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Reportaje:

Horacio Vázquez Rial sobreviviente

Una crisis alcohólica devolvió a la vida al autor de 'La libertad de Italia'

El día de su cumpleaños, el 20 de marzo de 1979, el escritor argentino Horacio Vázquez Rial se enfrentó en la unidad de cuidados intensivos del hospital de San Pablo, de Barcelona, con la misma opción que tuvo que desbaratar hacia el desastre el autor galés Dylan Thomas: o se tomaba los 18 whiskies que le llevarían a la muerte segura -en el caso de Vázquez Rial hubieran sido 18 ginebras o 18 coñás- o se quedaba entre los vivos.

Un cantable argentino, debido a la pluma de un moribundo que no sobrevivió, dice: "Se me está haciendo la noche/ a la mitad de la tarde./ No quiero volverme sombra/ quiero ser luz y quedarme". Con más suerte que Reguera, el autor de la copla, a Vázquez Rial le iluminó la vida y decidió no hacer caso al ejemplo de Dylan Thomas. Desde entonces no prueba ni una sola gota de alcohol.Horacio Vázquez Rial reservó su páncreas del severo castigo al que: lo tenía sometido porque, según dice hoy, "tenía multitud de razones que alegar para seguir viviendo, y no me ahorré ni una sola desde entonces hasta esta fecha".

Era el año 1979. Ordenado y metódico en su trabajo, este argentino que ahora es de cualquier parte ("Cada día me sorprendo más de la gente con identidad, y por eso me sorprende cada vez más el nacionalismo"), que reside en Barcelona y que circula por el mundo con una espeluznante velocidad de crucero no ha cesado de escribir ni un solo día. Fruto de ello son los libros que se han ido sumando a los dos que escribió antes de padecer su grave crisis alcohólica. El primero nació de su vocación académica, y fue un ensayo sobre políticas poblacionales en América Latina. El segundo, aparecido en 1979, entraba de lleno en el ámbito de su destrucción detenida. Era un libro de poemas, publicado ya en Barcelona, donde residía desde hacía cinco años, y se titulaba Los borrachos en el cementerio.

Es insomne, tiene el pelo acariciado por la edad que convierte en blanco todo lo que toca y en sus ojos lleva el hálito de cansancio de los que no han cesado de ser ingenuos en un mundo que, como no les resulta propicio, tienen que amar para que no los devore. Hoy lo ve así: "No se me agota la capacidad de sorpresa y sobre todo me sorprende la irracionalidad. Esa actitud es la que me convierte en un ingenuo que no tiene prevenciones con la gente".

Su última novela, La libertad de Italia, acaba de ser publicada por Destino, que es su editorial más reciente, donde también publicó este mismo año Historia del Triste. Esta frenética actividad literaria no le ha ausentado de la vocación académica. "Es un tercio de mi vida". Su dedicación -la historia, la geografía, el ámbito de los humanos- es consecuencia de su obsesión por la memoria. "Por eso, por esa obsesión, me metí en Historia, y la ejerzo porque creo que sí no se recuerda la historia se nos repite".

Nacido en el Centro Gallego de Buenos Aires, este argentino entusiasta y apesadumbrado pasó fugazmente por Madrid en 1974, pero en seguida se enamoró de Barcelona, donde vive una vida frenética en la que se mezclan las traducciones, las correcciones, los asesoramientos editoriales y los paseos por un entorno urbano que parece existir para dejarle perplejo.

Tiene dos hijas y siempre ha tenido una especial veneración por la fecha de su cumpleaños: "Mis mayores desgracias, y mis mayores venturas, han ocurrido en esa fecha. ¿Cómo no pensar que el destino se marcó ese día?" Es un hombre afirmativo, y a pesar de ello tiene el fantasma del suicidio corno una de sus obsesiones, como la memoria, el olvido y la muerte. Y la literatura, que es la parte invariable de su identidad. "De resto no soy nada. No entiendo la identidad. Es para mi una sorpresa que los demás tengan identidad, Yo me siento yo en el mundo. Y nada más", Sus vocaciones de lector van de Jorge Luis Borges ("Borges sin falta, siempre") y La muerte de Virgilio, de Broch, un libro que lee constantemente. Es ordenado, minucioso y productivo. A pesar de ello es muy latino, y cuando se enfurece parece que hay en sus ojos la profundidad de una furia antigua. Como no puede tener siempre así la mirada, escribe y así se le calman los ojos. Luego regresa a la rabia y no cesa de ser un escritor cuya vocación parece una montaña.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de enero de 1988