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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Un espacio natural cantabro, en peligro

La playa de Oyambre y su ría, que constituyen un espacio natural excepcional, con flora y fauna de interés específico y una singular belleza paisajística, están a punto de ser objeto de expolio ecológico, en nombre de los intereses turísticos y laborales de la zona. El autor explica la peripecia seguida por el proyecto, ya a punto de consumarse, de construir en una de las zonas más bellas del litoral cantábrico.

La playa de Oyambre y su ría -ría de la Rabia- son bien conocidas por los naturalistas de toda Europa y aparecen repetidamente citadas en sus trabajos como uno de los ejemplos mejor conservados de dunas atlánticas, con su ecosistema casi intacto. Este escenario natural, con flora y fauna específicas llenas de interés, está situado entre las villas de San Vicente de la Barquera y Comillas, en la costa occidental de Cantabria. Oyambre y su ría forman parte de una extensa área de influencia marítima dentro de la reserva nacional de Saja, que junto a las de Covadonga y Mampodre, compone la gran trilogía de espacios naturales del norte peninsular.

Pero es en la propia belleza de la zona donde reside precisamente su fragilidad. El diálogo que mar y tierra mantienen aquí desde hace milenios ha grabado con delicadeza los límites máximo y mínimo de sus voces -temporal, riada, calma o viento del Sur-, hasta dar forma a lo que hoy es un regalo estético inestimable y principio de toda la cadena biológica que hace posible la fauna piscícola del litoral, entre otras riquezas tangibles. Y es una de esas riquezas -su potencial turístico- lo que constituye el talón de Aquiles que hoy amenaza con iniciar un proceso de degradación ante el que toda esta joya natural se encuentra inerme, gracias a la misteriosa derogación del único plan de protección que, en su día, controlaba aquí la pasión humana por el dinero. Esa pasión que conduce, con frecuencia suicida, a destrozar nuestro mejor patrimonio natural bajo el pretexto de intensificar su disfrute.

Con la evidencia del reciente interés que la zona ha despertado en los veraneantes durante los últimos años, nació (era inevitable) otro tipo de interés menos sano: la especulación. Merced a ese interés, las extensas dunas de la margen izquierda de la ría y un altozano sobre el que aún se levanta la sede de un antiguo campo de golf, construida en torno a una torre ballenera del siglo XVII, pasaron a manos de una empresa constructora: Inmobiliaria Playa de Oyambre, SA.

Primer proyecto

El primer proyecto de esta sociedad para construir un camping sobre las mismas dunas hizo poner el grito en el cielo a destacados miembros del Colegio de Arquitectos de Cantabria y a todo un equipo de científicos y profesionales, amén de desatar una corriente de opinión proteccionista entre gran número de habitantes de la zona, en su mayoría agricultores, ganaderos y pescadores. Frente a proyectos tan descabellados como éste, y a instancia del Colegio de Arquitectos de Cantabria, se comenzó a realizar un estudio de protección para toda el área; no sólo la playa de Oyambre, sino también la ría de San Vicente de la Barquera y marismas adyacentes. Mientras tanto, el proyecto de urbanización y sus promotores seguían adelante, derribando las frágiles barreras administrativas de un modo u otro, más bien de otro. En la actualidad, este proyecto contempla la edificación de 76 bungalows, servicios comunitarios, restaurante, discoteca, viales para vehículos y un gran aparcamiento. Todo ello, sobre las frágiles dunas y con total indiferencia ante el tremendo impacto que inevitablemente se producirá en la mecánica litoral y en el paisaje mismo.

La resistencia local ante los planes urbanísticos sobre las playas y su entorno fue uno de los obstáculos que tuvieron que vencer los socios propietarios de Inmobiliaria Playa de Oyambre, SA, para lograr sus propósitos. Pero la habilidad y el poder del dinero hacen estragos en la naturaleza humana. Y ellos han sabido enfocar el proyecto como un bien que cae del cielo, cargado de ventajas socioeconómicas, expansión turística, puestos de trabajo y toda una letanía de argumentos, cuyo análisis racionaly objetivo deja al descubierto su básica fragilidad.

En primer lugar, el clima de la zona no permite más que un corto período de explotación turística estival, cuando lo permite, para instalaciones de esta naturaleza y volumen. En consecuencia, los 11 puestos de trabajo que se ofertan están condicionados por los imponderables climatológicos.

En segundo lugar, la afluencia turística en la zona se incrementará sólo eu torno a las instalaciones del camping, que será el único beneficiario de ese incremento.

Turismo estable

Como contraparilida, el principal motivo del turismo estable, quienes vienen atraídos por las condiciones de conseriación de toda el área, sufriría un grave quebranto. Es difíicil calcular cuántos dejarían de acudir sin el fundamental encanto de la belleza que aún posee este trozo de costa. Pero se sabe, estadísticamente, que el 52% del turismo en Cantabria se origina por la existencia de amplias playas libres de todo peso urbanístico y por la belleza del paisaje. El estudio de protección para la zona, coordinado por el urbanista y profesor de la universidad de Santander Eduardo Ruiz de la Riva, bajo los auspicios del Colegio de Arquitectos de Cantabria, ha contado para su realización con profesionales de solvencia internacionalmente reconocida, como Jesús Garzón Heydt, ecólogo de la UICN y actual director general del Medio Ambiente para Extremadura; Michel Hines, geólogo de la universidad de Oxford; Miguel Losada, catedrático de Puertos y director de la Escuela de Caminos de Santander; José Ortega, catedrático de Geografila de la universidad de Santander; Dolores Belmonte y Enrique Francés, biólogos y profesores de las universidades de Madrid y Santander, respectivamente; Rosa Martínez, catedrática de Ecología de la universidad de Santander, y el Grupo de Estudios para la Ampliación de la Arqueología en Cantabria. Éste es el equipo que ha elaborado un profundo estudio del área, desde perspectivas que van del análisis de la fauna hasta el de ecosistemas de estuarios, la dinámica litoral e incluso los aspectos sociales que se podrían derivar con el aprovechamiento de los recursos naturales inexplotados.

Para que nadie se llamara a engaño, copias de este estudio se remitieron a la Casa Real, Vicepresidencia del Gobierno, direcciones generales del Medio Ambiente, Acción Territorial y Urbanismo y a las más importantes sociedades nacionales e internacionales de protección al medio ambiente: WWF, UICN, Adena, Consejo de Europa y también a todos los partidos con representación parlamentaria, Gobierno regional cántabro y ayuntamientos implicados.

De todo este largo, costoso y desinteresado trabajo, el único efecto positivo hasta la fecha ha venido, cómo no, de fuera. La Conservation Foundation, presidida por el duque de Edimburgo, y en colaboración con la Fundación Ford, ha concedido al proyecto su Premio Anual para Estudios de Protección Ambiental. Una vez más, fuera de España reconocen lo que dentro despreciamos.

Como si fuera una respuesta preparada de antemano, a los pocos días de ser concedido este importante premio, el Ayuntamiento de Valdáliga, a cuyo municipio pertenece la playa de Oyambre, concedió la licencia que abría las puertas de sus dunas a las excavadoras. Al alcalde de Valdáliga hay que reconocerle el mérito de haber resistido todo lo posible hasta que, abandonado y sin el apoyo de la Diputación Regional ni de Obras Públicas, no ha tenido más remedio que ceder.

Con la concesión de la última licencia para el inicio de las obras se produjo una reacción de estupor e incredulidad popular, seguida de una irreprimible indignación. Las declaraciones en contra se han generalizado, y su eco dentro y fuera de Cantabria, e incluso fuera de España, no se ha hecho esperar. Todos los grupos con intereses en la protección del medio ambiente se han movilizado para convocar, el próximo 17 de marzo, una gran concentración in situ, sobre las mismas dunas de Oyambre, y manifestar así la opinión que les merece el intento urbanizador y la Administración que lo consiente y aprueba por encima de todas las consideraciones civilizadas.

Gonzalo Sainz de la Maza es miembro de la Asociación para la Defensa de la Naturaleza (Adena)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de abril de 1985