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Reportaje:

¿Quién es usted, John (Iván) Demjanjuk?

Prosigue en Israel el juicio contra un presunto exterminador de los judíos internados en Treblinka

Jerusalén
VICTOR CYGIELMAN, Jerusalén¿Quién es usted entonces, John (lván) Demjanjuk? ¿Es usted Iván Grozny, esta bestia humana, poderosa y sádica que sembraba el pánico y la muerte entre los deportados judíos de Treblinka? ¿O un hombre honesto, un tranquilo padre de familia, obrero mecánico de una factoría Ford en Cleveland, que se ha visto obligado a vivir este proceso como se vive una pesadilla interminable? Esto es lo que decidirá el tribunal israelí.

Mientras tanto, Demjanjuk no parece en absoluto afectado por este proceso, como si concerniera a otra persona. No habla casi nunca con su defensor, el abogado norteamericano O'Connor. Escucha, o hace ver que escucha. Imposible saberlo.Demjanjuk no aparenta sus 67 años. Corpulento, pesado, pero no gordo, se diría que se encuentra allí como un espectador apenas interesado, apenas concernido. Ya no saluda al público y a la Prensa con un "hello friends" ("hola, amigos") y "boker tov" ("buenos días", en hebreo) cuando entra en la sala de la audiencia. Le han debido decir -tal vez su abogado- que esta jovialidad está fuera de lugar.

En Cleveland, donde ha vivido durante más de 30 años, nunca se hubiera imaginado que un día se encontraría sentado en el banquillo de los acusados en Jerusalén, en el centro de un proceso de alcance mundial. Pero si está desorientado, angustiado, no lo muestra. No se deja abatir su moral es buena. En prisión aquí, desde hace un año, conserva sus pequeños hábitos. Cada mañana, al despertarse, hace sus 50 flexiones. "Es bueno para la salud", les ha explicado sonriendo a sus guardianes.

¿Sabe este hombre, se da cuenta, de que lo que se juega en este proceso es su vida? Cada día, después de comer durante la interrupción del proceso al mediodía, Demjanjuk hace la siesta Tranquilamente, tumbado sobre la espalda y con las manos cruzadas, esposadas bajo su cabeza, "se duerme en seguida, como un bebé", asegura un policía. ¿Inocente o inconsciente?

Hace algunas semanas, al ser llevado ante el juez para la prolongación de su orden de arresto, se enteró de que la fecha de la apertura de su juicio ya se había fijado. Bruscamente, sus ojos se llenaron de lágrimas. Se movía sobre su asiento, evidenciaba desasosiego, estaba visiblemente inquieto. La serenidad, verdadera o estudiada, de este hombre, ¿se había roto por fin? John Demjanjuk, conocido como Iván el terrible, sentía por fin algunos remordimientos, o por lo menos un sentimiento de miedo en vistas a lo que le esperaba? Rápidamente llegó la respuesta: las lágrimas se debían al dolor causado por sus hemorroides.

En una de las sesiones del proceso, el historiador Itzhak Arad, presidente de Yad Vashem, el instituto que estudia la shoa, la exterminación de los judíos por los nazis, y autor de un libro sobre Treblinka, describía detalladamente el funcionamiento de esta máquina de la muerte que fue Treblinka y el papel exacto jugado por las SS alemanas y sus auxiliares, entre ellos Iván el terrible y otro ucraniano, llamado Nicolay.

Que lo entienda todo

Los dos ucranianos eran los responsables de la puesta en marcha y del mantenimiento del motor de tanque que servía para dos cosas: expedir el gas Ciclone B en las duchas y proporcionar electricidad al campo.Demjanjuk, con los auriculares sobre su cráneo, parecía seguir atentamente la traducción simultánea, en inglés, de las palabras del doctor Arad. Al lado del acusado, sentado en el mismo banco, un pequeño viejo arrugado, de cabellos blancos, le murmura a la oreja la versión ucraniana de las declaraciones del historiador israelí. Detrás de Demjanjuk, su hijo John junior vela para que su padre lo entienda todo. El tribunal le ha concedido este favor excepcional a John Demjanjuk junior. ¿El acusado comprende realmente lo que pasa a su alrededor?

Cuando el doctor Arad describe cómo 6.000 judíos eran gaseados día tras día en Treblinka, ¿se entera él de lo que esto quiere decir? "Seis mil hombres, mujeres y niños matados cada día". Incluso si, como pretende, no es Iván el terrible, ¿puede escuchar este testimonio sin conmoverse hasta el fondo de su alma? Aparentemente, Demjanjuk puede. Ni un músculo de su cara se estremece; de cuando en cuando, tal vez para cambiar de postura, se gira hacia la sala. Una mirada vacía de expresión, a veces la sombra de una sonrisa. Un bostezo prolongado.

John Demjanjuk junior explica a los periodistas que su padre es un "hombre delicado, un corazón generoso. Reparaba gratuitamente los coches de los vecinos, jamás me ha pegado... ¿Cómo un ser que ha participado en el asesinato de 900.000 personas, que ha hecho estallar las cabezas de bebés contra los muros, cómo este individuo hubiera podido transformarse en el hombre más dulce del mundo, mi padre?". John junior añade: "No dudo de que el tribunal israelí declarará la inocencia de mi padre y nos lo devolverá pronto". Es la acusación la que debe probar "sin la sombra de una duda" que el acusado e Iván Grozny no son más que la misma persona. Si los tres jueces mantienen, al final del proceso, la más pequeña duda sobre este asunto, John (Iván) Demjanjuk será un hombre libre.

El abogado O'Connor ha admitido estar "fuertemente impresionado por el sistema judicial israelí, que concede más derechos y privilegios a la defensa que a la acusación". Su asistente israelí, el abogado Yoram Scheftel le contradice para mostrar su celo profesional. Como el presidente del tribunal insiste en que quiere escuchar todos los detalles sobre Treblinka de la boca del historiador Itzhak Arad, Scheftel evoca, a propósito, los famosos procesos de gran espectáculo de Moscú en los años treinta, haciéndose reprender por el juez Levine.

O'Connor, por su parte, tampoco está demasiado contento del exceso de celo de su ayudante israelí. Un observador oficial del Gobierno polaco que asiste al proceso encuentra "extraordinaria" la imparcialidad de los jueces israelíes. ¿Y Demjanjuk qué piensa del proceso, de los jueces?

Una cara impasible

Intentamos leer alguna cosa en su cara. Tal vez una velada emoción cuando el doctor Arad evoca las cámaras de gas, las centerias de miles de muertos. Nada, una cara lisa, impasible. Incluso cuando el abogado de la defensa, Yoram Scheftel, consigue un importante punto y anuncia que un tal Halm Ha Taller, un judío que vive hoy día en Australia, afirma en una carta haber matado con sus propias manos a Iván Grozny (Iván el terrible) durante la revuelta de Treblinka el día 2 de agosto de 1943, Demjanjuk no reaciona.Bruscamente, después de la declaración del doctor Arad, O'Connor protesta. La traducción al ucraniano, según John junior, es incompleta; el traductor resume en lugar de traducir palabra por palabra. Por supuesto, está la traducción simultánea en inglés, que es palabra por palabra, pero Demjanjuk, a pesar de haber vivido los dos tercios de su vida en Estados Unidos, no comprende suficientemente el inglés y tiene el derecho de entenderlo todo, dice O'Connor.

¿Comprender que un régimen, que unos hombres hayan condenado a todo un pueblo, a millones de hombres, mujeres y niños a la muerte? Adolf Eichmann, el administrador perfecto de la solución final, araña sentada en el centro de una tela hecha de trenes, utilizó para su defensa el imperativo categórico de Kant. Eichmann era un hombre culto, conocía sus filósofos.

En el otro extremo de la tela, Iván Grozny, el campesino ucraniano, descendiente de los atamanes ucranianos Hmielnicki y Petlioura, que ya a finales del siglo XIX y principios del XX habían ordenado degollar a los judíos de Ucrania y Polonia, no sabe ni siquiera quién es Kant, pero, como Eichmann, sabía obedecer órdenes.

El proceso continúa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de febrero de 1987