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Lluís Pasqual: "Hay que evitar el divorcio entre boca y oreja"

"La gran diferencia entre la ópera y el teatro dramático es que el primero se dirige a partir del libreto, mientras que la segunda adquiere su sentido a partir de la partitura", manifiesta Lluís Pasqual, director del Centro Dramático Nacional. Pasqual desde su primer montaje en 1980 -Sanson y Dalila, de Saint-Saëns- cuenta con un total de siete experiencias operísticas."La ópera ofrece un texto dramático interpretado por el arma más universal que existe: la música", continua el director. "De lo que se trata es de que no exista ningún tipo de divorcio en los 10 centímetros que separan la voz de la oreja. Son esos diez centímetros que hay que llenar con luces y sombras, con todo lo que es el aparato escénico, sin que este, sin embargo, se constituya nunca en un obstáculo para la libre circulacion de la música".

Popularización de la ópera

Cree Pasqual que el género, gracias al disco y la televisión, ya no identifica un determinado status social. Sobre las alternas dictaduras del director, el cantante y el escenógrafo, considera que son consecuencia directa del momento histórico: "La época de los directores se debe por ejemplo a que son ellos quienes recogen la herencia directa del compositor. Más tarde la figura del compositor pasa a un segundo plano y es entonces cuando se da la gran revolución del canto, de la interpretación. El verismo supuso por su parte una auténtica convulsión en el campo de las puestas en escena que empezó a propiciar la apertura hacia nuevos públicos no ceñidos ya a una única clase social".Para Pasqual no existe en la actualidad una dictadura de la escena: "Se está trabajando en un clima de equilibrio y armonía entre los elementos. La aportación más importante de la época actual me parece a mí que es acabar con la herencia realista, substituyéndola por el impulso poético que brota de la lectura misma de la partitura".

La historia operística del director de escena Mario Gas se remonta al año 80, cuando presenta en el Teatre Grec su primer montaje: Il trovatore, de Gluseppe Verdi. "En el acercamiento por parte de profesionales del teatro a la ópera se han producido dos posturas claras: por un lado, la ópera ha sido considerada corao una simple ampliación del campo teatral; por el otro, se ha dado un interés por el espectáculo musical en sí". Gas justifica en parte las nuevas afluencias de público a la ópera por la "crisis de autores dramáticos contemporáneos" que favorece el redescubrimiento de "la sensibilidad primaria de los libretos operísticos". "Pero este descubrimiento", añade, "no va aparejado con nuevas creaciones, lo cual encierra el riesgo de encerrar al género en un museo". Tal riesgo, para el director, plantea la necesidad de "esencializar la ópera", adaptándola al sentir contemporáneo, y a tal fin señala dos vías que le parecen especialmente interesantes: "Una pasa por modificar la propia estructura musical. El otro camino deja inalterada la música, pero proponiendo una relectura".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 8 de agosto de 1988