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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

La enfermedad de la democracia norteamericana

NOAM CHOMSKYContra lo que pudiera parecer, bajo el mandato de Reagan el poder estatal se ha expandido en los Estados Unidos más rápidamente que bajo cualquier otra Admimistración, en el sentido de proteger al Estado de toda indagación publica. En este contexto hay que enmarcar la oculta operación de venta de armas a Irán y el sistema de medios encubiertos ideado para mantener la ayuda a los contra de Nicaragua, según Noam Chomsky, uno de los mayores lingüistas vivos, profesor en el Massachusets Institut of Technology y militante del radicalismo antiautoritario.

En la mañana de las elecciones de noviembre de 1986, la radio nacional sueca me pidió que expresara mi opinión sobre el progresivo deterioro de la democracia estadounidense que sugería la proyectada tasa de participación del 40%. El entrevistador comentó que cuando en Suecia el número de votantes cayó una vez por debajo del 90%, se expresó públicamente una seria preocupación por el estado de la democracia en el país. De hecho, la participación en las elecciones de noviembre en Estados Unidos apenas alcanzó el 37%, continuando así un largo proceso de deterioro que persiste -a pesar de los enormes esfuerzos realizados para obtener el voto. Las encuestas electorales muestran también que a menudo los electores votan conscientemente en contra de sus propios intereses. Así, inmediatamente después de la "abrumadora victoria electoral" de Reagan en 1984, la mayoría de los votantes expresó su esperanza en que el Congreso no convirtiera en leyes el programa legislativo de Reagan. Las elecciones de 1986 han puesto de manifiesto también la escasa identificación de los electores con los partidos, o con las cuestiones de gran alcance, persistiendo de nuevo en su tendencia histórica.Una mirada más atenta proporciona una nueva percepción de la naturaleza de la democracia política estadounidense. Las elecciones presidenciales de 1980 y 1984 son descritas como "abrumadoras victorias electorales" del conservadurismo reaganista. No hubo ni "abrumadoras victorias" ni conservadurismo. En cada una de las elecciones Reagan obtuvo menos del 30% del voto electoral. El porcentaje del electorado que le eligió porque era un "auténtico conservador" bajó del 3% en 1980 al 1% en 1984. A pesar de la propaganda masiva sobre las glorias de la democracia americana, las encuestas realizadas después de la elección presidencial en 1984 pusieron de manifiesto que la mitad del público piensa que el Gobierno "está dominado por unos cuantos grandes negocios que sólo se preocupan de sí mismos".

ÚNICA OPCIÓN

El perfil socioeconómico de los no votantes indica que en otras democracias industriales hubieran votado en gran medida por uno de los partidos basados en el mundo del trabajo -los partidos laboristas, socialistas, comunistas, con una base social de trabajadores, pobres, algunos intelectuales, etcétera- y comprometidos a efectuar reformas (generalmente moderadas) del capitalismo industrial en beneficio de sus electores. En Estados Unidos los votantes sólo tienen una opción entre partidos que representan segmentos competitivos del mundo de los negocios y de las comunidades profesionales acomodadas. Es fácil predecir que muchos de esos electores no va a votar, mientras que otros consideran su voto en gran medida irrelevante para la política nacional.Un estudio más profundo de las actitudes públicas durante los año; de la presidencia de Reagan confima estas estimaciones. La tendencia histórica hacia un creciente liberalismo ha continuado. El público se ha opuesto con fuerza a las políticas reaganistas en casi todas las cuestiones importantes.

Además, el programa de Reagan, denominado "conservador", no tiene ningún parecido con el conservadurismo: los conservadores genuinos son muy raros en EE UU. Bajo el mandato de Reagan, el poder estatal se ha expandido más rápidamente que bajo cualquier otra Administración desde la Il Guerra Mundial, mientras que los reaganistas se han dedicado a proteger al Estado de la indagación pública, eludiendo la coerción por el Congreso y otras coerciones legales, limitando la libre discusión y cercenando los derechos civiles. El pro grama podría ser llamado "jingoísmo reaccionario", pero no "conservadurismo". Sus rasgos esenciales son tres:

1. La transferencia de recursos de los pobres a los ricos.

2. La intervención masiva del Estado en la economía a través del sistema militar, virtualmente un plan para forzar al público a subvencionar la industria de la alta tecnología.

3. Una política exterior más activista, es decir, un incremento en el terrorismo, la subversión y la agresión internacional patrocinados por el Estado. El,público es contrario a todas estas líneas de actuación, pero apenas tiene la menor relación con la configuración de la política. Buena parte del público entiende esto muy bien.

POPULARIDAD PERSONAL

¿Cómo explicarnos -entonces la popularidad de Reagan? En primer lugar, esta popularidad no ha sido excepcionalmente alta si la medimos por los niveles históricos. Además, como lo demuestran las encuestas, se trata, sea cual sea su nivel, de, una popularidad personal. No se ve afectada por el hecho de que, si Reagan no está adecuadamente programado, demuestra con regularidad que sólo tidne el'más vago de los conocimientos de las políticas de su Administración, y tiene que ser constantemente corregido. Buena parte de la población estadounidense -y en particular los segmentos menos instruidos y menos adoctrinados- parecen considerar a Reagan de la misma manera que consideran la bandera: como un símbolo de la unidad nacional, esencialmente no emparejado con los pocos grandes negocios que dominan al Estado.La oposición a las acciones políticas de Reagan se ha desarrollado entre reducidos círculos de elites que participan significativamente en el sistema político. Así, el fanático keyneslanismo de los reaganistas ha tenido efectos que eran pronosticables, tales como el alto déficit , un problema que preocupa cada vez más. Naturalmente, los propietarios y gestores de la economía privada subvencionada por el Estado intentarán tratar este problema de tal manera que se garantice que el Estado seguirá al servicio de las necesidades de la riqueza y el poder, que continuará funcionando como un Estado del bienestar para los ricos. Por consiguiente, el problema del déficit será afrontado con nuevos ataques a los pobres.

El genio de la democracia estadounidense ha consistido en asegurar que los individuos aislados tienen que enfrentarse solos al poder concentrado, sin organizaciones en las que puedan reunir sus limitados recursos, obtener información, formar ideas, situar éstas en la agenda, política y actuar para que se realicen. En otras democracias industriales, los sindicatos han cumplido hasta cierto punto estas funciones.

Estos rasgos de la democracia estadouniden.se ayudan a explicar el desusado papel desempeñado por las iglesias, las únicas instituciones estables y con continuidad que no están del todo bajo el control de mundo de los negocios. La organización de la oposición popular a la carrera armamentista, al terrorismo estadounidense en América Central, etcétera, tiende a tener su base en las iglesias, por la simple razón de que existen. No hay ningún partido con base en el mundo laboral que pueda proporcionar una estructura institucional estable, ni edificios públicos para reuniones, ni periódicos, ni activistas, etcétera, para esos empeños.

RECURSOS LIMITADOS

Un rasgo muy positivo de la democracia estadounidense es que el Estado tiene, comparativamente con otros países, recursos limitados de represión interna, de manera que esa influencia extrapolítica sobre el sistema político puede tener en ocasiones consecuencias importantes.Hay pocas dudas de que, por ejemplo, la resistencia popular haya obligado al Estado a recurrir a medios indirectos para llevar a cabo sus programas de terrorismo y subversión en América Central, en lugar de enviar directamente fuerzas militares para lograr sus fines.

Los acontecimientos de las últimas semanas ponen de manifiesto de qué modo la resistencia popular puede afectar indirectamente a la planificación. Para limitar dicha resistencia, la administración Reagan ideó un sistema de medios encubiertos para mantener al ejército mercenario que ataca Nicaragua. Los contras consiguieron armas israelíes a través de una oscura red subsidiaria de la CIA y de organizaciones privadas controladas por ex-generales norteamericanos. La administración Reagan se hizo cargo de la Liga Anticomunista mundial, una organización de nazis, miembros de escuadrones de la muerte, torturadores y asesinos de todo el mundo. La Liga se convirtió en un instrumento eficaz de terrorismo internacional desde Mozambique a Nicaragua. Los beneficios de la venta de armas de Estados Unidos a Irán fueron desviados hacia la contra nicaragüense, con la cooperación de Israel y Arabia Saudí. De este modo, Estados Unidos construyó una red de terrorismo internacional de una sofisticación impresionante. Pero ha resultado imposible mantener el secreto, lo que ha producido grave sonrojo a los mandos terroristas de Washington, que ahora pretenden no haber sabido nada de los programas que ellos mismos organizaron.

La conexión iraní Ilustra la visión global de los mandos terroristas. Desde principio de los 80, Estados Unidos ha autorizado la venta de armas a Irán a través de Israel en un esfuerzo por localizar a los llamados "moderados"; es decir, oficiales iraníes que fueran suficientemente "decididos, crueles, fríos" para llevar a cabo un golpe militar sangriento, según explicaron altos cargos israelíes hace años. El patrón es el mismo seguido con éxito en Indonesia a principio de los años 60 y en el Chile de Allende. La idea de vincular estos esfuerzos con la guerra ilegal contra Nicaragua fue una ocurrencia tardía y poco inspirada.

Estados Unidos es un país insólito en el muy alto grado de conciencia de clase y planificación entre los propietarios y gestores de la economía, y el correspondiente bajo grado de conciencia de clase y organización de cualquier otra parte. El surgimiento y el auge de la enorme industria de las relaciones públicas (PR), destinada a controlar lo que se denomina "la opinión pública", constituye una manifestación de este fenómeno. Durante mucho tiempo se ha pensado que cuando el Estado tiene sólo medios limitados para controlar al público por la fuerza, es neces-ario marginalizar a éste y controlar las mentes. Es preciso acometer lo que los elementos de la elite de-nominan "la ingeniería del consenso democrático". El problema se hace grave cuando algunos segmentos del normalmente poco importante público comienzan a organizarse para entrar en la palestra política, creando lo que los grupos de la elite llaman una "crisis de la democracia", lo cual ha de ser superado haciendo volver a la población al deseado estado de apatía y obediencia, de forma que la democracia en el sentido orwelliano -un sistema de decisión por la elite y ocasional ratificación por el público- pueda seguir adelante sin ninguna intromisión de la población.

Durante la I Guerra Mundial y después de ella, la Administración progresista de Wilson, con el pretexto de una amenaza bolchevique, lanzó su "alarma roja", que tuvo un éxito muy efectivo en la disuasión de la amenaza que constituía la democracia (en el sentido auténtico) mientras reforzaba la democracia (en el sentido técnico orwelliano). La dura represión socavó el movimiento laborista y la política disidente, y reforzó el poder corporativo. El surgimiento de la industria de las relaciones públicas y la policía política nacional (el FBI) son dos de las realizaciones institucionales duraderas de ese período. Fue también en ese período cuando los teóricos democráticos liberales, tales como el influyente periodista Walter Lippinann, comenzaron a poner de relieve la importancia de "la elaboración del consenso", o de "la ingeniería del consenso", tal como fue designada por la principal figura de la industria de las relaciones públicas, Edward Bemays.

La guerra de Vietnam y la agitación popular de los años sesenta evocaron de nuevo una "crisis de la democracia", conduciendo a una niovilización similar de los grupos de la elite -mundo de los negocios, profesionales acomodados, y la mayoría de la comunidad de los intelectuales-, que se sintieron asustados y preocupados por la amenaza de la democracia auténtica y por la notable mejoría del clima moral e intelectual. Su resultado es el actual giro a la derecha. Este giro constituye una respuesta de las elites privilegiadas a los graves problemas reales. En primer lugar, la guerra de Vietnam debilitó la economía de Estados Unidos frente a la de sus rivales industriales, en particular Alemania y Japón. Estos países habían sido designados en los primeros años de la posguerra corno los líderes naturales" de sus respectivas regiones, pero dentro de la estructura general de poder dirigida por Estados Unidos, estructura que ahora se está viendo amenazada. Además de las respuestas en el escenario internacional, fue también necesario dar los pasos adecuados para restaurar la rentabilidad y el poder de los negocios en general, como se contempla en los programas de Reagan, iniciados realmente bajo el mandato de la Administración Carter.

PROBLEMAS DE DISCIPLINA

En segundo lugar, surgieron graves problemas de disciplina. Algunas partes del Tercer Mundo amenazaban con escapar al control, con el desmembramiento del imperio portugués, el surgimiento de las organizaciones populares en América Central, etcétera. Todo eso requería una intervención, la que a su vez requería un consenso interno de carácter jirrigoísta. El problema de la disciplina surgió también en el escenario nacional para hacer frente a la creciente politización de la sociedad estadounidense -la "crisis de la democracia"-Para superar este problema, las elites recurrieron naturalmente a los medios clásicos de control social: infundir el temor de que los grandes enemigos pueden destruirnos.Aunque la población se oponga a los programas promovidos por las elites, la gente los aceptará por miedo a perder la vida. Es necesario, pues, convencer al público de que su misma existencia está amenazada por enemigos poderosos, el mayor de ellos, el imperio del mal. Pero la confrontación con el propio imperio del mal es demasiado peligrosa. En su lugar, tenemos que batirnos con aquellos designados como agentes de dicho imperio, enemigos débiles y sin defensas que pueden ser atacados a discreción, sin preocuparnos por el coste que para nosotros pueda suponer. Sería duro convencer a los estadounidenses de que Granada, Nicaragua, los campesinos de El Salvador, Libla o la OLP constituyan una amenaza para sus existencias, pero si son agentes del imperio del mal, extendiendo sus tentáculos para rodearnos y destruirnos, entonces la amenaza se convierte en algo más creíble y la población puede ser movilizada para aceptar programas impopulares como una desgraciada necesidad para salvarla.

Lo que observamos en el proceso no sucede sólo en Estados Unidos, aunque aquí toma formas particulares como resultado de sus peculiares contingencias históricas y sociales. Es también algo repleto de peligros no sólo para la sociedad nacional y las víctimas directas del poder estadounidense, sino asimismo para buena parte del mundo, cómo lo demuestra con gran claridad el intenso empeño de EE UU en mantener la carrera de armamentos. Dada la escala del poder estadounidense, la situación de la democracia política en Estados Unidos tiene que ser un problema que preocupe a todo el mundo.

Traductora: Carmen Ruiz de Elvira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de noviembre de 1986