La línea negra
Juan María Bandrés es uno de los políticos españoles que ha despertado repetidamente mi admiración, a la vez por su extraordinaria combatividad y por su insólito sentido del equilibrio. Su artículo en EL PAÍS del 11 de enero pasado, La línea verde, sobre su viaje a la Palestina ocupada por Israel, merece por lo tanto mi más profundo respeto. Imágenes como las de la televisión, de hombres esgrimiendo armas de fuego o de las otras contra un pueblo desarmado, cualesquiera sean las circunstancias, me sublevan no hoy, sino desde que, siendo niño, me tocó ver escenas de esa índole en el Buenos Aires del primer peronismo. Mis compañeros universitarios en Roma, en las encendidas discusiones que siguieron a los llamados "sucesos de Hungría" en 1956, me enseñaron a decir: contra los obreros no se dispara. Los ideales más excelsos legados por los fundadores del socialismo y, en particular, los ideales de los fundadores socialistas del propio sionismo, excluyen la violencia contra el pueblo en todos los casos. Mi desconfianza hacia toda forma de poder me permite aceptar, con dolor pero sin reservas, el desolador informe que los juristas viajeros nos acaban de hacer acerca de los estragos de una ocupación hasta hoy ineluctable pero no menos injusta.Desgraciadamente, Juan María Bandrés concluye su artículo con una gaffe que, de haber recapacitado, supongo no se habría permitido. Dice: "Los que amamos al pueblo israelí y al pueblo palestino estamos en la obligación de avivar la memoria histórica del primero. Ha sido el pueblo que ha sufrido la más atroz persecución. Tiene por ello nuestra admiración y nuestro respeto. Pero ahora se ha convertido en perseguidor". Y concluye con una metáfora bíblica que no hace sino agravar el error: "Isaac e Ismael fueron hermanos. Ya basta para fratricidios con Caín".
La memoria histórica del pueblo israelí es una. La del pueblo judío, a la que en realidad alude Bandrés refiriéndose a "la persecución más atroz", es otra. Israel, desafortunadamente, tiene una memoria histórica específica, ligada esencialmente a su guerra con el entorno árabe. Nada tiene que ver aquí la Biblia. Estas refereficias tienen que ver con un grupo cinco veces más numeroso que el de los israelíes (son alrededor de 15 millones los judíos del mundo). Es este conjunto el que ha sido (y es) víctima de la persecución más atroz, el racismo antisemita, del que el mal llamado "holocausto" es el episodio más horrible y del que, a mi modo de ver y por involuntario que haya sido, el artículo de Bandrés es el más reciente. Una línea negra, no ya verde, separa cualquier juicio acerca del Gobierno y la política de un país del juicio que merezca todo un pueblo. En nuestros tiempos revisionistas, en que amalgamas como ésta pueden tener consecuencias dramáticas y hasta letales, es más peligroso pisar la línea negra que la verde. Estoy seguro, quiero estarlo, de que Bandrés no Vacilaría en darme su acuerdo.
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