Lliure, esa inmensa minoría, ¿quién sabe qué demonios es la Escuela de Pensadores?; vamos, que tras ella se esconde ese no menos desconocido Colegio de Filosofía. Tal vez por ello ha habido que recurrir a las sevillanas, al travestido, a la sal gorda que hubiese estado justificadísima en otro escenario que no fuese el Lliure. Pero no en el Lliure. El Lliure es el teatro de la sonrisa, de la inteligencia. Además, si se quería jugar la carta Boadella, con gurú y terrorista, con prótesis canina, había que jugarla bien, es decir, pensando que Jordi Bosch e Imma Colomer son demasiado estupendos, grandes cómicos, como para endilgarles unos personajes que no les llegan a la suela del zapato.

Titànic 92

De Guillem-Jordi Graells. Intérpretes: Muntsa Alcañiz, Jordi Bosch, Carme Callol, Intina Colomer, Pep Ferrer, Josep Linuesa, Francesc Lucchetti, Pep Anton Muñoz, Víctor Pi y Pep Tosar. Con la colaboración de Lluís Diumaró, Jordi Llonch, Pep Muriné y las perras Gilda, Herba, Tosca y Tuca. Escenografía y vestuario: Andreu Rabal. Música original: Caries Puértolas. Dirección: Pere Planella. Barcelona, Teatre Lliure, 19 de octubre.

Y otra cosa; cuando se pone sobre el asador un invento que se llama ni más ni menos Titánic 92, hay que hacer que el público se ría desde la primera réplica.

Después de 12 años de espectador en el Lliure, debo confesar que ese guioncito televísivo, que ese chiste interminablemente, repito, alargado, me sabe a poco, y más después de la Operació Ubú, de Boadella, con las gentes del Lliure. No hay en ese Titánic 92 una sola escena que pueda compararse, ni remotamente, a la de la Lizarán y la Colomer haciendo de mujeres de la limpieza de la Generalitat. Y si no es así, que venga Félix de Azúa y que lo vea. Comprendo que las comparaciones son odiosas, pero cuando acudimos al Lliure -donde hay una historia y un rigor-, éstas resultan inevitables.

Ojalá ese Titimic 92 encuentre ese éxito fácil, ese público no menos fácil que parece pedir a gritos. Pero para ello tendría que cambiar el público de¡ Lliure. Tal vez ese cambio se esté ya produciendo y uno no sea sino un nostálgico defendiendo cuatro fantasmas. Pero no, la Colomer y Bosch no son ningunos fantasmas, como no lo son la Lizarán, Fabiá Puigserver y la gente que hace que el Lliure siga siendo el Lliure.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de octubre de 1988

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