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Crítica:

Mucho ruido y pocas nueces

Dirty dancingDirector: Emile Ardolino. Guión: Eleanor Bergstein. Fotografía: Jeff Jur. Música: John Morrys. Producción: Linda Gottlieb. Estados Unidos, 1987. Intérpretes: Jennifer Grey, Patrick Swayze, Jerry Orbach, Cyrithia Rhodes. Estreno en Madrid: Cines Palacio de la Música, Benlliure, Novedades y Aluche.

Las mejores cartas de presentación de Dirty dancing son las noticias de su éxito comercial en las taquillas estadounidenses y la canción original contenida en su banda sonora, The time of my life -interpretada por Bill Medley y Jennifer Warnes-, ganadora del Oscar y del Globo de Oro destinados a prenúar dicho apartado en el presente año.

Su acción, que el guión fija en 1963 -fecha impuesta por el filme como el año en que Estados Unidos perdió su inocencia-, nos presenta durante unas familiares vacaciones estivales a una heroína diecisieteañera que se convierte en mujer mediante un proceso en el que sucesivamente se enamora, se transforma en bailarina y se enfrenta a la autoridad paterna. Todo ello con apuntes sociológicos manidos y tópicos que se diluyen en el almíbar del final feliz. En una época donde las modalidades -bailables que practicaban los jóvenes se dividían en suelto o agarrado, el surgimiento de otra nueva, Dirty dancing, una mixtura de ambas, un estilo libre y sexy cuyos movimientos remiten a los prolegómenos y al mismo acto amoroso, es pretexto para mostrarlo con novedad en la pantalla y servir de título a la película.

Entre música y bailes, el molodramita familiar progresa hacia su desenlace, demostrando las limitaciones de su director, Emile Ardolino, especializado durante su trayectoria televisiva en trabajos apoyados en la música y diversas coreografías y ganador del Oscar 1983 al mejor documental de largometraje por He makes me feel like dancing.

Y no es que se le exija el pulso melodramático de John M. Stahl, o de Mikio Naruse, pero al menos sí que hubiera eludido escenas ridículas como la que protagonizan padre-hija junto al lago.

Por añadidura, el filme tampoco pertenece al género musical en sentido estricto, pues ni la cámara danza ni existe el guiño al espectador ni el dinamismo optimista propio del género. Más bien cabe calificarlo como uno de tantos pretextos amparados en un baile nuevo y en una canción con cierto gancho con pretensiones de documento generacional.

Ñoña y desangelada, la curiosidad que pueda despertar pronto se torna en desencanto, y el recuerdo más salvable es el esfuerzo de su protagonista femenina Jennifer Grey, hija de Joel Grey -el maestro de ceremonias del peculiar musical Cabaret- y que, como ya hizo en Red Dawn (Rojo amanecer), de John Milius comparte el reparto con Patrick Swayze, quien puede ser recordado por sus apariciones en la televisiva Norte-Sur. En definitiva, mucho ruido para pocas nueces.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de junio de 1988