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Crítica:TEATRO

Una obra escondida

En torno a Lope de Aguirre se han producido novelas, películas, cantatas, teatro... Un personaje, una. aventura, un acontecimiento tienen siempre el valor extrahistórico de la interpretación, de la obtención de una riqueza de sugerencias para la libertad de creador. Ignacio Amestoy ha tomado un fragmento final de la vida de Lope de Aguirre: cuando mata a su hija, doña Elvira, y muere él mismo a mano de los soldados realistas (en la realidad fue capturado y ejecutado), para hacer su reflexión sobre la sociedad actual. Aparentemente, y por los textos adjuntos a la representación, Lope de Aguirre representa la utopía del mañana; doña Elvira, la del presente, y el debate "apunta a la realidad actual de Euskadi".Nada de ello es observable en esta representación: habrá que esperar otra mejor. La Lonja de las Terneras es una estufa insufrible que anula toda capacidad que no sea la de tratar de respirar; se ha convertido en un espacio escénico en forma de gran rectángulo central rodeado de unas graderías de gallinero, duras de asiento y temblorosas, retumbantes ante cada golpe en el portón, que es la única entrada y salida de los actores y de los espectadores; y las condiciones acústicas son tales que cuando los actores gritan su voz se rompe y cuando hablan a tono medio son inaudibles.

Doña Elvira, imaginate Euskadi

De Ignacio Amestoy. Intérpretes: Luis Bláquez, Eguzki Zubia, Adolfo Fernández, Iñaki Irisarri, Paco Obregón, Alfonso Torregrosa, Rosa Martínez, Javier Alday, Alberto Lebrancon, Mikel Gómez de Segura. Escenografía y vestuario: José Ibarrola. Música: Juan Carlos Irizar. Dirección: Antonio Malonda. Estreno, Lonja de las Terneras (Los Veranos de la Villa), 28 de julio.

Escenas inteligibles

Algunas de las escenas que tienen la clave de la obra no se entienden. No es ocasión de culpar a los actores, que están forzados por el espacio, que no ampara sus voces, ni a la dirección de Antonio Malonda; ésta, como la construcción de la obra, parece abigarrada y tremendista, con la fuerza posible del antiguo teatro de situaciones límite.Pero no parece justo ir más allá; las condiciones del estreno dominan al hecho teatral en sí, esconden la obra -buena o mala- y prácticamente lo anulan. Habrá, sin duda, otra ocasión más favorable para considerar este trabajo, al que el patrocinio del Gobierno vasco, del Centro Nacional de Nuevas Tendencias, del Ministerio de Cultura y del Ayuntamiento de Madrid, que lo incluye en Los Veranos de la Villa (aunque sea en esta situación deplorable), bendicen con sus ayudas, que sin duda estarán justificadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de julio de 1986

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