Crítica:TEATROCrítica
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De la ironía a la fiesta

Los virtuosos de Fontainebleau comienza con una leve ironía, y termina en una zarabanda bufa de superrealismo ibérico. Se remeda en la obra un acto cultural: la Generalitat se ha traído un grupo de músicos de cámara franceses para irnos incorporando a Europa, y la pequeña torpeza del funcionario que lo presenta y la pedantería de los músicos abren la caricatura. Casi sin exagerar algunos rasgos bastante reales. Poco a poco la situación bufa se va acentuando; quizá demasiado poco a poco, con una gradación lenta y algo repetitiva que deja un pequeño bache hacia el centro del espectáculo.Albert Boadella, autor-director, se recrea en su excelente capacidad de observación humorística de ciertos rasgos humanos, y tiene una cultura de vida y de psicología que le lleva a grandes aciertos: de lenguaje, de captación de tonos fonéticos, de gestos característicos. Asoma en el escenario esta caricatura de una cierta Francia pequeñoburguesa culturaloide, intelectualoide. En toda esta parte, la literatura de Boadella raya en la perfección escénica por la calidad del sonido, la ironía sobre la música misma, la media seriedad sobre la representación del concierto.

Los virtuosos de Fontainebleau

Els Joglars. Intérpretes: Jesús Agelet, Pep Annengol, Gilbert Bosch, Jaume Collell, Ramón Fontseré, Santi Ibáñez, Maribel Rocatti, Clara del Ruste, Xevi Vilar. Dirección: Albert Boadella. VI Festival Internacional de Madrid. Centro Cultural de la Villa, 1 de marzo.

El despegue se hace sobre algunos números: el fastidio paternalista de los músicos sobre la supuesta incapacidad del público español, su explicación sobre la música primitiva y la culta, la intervención cada vez más torpe y apurada del delegado autonómico, la relación con la cultura gastronómica, la aparición de un personaje popular, los perritos... Lo literario tiene cada vez más fuerza teatral o espectacular; la ironía se hace bufa, la parodia se desorbita. Estalla. Surge el sexo, el pasodoble, la furia: los músicos franceses se van haciendo celtíberos. A través de la ironía acerca de estos pequeños burgueses contemplando a España está esa misma contemplación de Boadella.

No sé, francamente, si hay un editorialismo de autor o una toma de posición sobre el europeísmo español, sobre las preferencias de ser europeos cultos o no, aunque en ningún caso la representación deja indiferente, y representada aquí deja libre una sana autocrítica. Es decir, cumple una de las grandes y cada vez más olvidadas funciones del teatro, sea cual sea su género. Sé que hay una parte de Francia que es así, como hay una parte, de España, y una idea de Europa que tratamos de asumir de una forma caricaturesca, y que todo esto juega con un -esplendor teatral que Boadella domina hasta -en sus momentos más bajos. Y éste es uno de los más altos, aunque aparezca como desprovisto de trascendencia.

La media hora final, el pin-pan-pun, el superrealismo celtibérico donde las figuras de Napoleón, la Virgen del Pilar, un guardia civil con mantilla, Dalí, Lorca, el rey Luis, el Tambor del Bruch y Jordi Pujol se mezclan en una fantástica jota es de una brillantez teatral extraordinaria. Claro que en todo ello hay fragmentos de zafiedad, de escatología, de pornografía; pero todo colocado dentro de una calidad de espectáculo y como parte del sentido crítico y autocrítico de la obra. Como sucede con el, tópico, éste deliberadamente colocado y explotado, porque todo el conjunto es, precisamente, una visión del tópico.

En esta calidad hay, queda dicho, una excelente interpretación de Els Joglars, y una limpieza técnica de sonido y de luces, y una preparación intensa y extensa. Pero hay también una calidad interna, de idea y desarrollo, de condición de autor-director. Queda una vez más claro que Boadella es un gran hombre de teatro, por encima de unas circunstancias que en un tiempo han hecho de él el símbolo de la libertad de expresión, en otras el protagonista de un falso escándalo político-religioso.

El público del estreno en Madrid gozó de la fiesta teatral. Entendió lo sutil y participó del estallido de la farsa, y otorgó el clamor del éxito a Boadella y sus Joglars. [Véase la crítica del estreno publicada el 13 de diciembre de 1985 en la edición de Barcelona]

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 02 de marzo de 1986.