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TRIBUNA

El acuerdo sobre euromisiles, un error al cuadrado

El acuerdo para eliminar los misiles de alcance intermedio, que firmarán mañana en Washington Ronald Reagan y Mijail Gorbachov, constituye, en opinión del autor, un sinsentido militar para la OTAN, ya que quiebra la estrategia y la política militar de la Alianza y muestra, además, una ingenuidad política de profundas consecuencias para los aliados.

El acuerdo soviético-americano sobre la desaparición de las fuerzas nucleares de alcance intermedio (INF), conocidas popularmente como euromisiles, y que está siendo finalmente recibido con el júbilo de estar ante un auténtico acuerdo de desarme, es un acontecimiento histórico, pero más por su insensatez que por sus bondades: Reagan está sellando con Gorbachov un sinsentido militar para la OTAN, ya que el acuerdo quiebra tanto la estrategia como la actual política nuclear de la Alianza, a la vez que muestra una ingenuidad política de profundas consecuencias para los aliados europeos.Siendo impensable luchar una guerra nuclear sin causar la destrucción completa de la vieja Europa, tanto la naturaleza como el número de las armas nucleares a disposición de la OTAN se han orientado a disuadir un conflicto más que a ganarlo. Esto es, las armas de teatro han servido esencialmente de respaldo a unas fuerzas convencionales inferiores en número a las del Pacto de Varsovia y sólo si se sufriese un ataque servirían para detener el avance enemigo o para, en último recurso, garantizarle unas represalias insoportables, es decir, impedir su victoria.

Los dos conceptos clave en dicha estrategia son el primer uso del arma nuclear y el control de la escalada. Para, el reforzamiento de ambos se habían traído los euromisiles, dada su naturaleza de armas de teatro de largo alcance, entre las tácticas y las estratégicas.

Primeramente, las INF daban credibilidad a la doctrina del primer uso, vital para la disuasión aliada. Por un lado, su empleo era más creíble que en el caso del armamento táctico, ya que no tenían que ser disparadas sobre el propio suelo, evitando así causar grandes daños en territorio aliado. Por otro, dada su naturaleza de armas limitadas, a ser disparadas desde fuera del santuario americano, su uso no implicaría automáticamente el intercambio de los arsenales estratégicos de uno y otro y el suicidio mutuo, por lo que la amenaza de empleo, por parte del presidente americano, también salía reforzada. De esa forma, se apuntalaba la disuasión nuclear de la OTAN, a la vez que se vinculaba más estrechamente a EE UU con el destino de Europa.

En segundo lugar, los euromisiles también aseguraban el control y la dominación en la escalada. Para ser capaz de elevar el nivel de violencia en sus respuestas, a fin de disuadir a la URSS de proseguir con su agresión, la OTAN debería contar con unas opciones selectivas de empleo de su arsenal nuclear que, cuidadosamente ejecutadas, no significarán desencadenar un ataque masivo y la destrucción asegurada de ambos bandos, sino que contuvieran el proceso mismo de la escalada, favoreciendo la negociación. Las INF, por su precisión y reducida carga explosiva, venían a ser los sistemas flexibles que cumplieran dichos requisitos: los Pershing 2 y los misiles de Crucero tomaban de las armas tácticas el poder negar en el campo de batalla una victoria enemiga, haciendo saltar, por ejemplo, algunos centros de mando, depósitos, nudos de comunicación, etcétera. Pero también tomaban de las armas estratégicas la capacidad de represalia, dado su alcance y su capacidad de causar unos daños inaceptables para la URSS.

Consecuentemente, la OTAN ha primado desde 1979 los sistemas nucleares INF de largo alcance sobre los tácticos. Es más, tras la decisión de Montobello de 1983, por la que la OTAN reducía unilateralmente su armamento táctico de 4.790 a 2.110 cabezas nucleares, su arsenal se orientaba decididamente a asegurar la disuasión a través de la represalia y no en el campo de batalla.

La planificación

El acuerdo que se firma ahora en Washington y que reduce a cero los misiles INF deja sin sentido la planificación que han venido acordando los aliados desde hace más de una década. La URS S sólo pierde unos centenares de misiles progresivamente envejecidos y, sobre todo, redundantes en su capacidad nuclear contra Europa: le basta reprogramar 84 de sus más de 300 S S-18, o de los más modernos SS-24, para seguir amenazando a los aliados.Y lo más grave es que se llega al acuerdo de la mano de la más absoluta ingenuidad: el presidente americano que más ha denunciado la violación sistemática por parte de la URS S de los tratados de control de armamento sella la desaparición de los euromisiles con la esperanza de iniciar así una senda hacia el desarme nuclear.

Es posible que así sea, ¿quién lo sabe? Sólo que los europeos deberíamos pensarnos mejor qué vamos a decir cuando la Rusia de Mijail Gorbachov insista en negociar las armas tácticas, la aviación de doble uso, los submarinos próximos a las costas del continente y toda la panoplia que ha garantizado la disuasión sobre Europa.

Los Pershing 2, al igual que el general de quien toman nombre y que vino al frente de las tropas americanas para imponer la paz en la Primera Guerra Mundial, garantizaban la estabilidad mientras el Pacto de Varsovia no modificase sustancialmente su estructura de fuerzas.

Confiemos que su ida no sea tan funesta como la retirada del mismo general Pershing.

Rafael Bardají es director del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de diciembre de 1987