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Editorial:

La tregua

LA DISPOSICIÓN, adelantada ayer, por parte de ETA a aceptar una tregua de 60 días si se reanudan las conversaciones de Argel abre la posibilidad de acelerar el final de la violencia terrorista. Y esto es así por confusos e incoherentes que resulten sus pronunciamientos en el comunicado en el que hizo pública dicha oferta.En la anterior estrategia etarra, la negociación debería ser pública, no implicaría el alto el fuego por su parte y habría de partir de la previa aceptación de los puntos de su programa -la alternativa KAS-, "cuyos ritmos de aplicación podrían ser objeto de discusión". Más que de una negociación, se trataba de una imposición, netamente antidemocrática, por la que se pretendía hacer pasar a la mayoría bajo el argumento de que la pretensión de ETA iba avalada por la sangre de cientos de víctimas. Pero desde hace meses es ETA quien exige que las conversaciones sean reservadas, y desde ayer admite que la previa aceptación de la alternativa KAS no es un requisito para contraer el compromiso de un alto el fuego. La distancia entre el planteamiento tradicional y el que confusamente se apunta ahora es evidente.

Para que se haya llegado a este punto han tenido que confluir una serie de elementos. La presión policial a ambos lados del Bidasoa ha sido sin duda decisiva, pero también lo ha sido la oscura sensación de espanto que en sectores de la base social del abertzalismo radical ha producido la escalada de despropósitos, que tuvo sus puntos culminantes en el asesinato de Yoyes y los atentados de Hipercor y Zaragoza. El carácter despiadado, alejado de cualquier posibilidad de explicación en términos racionales, de esa huida hacia ninguna parte, más la total ausencia de salida personal para quienes habían quedado prendidos en la trampa de la violencia, hizo que un sector de la organización terrorista se replantease, desde Argelia, la posibilidad de dar un paso al frente en busca de alguna alternativa viable. Los de Argel y un sector de Herri Batasuna, así como de los presos, llegaron al convencimiento de que era preciso establecer una tregua para hacer avanzar la negociación. La nueva dirección francesa, con el apoyo del sector más duro de Herri Batasuna, comprendió que, después de Zaragoza y el pacto vasco, se imponía un respiro para reorganizarse y retomar la iniciativa.

La firmeza del Gobierno socialista y el avance político que ha supuesto el acuerdo de los partidos vascos han provocado una situación en la que, por unos u otros motivos, la tregua resultaba interesante para los propios terroristas. Y dejaba de ser una consecuencia de la negociación para convertirse en una condición de la misma. A partir de ahora, ETA tendrá que elegir entre seguir en la brecha -a riesgo de una división- y la posibilidad de una reconciliación. Este sería el resultado de un largo proceso, nada fácil; pero si la tregua se consolida, la dinámica sería imparable.

El comunicado de ETA está tan plagado de retórica como vacío de ideas. Incluso en una organización como ésa sorprende la ausencia de argumentos, de razones en favor de su causa, de invocaciones a los supuestos objetivos políticos que, en su lógica, justificarían los horrores de su acción. Aplicar el término ejecuciones a hechos como la matanza de los niños de Zaragoza; referirse al Estado democrático como "el agresor"; calificar como muestra de "obcecación", "cerrazón", "intransigencia" la oferta de reinserción de los terroristas que abandonen las armas es no sólo una inmoralidad: es una sandez. Las incoherencias en el comunicado reflejan las contradicciones mismas de la iniciativa y las que atraviesa actualmente el mundo del abertzalismo radical. La bomba colocada ayer mismo en el automóvil de un policía en Bilbao es la manifestación más acabada de esa incoherencia y de esas contradicciones.

Pero la interpretación de la oferta hecha por portavoces de Herri Batasuna, y singularmente por el abogado Esnaola, permite albergar esperanzas. Lo que Esnaola ha venido a decir es que ETA estaría dispuesta a negociar no tanto la aceptación de la alternativa KAS como el marco que permitiría conseguir las reivindicaciones en ella contenidas por métodos pacíficos. No es eso lo que dice el comunicado de los terroristas, pero es posible que esa interpretación no repugne totalmente a los ideólogos de la organización. En todo caso, la tregua, por una parte, y las posibilidades de enhebrar alguna forma de diálogo racional que derivan de esa interpretación, por otra, abren paso a una situación diferente. Algo se ha movido en el fosilizado mundo de ETA.

Las fuerzas democráticas vascas, y de toda España, deben apoyar las iniciativas que el Gobierno pueda emprender a parúr de ahora. Los límites quedaron nítidamente marcados por los pactos suscritos en noviembre en Madrid y el pasado día 12 en Vitoria. La máxima generosidad para los terroristas es posible si existen garantías sólidas de renuncia al argumento de la fuerza. Es lógico que el Gobierno se tome un tiempo de reflexión antes de tomar decisiones, pero es imposible no agarrarse a esta oportunidad, incluso aunque algunos la consideren un chantaje. Porque es la paz y la convivencia democrática de Euskadi lo que está en juego.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de enero de 1988