Una fiesta parateatral
No creo que desvelar el secreto de La Cubana perjudique su espectáculo, sino, más bien, al contrario. Los que pudieran sentir el humano temor de ver a esta compañía popular y callejera interpretar realmente La tempestad, de Shakespeare, en la traducción -tan admirada, por -cierto- de José María Valverde pueden estar tranquilos. Los que pasa es otra cosa. Poco después de la primera escena, y aparecido el travieso, divertido y servicial Ariel, se apagan las luces y se anuncia que la ciudad está bajo una gota fría, que el teatro se ha quedado aislado y que hay que iniciar una operación de supervivencia.Es entonces cuando actores, fingidos empleados del teatro y de la Cruz Roja dan sus cómicas instrucciones para aprender a nadar, reparten impermeables, píldoras de avituallamiento, conducen a las masas de un lado a otro del teatro, hacia supuestas enfermerías; tómbolas para los supervivientes, centros de relajación y de descanso, hasta un confesionario; les llevan al vestíbulo y allí se ve que, en efecto, en la calle, frente al teatro, cae un verdadero diluvio, perfectamente montado... Son sus propios movimientos, sus respuestas a las cómicas provocaciones, los que parecen hacer felices a los espectadores: verse unos a otros ridiculizados por el impermeable o haciendo ejercicios natatorios o pequeñas danzas parece, para muchos, el colmo de la felicidad.
La tempestad
De Jordi Milán, J. Perea, Victoria Plana. Intérpretes: Compañía La Cubana de Sitges. Dirección: Jordi Milá. Sala Olimpia, Madrid. Día 10.
Dóciles masas
No hay demasiado ingenio en todo ello, pero sí hay un dominio de la técnica que quieren emplear y del movimiento de las dóciles y regocijadas masas, que se prestan al modesto happening popular.
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