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Crítica:'POP'

Danza Invisible, con aliento

Danza Invisible no llenó la sala Universal quizá porque estos tiempos futboleros perjudiquen la celebración de conciertos, coincida o no la hora de los partidos, o porque sus seguidores podían optar por un segundo día de actuación. Estos malagueños, profetas venerados en su tierra, no han rematado aún el éxito repentino de sus comienzos. Han aguantado ,aprendido en ensayos, grabaciones y actuaciones y han calmado sus ímpetus más jóvenes.Han desarrollado la variedad endulzada del rock británico de finales de los setenta, que se contaminó de ritmo funky y de ciertos modos de glamour. Y han progresado ahora hacia la posible búsqueda de sí mismos enzarzados en el difícil meollo del rock español, pleno de esperanzas y desengaños.

Danza Invisible

Javier Ojeda, voz; Chris Navas, bajo y sintetizador; Ricardo Texido, batería y coros; Manuel Rubio, guitarra eléctrica y acústica, y Antonio L. Gil, guitarra eléctrica.Sala Universal (Madrid), 13 de junio.

Así, se preocupan de ofrecer un nítido sonido de conjunto, y en vivo anduvieron fijos en sus instrumentos, celosos de no despistar sus notas en otros tonos, principalmente en las canciones nuevas. Son los temas recientes más elaborados y complicados de ejecutar, de manera que en directo se distinguen fácilmente de los antiguos, que suenan duros, rápidos y vivaces.

El grupo ya los domina y puede permitirse recuperar la espontaneidad, la fuerza inicial. De tal modo se portaron en canciones como Deprisa y el repertorio de los bises, y llegaron al ánimo de los espectadores. Antes habían deleitado preferentemente sus oídos con composiciones brillantes del último álbum, Música de contrabando: Sin aliento y Agua sin sueño.

Una canción perfecta

La primera es una canción perfecta, inspirada en el esquema mágico e infalible de los grandes éxitos de Holland, Dozier y Holland que otros también han seguido (You can't hurry love, popular pieza motown, se corresponde con Maneater, de Hall and Oates, Prime-time lover, de Stevie Wonder, o recientemente Right between the eyes, de Wax).Es una base idónea a la que Danza añade guitarras acústica rasga y eléctrica arpegiada de pop blanco distintas de aquellas más sencillas de soul negro. Y la segunda, Agua sin sueño, es una balada, también con lejanas reminiscencias negras, que discurre clara y sensual.

La voz de Javier Ojeda se torna espléndida de recursos y llenísima de melodía, y, eso sí, en la fase de coros se escucha sola e insuficiente. Le sucede igual a otros muchos grupos españoles, muy reservados a la hora de preparar arreglos vocales de acompañamiento.

La carrera de Danza Invisible ha pasado por tres firmas discográficas. Su anterior sello, Ariola, considerados poderosos, no se decidió por el apoyo al minielepé Maratón, de seis canciones completas y pegadizas, y en estos días la banda andaluza merece ya la recompensa a su empeño en corresponder con un aprendizaje serio a la inquietud briosa de sus primeros días.

Tocan bien, y amigos, como Santiago Auserón (Radio Futura), que les alentó con su voz en el último número, El club del alcohol, no les faltan a los componentes del conjunto. Sólo han de insistir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de junio de 1986