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Pasó el verano

EN SU tercera comparecencia en el programa de la televisión estatal Ante la opinión, el presidente del Gobierno demostró por fin sus dotes para conectar con la audiencia y, a tenor de los resultados de la encuesta realizada por la empresa Demoscopia que hoy publica EL PAÍS, mejoró la impresión respecto a anteriores eventos similares. Mejoró el entrevistado, pero no la portavoz bis del Gobierno, que hacía de entrevistadora, y cuya presencia, lo mismo que el marco del diálogo y el sistema empleado, seguía restando credibilidad a lo que allí pasaba, en la sospecha de que las preguntas eran pactadas, y los silencios, también. Fue clamorosa, en este sentido, la ausencia de una pregunta sobre una eventual crisis de Gobierno.La insistencia del presidente en no conceder conferencias de prensa y en no someterse en directo ante la televisión a un interrogatorio de periodistas de los diversos medios le facilita, desde luego, que nadie le ponga en apuros. Así, por ejemplo, cuando criticó ásperamente a los políticos que cambiaban de partido, a la entrevistadora se le olvidó preguntarle si esa crítica estaba dirigida también a su ministro de Asuntos Exteriores, que estuvo en varios Gabinetes de Suárez. O cuando hacía alarde de las estadísticas, nadie se interesó sobre la credibilidad de éstas cuando las da un Gobierno que manipula hasta las cuentas con la Comunidad Europea.

Pero hechas estas salvedades, el presidente estuvo brillante, convincente en muchas ocasiones, y dijo cosas de interés. Quizá en lo único en que falló fue en el tema de Galicia. Su habilidad no bastó para mejorar la penosa imagen que de su partido ha dado la operación de descabalgamiento de Fernández Albor de la presidencia de la Xunta. Es cierto que las responsabilidades están muy repartidas y que no es poca la que corresponde a los aliancistas, gallegos y no gallegos. Pero si los electores tienen, en definitiva, la última palabra, se explica mal por qué no se dirigió la estrategia a provocar la disolución y convocatoria de nuevas elecciones. González lidió con dificultades ese toro, aunque sus palabras podían también interpretarse como una sutil crítica -disfrazada de otra cosa- a la actitud de los socialistas gallegos. La encuesta refleja esa impresión.

Para hablar del terrorismo, que volvió a considerar el más grave problema del país, Felipe González adoptó el tono firme requerido por el tema. Incidió en la negativa a considerar materia negociable cualquier cuestión que suponga sustituir la soberanía popular por otras instancias, y lo hizo de manera razonada y convincente. En materia de política internacional aclaró el alcance de sus declaraciones sobre una eventual asociación al eje Bonn-París en materia de defensa, y profundizó en la idea de que la negociación sobre las bases iba orientada a determinar cómo se quedan las tropas estadounidenses, y no cómo se van.

Fue en materia económica donde Felipe González se mostró más sólido y persuasivo, aprovechando la posibilidad del contacto directo con la audiencia para explicar sin intermediarios el sentido de su propuesta de concertación. Es evidente que irritó a los sindicatos, pero ello no significa necesariamente un reproche ni que no tuviera razón. A los dirigentes sindicales les va a resultar difícil explicar sus reticencias iniciales por cuestiones metodológicas más bien confusas, y especialmente su negativa a entrar a discutir cuestiones tan acuciantes como el empleo juvenil so pretexto de que antes había que discutir la negociación salarial de los funcionarios.

En resumen, es lógico que la comparecencia de González haya mejorado su imagen electoral. Se debe esencialmente a sus dotes de orador y a lo razonable de la oferta política que hizo. Aunque nos quedarnos sin saber si este Felipe González, descansado después del verano, con aspecto más seguro, lejos de la tribulación que antes enseñaba, piensa relanzar su proyecto político y renovar su equipo o prefiere sólo seguir tirando.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 24 de septiembre de 1987.

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