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39º FESTIVAL DE CANNES

Tarkovski fascina con 'Sacrificatio', un relato cargado de resonancias filosóficas y míticas

ENVIADO ESPECIAL, Cannes 86 nos ha ofrecido su primera gran película: Sacrificatio, una producción sueca dirigida por el exiliado soviético Andrei Tarkovskil, el hombre de Sólaris, Andrei Roubleep o Skakker. Se trata de una obra auténticamente ambiciosa -la modestia es un valor que no figura entre los que el cineasta posee-, en la que un escritor, periodista y ex actor se ve forzado a asumir al mismo tiempo sus responsabilida des como creador y sus limitaciones ante un poder superior, de orden divino.

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Tarkovski, fiel a su trayectoria, plantea un relato cargado de resonancias filosóficas y místicas. La acción transcurre el día del aniversario del protagonista -Erland Joseplison-, momento en que estalla lo que se diría una guerra o catástrofe nuclear -no queda muy claro, pero sí que la dimensión del desastre es planetaria y que el Sol no ha de volver a brillar en muchos años-, de la que sólo es posible salvarse a partir de un acto de fe y de amor.Chejov, Buñuel, Bergman y Dreyer -hay en la fábula de Sacrificatio una ficción estructurada en tomo al milagro y la fe que recuerda mucho a Ordet, cita que se hace explícita al final- se funden en la reflexión estético-religiosa de Tarkovski,contada a través de largos planos secuencia de gran fuerza pictórica, de un meticuloso juego con el color -una gran parte del filme reduce la gama casi al blanco y negro- y de pequeñas escapadas hacia el onirismo -aquí la tierra es siempre una superficie resbaladiza, encharcada, en fase de putrefacción, en la que se disuelven los objetos de una civilización que se da por acabada-, el conjunto es de los que entusiasman o se detestan, precisamente por lo que hay en él de excesivo, de firma constante de un autor que quiere serlo, que ama el cine porque lo siente como una forma de expresión muy personal vehículo para crear mundos, en el que plasmar su singularidad. Hay una frase, creo que de Schlegel que define bien la apuesta de Tarkovski y Sacrificatio: "En lo sublime hay un terror que aún somos capaces de soportar".

En el caso de Lelouch no hay terror ni sublimidad de ningún tipo Su Un homme et una Jemme: vingt ans deja no es un remake de Un hombre y una mujer, sino su continuación 20 años después, un reencuentro entre personajes, actores y director para concluir (?) un romance que tuvo el final provisional de un largo abrazo junto a un tren, con mucha música, y una cámara en mano que no cesaba de dar vueltas alrededor de los amantes.

Entonces los héroes del filme eran una script-girl y un joven corredor de rallies, ahora son una productora de grandes películas y el director deportivo de una marca de: automóviles. Vamos, que han prosperado, que han subido en el escalafón social, cosa que no debe extrañarnos en alguien como Lelouch, que ve la vida como una carrera y valora esos triunfos como lo más importante. En este sentido, no deja de sorprender que sea tan claro: prefiere una productora a una directora y, además, reivindica el papel creador de esa figura Ella decide la historia, el reparto, el director, los cortes que hay que hacer o los posibles cambios de guión. Y todo desde fuera, desde una perspectiva muy general. En el fondo es un elogio de la superficialidad, una defensa de sus propias películas. Un homme et une Jemme: vingt ans deja tiene un arranque magnífico, siempre dentro de su estilo publicitario. Y durante una hora suceden muchas cosas, Lelouch se muestra muy inventivo y brillante, asi tanto como trivial, pero luego pierde el sentido del ridículo y se adentra en el desierto, guiado por el fallecido Thierry Sabine. Como Trintignant y su joven amante, el filme se atora en la arena y degenera en fotonovela. Es una lástima, porque ya nunca vuelve a recobrar el ritmo y entusiasmo del principio y conserva todos los defectos. como nota al margen, vale la pena señalar que gracias a la película descubrimos que a Lelouch lo que de verdad le hubiera gustado es filmar Los paraguas de Cherburgo, ya que intenta rehacer su filme viejo de 20 años -el cine envejece mal y deprisa- en clave de musical.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de mayo de 1986