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Crítica:TEATRO / 'CUANDO YO ERA NIÑA...'

Manual de educación sexual

Tres mujeres en escena; y sus distintas edades, que van, vienen para mostrarnos la dificultad de vivir. Sobre todo, la dificultad de vivir cuando se es mujer y se tiene por todas partes el tabú del sexo, la amenaza continua de la represión que ejercen unas sobre otras —bondadosamente, como es natural— con bondadosas amenazas, con informaciones terroríficas —divinas y humanas— que se enfrentan con la obsesión por el hombre, convertido en único objeto de sus vidas.

Lo que les pasa no es ni más ni menos que lo que a todas las mujeres del mundo, probablemente: masturbaciones, reglas, brotecillos infantiles de lesbianismo, virginidad, abandono, embarazo, maternidad, soledad, amores tardíos y, siempre, frustración.

Cuando yo era niña solía gritar y chillar

Los Gemelos (guitarras) José María Panizo (contrabajo) Pepe Ébano (percusión), Alfredo Domenech (piano). Teatro Albéniz. Madrid, 7, 8 y 9 de abril.

De Sharman Macdonald, versión de Rosa Montero

Intérpretes: Encarna Paso, Gloria Muñoz, Marta Puig, Iñaki Guevara. Escenografía de Mariano López. Dirección de Jaime Azpilicueta. Centro Cultural de la Villa de Madrid. 6 de abril.

Se ha hecho esto otras muchas veces, sobre todo en nuestros tiempos, y se ha hecho también con el mundo del hombre y sus frustraciones propias, y sus terrores, y sus mitos con respecto a la mujer; esta comedia no excluye esa otra desventura, pero no tiene que ocuparse demasiado de ella —el único varoncito que sale es una sombra desorientada y manipulada, que cuando toma una decisión en virtud de su deber de hombre lo destroza todo— porque no es su objetivo.

Diversión

Podría servir esta comedia de manual de información sexual si no fuese a algo más, que es la diversión. Lo nuevo es un lenguaje descarnado y bravo, que Rosa Montero traduce y adapta al castellano con su desparpajo literario propio y, por tanto, con eficacia. Se dice de todo. Y se representa que se hace de todo. La habilidad de Sharman Macdonald está no sólo en ese lenguaje, sino en la medida teatral con que va pasando de la comedia divertida y deslenguada a la descripción del drama humano, de las vidas definitivamente rotas solamente por los viejos persuasores del sexo como mal y de una educación tradicional. Así defiende el tópico.

Puede contener alguna información: una corroboración para las mujeres, algún descubrimiento que los hombres puedan hacer de sus sigilosas compañeras. Y sería muy útil para colegios de niños y niñas que necesitasen un complemento para sus clases de educación sexual: pero seguramente no les van a llevar, porque el tabú externo y oficial no ha cambiado aún.

La interpretación de las dos muchachas, Marta Puig y Gloria Muñoz, es tan viva como requiere su texto; Encarna Paso, víctima de un accidente, tiene que retraer su personaje por razones físicas, pero habla con entereza. La dirección de Jaime Azpilicueta resuelve los movimientos y los tránsitos de edad y lugar con juegos de luces. Todo sucede ante un desagradable decorado que supone una playa; no cesa de atormentar al espectador durante toda la acción. Mejor una cámara negra.

Tuvo aplausos la obra en algunos momentos, sobre todo dedicados a Marta Puig y sus frases, y terminó con una ovación, que recogieron los actores y el director de escena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de abril de 1988