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El déficit norteamericano, una bomba de relojería

La bomba de relojería de la crisis suramericana de endeudamiento sigue haciendo tic tac. Sólo en parte está desactivada, y de ninguna manera definitivamente. Pero ahora ha venido a añadirse una segunda bomba de relojería. Aunque el presidente norteamericano habla con optimismo de una "segunda revolución" que esperaría a Estados Unidos, su inaudita prosperidad económica en los últimos 24 meses, al igual que sus previsiones económicas para el futuro, se basan en gran medida en el dinero de otros. Pero, ¿por cuánto tiempo podrá seguir fluyendo el dinero de otras economías a Nueva York y Washington? ¿Qué pasa si se seca el caudal de capital extranjero que fluye a Estados Unidos, o si se invierte su dirección?Un destacado timonel de la política monetaria del mundo occidental ha hecho hace poco unas enérgicas declaraciones en contra de la política presupuestaria norteamericana y de sus déficit, en contra de los altos intereses que produce y en contra de los tipos de cambio del dólar. Paul Volcker, jefe del banco central de EE UU, habló sin ninguna contemplación diplomática ante una comisión del Congreso norteamericano: "Al seguir atrayendo hacia nosotros una parte tan grande de los ahorros mundiales impedimos la expansión económica del resto del mundo... El hecho de que estemos a punto de pasar muy rápidamente de ser un Estado acreedor a ser un Estado deudor hace sonar campanas de alarma más que suficientes... Existe el peligro de un colapso del aporte de capital extranjero que hasta ahora ha satisfecho nuestras elevadas necesidades de capital estatal y privado... Hay muchos ejemplos de que un endeudamiento demasiado grande puede acarrear graves consecuencias...".

Todo esto es acertado; como lo es también la observación de Volcker sobre la desdichada cota del tipo de cambio del dólar y sobre la imposibilidad de rebajar el sobrevalorado dólar por medio de intervenciones, es decir, ventas de dólares, de los bancos centrales al resto del mundo. Volcker es uno de los poquísimos economistas norteamericanos que no piensan únicamente en la economía interior y en las consecuencias para la política financiera del constante déficit, sino que además intentan reconocer las interrelaciones con la economía mundial. Sin embargo, para el hasta ahora ministro de finanzas, Regan, y para el presidente mismo, esto apenas cuenta. Y en la medida en que ven las relaciones económicas mundiales, son demasiado proclives a pasarlas por alto y a confiar en la gran fortaleza política de su país, a pesar de todos los riesgos externos de Estados Unidos: lo que hasta ahora ha salido bien con Japón, funcionará también frente a los demás países del mundo.

Economía mundial ignorada

Sólo por esta postura de alegre desprecio de la economía mundial se entiende que el presidente no se preocupe realmente demasiado de su enorme déficilt, sino que incluso critique por escrito a Paul Volcker y le aconseje que permita un flujo de dinero a la economía norteamericana cada vez mayor. Al mismo tiempo, la Administración Reagan infravalora la evolución del déficit en el presupuesto federal: en 1988, cuando finalice la actual Administración, el déficit será sólo de 144.000 millones de dólares, siempre que las reducciones de gastos que propone sean aceptadas de hecho por el Congreso; de no ser así, será sólo de 220.000 millones de dólares. Para estas previsiones, los responsables suponen un crecimiento medio anual de la economía americana del 4%, una suposición verdaderamente soberbia.

Rudolph Penner, director de la Oficina de Presupuesto del Congreso, afirmó muy secamente con respecto a esto que, si en lugar de un crecimiento continuo así, en los próximos años se produjera una recesión, el déficit presupuestario podría duplicarse a más de 400.000 millones de dólares por año. Si bien esta cifra tampoco parece muy probable (porque antes de que se llegase a eso, la presión de las circunstancias obligaría al Congreso a ahorrar), no es menos plausible que los dos cálculos del Gobierno.

Los políticos se dejan tentar fácilmente a medir sus déficit presupuestarios por el producto social bruto propio. Aunque, así medido, el aspecto del déficit presupuestario norteamericano y su dinámica no es en modo alguno bueno en comparación con otros países industriales, tampoco es abrumadoramente malo. En cambio, un criterio importante es la medida en que un país atrae el ahorro propio para la financiación de su déficit, por ejemplo, por medio de tipos de interés que superan la capacidad de pago de otros demandantes de capital. Si, por ejemplo, las entidades privadas de un país (incluyendo a los empresarios) no ahorrasen ni un céntimo, tampoco el Estado dispondría de un céntimo de ahorro. Si, no obstante, quisiese tomar dinero prestado, o bien tendría que hacérselo entregar por su banco emisor (que tendría que emitir dinero para este fin) o tendría que venir del extranjero. Los países cuya tasa de ahorro privado es baja tienen un menor margen para el endeudamiento que los países con una tasa de ahorro alta. Y la tasa de ahorro norteamericana es la más baja de todos los países industriales.

En Estado Unidos se ahorró en los dos últimos años del 5% al 6% de los ingresos presupuestarios privados disponibles; en Alemania Occidental, en cambio, del 11% al 12%; en Japón incluso el 18%. En otras palabras: suponiendo una demanda porcentual de capital de las empresas aproximadamente igual en las tres economías, en los dos últimos años el presupuesto alemán hubiera podido permitirse un déficit doble del presupuesto norteamericano, y el japonés incluso el triple, siempre medido por la participación del déficit en la formación total de ahorro. De hecho, el Estado japonés sólo ha necesitado escasamente el 25% de los ahorros privados en 1982, y en 1983 apenas el 22%; el porcentaje para 1984 será probablemente del mismo orden. El Estado alemán ha usado respectivamene el 40% y el 30%, con una tendencia a seguir disminuyendo en 1984.

En cambio, el Estado norteamericano ha utilizado en 1982 y 1983 alrededor del 70% de los ahorros privados, y la tendencia para 1984 y 1985 permanece igual. Con otras palabras: como el banco central mantuvo firmemente su postura cuando estaba dirigido por Volcker, para la demanda de capital de toda la industria, el comercio, la construcción de viviendas, y así sucesivamente, sobraría sólo alrededor del 30%, excesivamente poco para la prosperidad económica. Por eso había y hay que importar del extranjero capital y créditos en grandes cantidades. En el año 1984 fueron 100.000 millones de dólares, como corresponde al déficit de la balanza por cuenta corriente. Para 1985, la importación de capital apenas será menor. Así pues, el endeudamiento exterior de EE UU aumenta rápidamente.

La mayor deuda externa mundial

Ya actualmente el país más rico del mundo supera el umbral entre los activos extranjeros netos y las deudas extranjeras netas. Y en el invierno de 1985-86 EE UU será incluso el mayor deudor externo del mundo, aun por delante de Brasil. Naturalmente la economía norteamericana es incomparablemente mayor y más vital que la brasileña. Con todo, al igual que Brasil, Estados Unidos no recibirá ninguna transferencia neta de activos extranjeros, sino que, en lugar de eso, tendrán que pagar más intereses y beneficios al extranjero de los que reciben.

Normalmente, un país en esas circunstancias puede hacer transferencias netas al extranjero sólo cuando y en la medida en que logre: superávits en la balanza comercial y de servicios con el extranjero. Precisamente estos superávit le faltan hoy a Estados Unidos, al contrario que actualmente en Brasil. Los norteamericanos tendrían que conseguir enormes aumentos en las exportaciones de mercancías y servicios, tendrían que reducir las importaciones y, sobre todo, el tipo de cambio del dólar tendría que ser continuamente de un cuarto a un tercio más bajo, para abaratar las exportaciones americanas de mercancías y servicios y encarecer relativamente las importaciones japonesas y europeas, que hoy en día son artificialmente baratas por el elevado tipo de cambio del dólar.

Una evolución así del tipo de cambio del dólar se esperaba ya cuando el dólar estaba sólo a 2,60 marcos; actualmente ha sobrepasado los 3,20 marcos, y hoy ya nadie se atreve a profetizar cuánto tiempo seguirá subiendo aún o cuándo empezará a bajar.

Las razones para el elevadísimo tipo de cambio del dólar son triples:

-Por una parte, la financiación del elevado déficit presupuestario ha hecho subir los intereses del dólar. Quien invierte sus ahorros o sus beneficios no distribuidos en Estados Unidos en lugar de hacerlo en el propio país obtiene intereses reales insólitamente altos, un incentivo fuerte.

-En segundo lugar, en Estados Unidos hay una elevada demanda privada de crédito y capital. Actualmente las empresas norteamericanas obtienen buenos beneficios, pueden permitirse pagar intereses altos y, sin embargo, repartir buenos dividendos (y el consumidor norteamericano puede al menos deducir de sus impuestos los intereses por un coche o por un televisor nuevo), nuevamente un fuerte incentivo para el inversor extranjero.

-En tercer lugar, en Japón, en Europa, incluso en Suramérica, hay muchos a quienes les gusta invertir permanentemente una parte de su patrimonio en EE UU, porque se fían de la vitalidad a largo plazo de la economía norteamericana y, además, o bien valoran más la seguridad externa de Estados Unidos que la de su propio país o, por razones de inseguridad interna en el propio país, cometen evasión de capital.

En los tres casos la inversión de capitales extranjeros en Estados Unidos conduce técnicamente al mismo resultado: quien compra fondos públicos, acciones o solares norteamericanos, tiene que cambiar los yens o marcos por dólares. Surge así una elevada demanda de dólares en el mercado de divisas; pero como Volcker no acuña dinero, la oferta de dólares no aumenta proporcionalmente. Consecuencia: el tipo de cambio del dólar sube y sube. Hasta ahora las consecuencias de la política estadounidense de déficit son en parte positivas y en parte negativas para el resto del mundo.

Positivas: El déficit público norteamericano ha creado un enorme boom de la demanda de bienes. Ha favorecido tanto a la exportación japonesa y europea y, por tanto, al empleo en nuestros países, como a la economía norteamericana. Ésta ha aprovechado el boom de la demanda para insólitos logros empresariales, pero también la mano de obra ha contribuido al auge por una flexibilidad y una movilidad ¡nimaginada. El déficit presupuestario se convirtió en una locomotora. El éxito ha contribuido extraordinariamente a la confianza en sí mismos de los norteamericanos.

Negativas: En Europa, en Suramérica y en otras partes los intereses son demasiado altos; se invierte demasiado poco realmente, porque los beneficios esperados son relativamente mucho menores que las rentas por intereses; las industrias de bienes de inversión y la construcción están subocupadas, el desempleo es demasiado alto.

La distorsión de los tipos de cambio ocasionada por el dólar ha conducido a una distorsión del mercado mundial que aumenta cada año; por innumerables medidas de protección y de subvención, la mitad del mercado mundial ya se ha apartado de las reglas del GATT. Pero si el dólar cayese rápidamente, se producirían numerosos cambios enormes en el mercado internacional y, por tanto, en el empleo.

Las obligaciones por intereses de los países deudores suramericanos han aumentado más de lo que pueden obtener de los superávit comerciales; tienen que apretar mucho, mucho, el cinturón a sus propios pueblos, y los revolucionarios y dictadores potenciales están al acecho. Pero si los países deudores suramericanos no pagasen sus intereses (aliviados por renegociaciones de la deuda), no sólo se iría al diablo su propia solvencia, sino que también pondrían en peligro a sus bancos acreedores en Nueva York, Londres o Francfort.

La amenaza de colapso del inmenso Continental Illinois Bank de Chicago hizo presentir el problema: a los inversores del banco (en parte extranjeros) sólo se les pudo dar confianza de nuevo cuando el Estado norteamericano asumió la garantía plena de prácticamente todas las inversiones Pero el Estado también puede llegar demasiado tarde, y son imaginables otros desencadenantes psicológicos masivos. "Un día estallará el globo", decía hace poco un título del Financial Times en le tras gordas. Toda persona sensata debe confiar en que no se llegue a eso. Todo gobierno sensato del mundo debe contribuir a que no se llegue a eso. Porque una pérdida de confianza puede conducir a una retirada rápida de las inversiones extranjeras en Estados Unidos, financiadas casi todas a corto plazo. No sólo tendrían dificultades los bancos norteamericanos, sino que, sobre todo, el tipo de cambio del dólar bajaría rápidamente; es decir: el valor de cambio de las inversiones en dólares que aún tuviesen europeos, japoneses y árabes disminuiría muchísimo y sus saldos de capital podrían bajar dramáticamente. El daño fuera de la economía norteamericana sería probablemente incontrolable e incalculable. Probablemente sería mayor que dentro de las fronteras de EE UU. En cualquier caso, debido a la escasez de capital, en Estados Unidos posiblemente volverían a subir los tipos de interés, y podrían desencadenar una profunda recesión.

Frenar el alza del dólar

Por eso hay que frenar hoy el alza del dólar e introducir una baja lenta. Si no se quiere desencadenar una nueva inflación con la emisión de más dinero por parte de los norteamericanos, esto sólo se puede hacer disminuyendo el déficit presupuestario. Paul Volcker tenía razón cuando dijo al Congreso: "Reduzcan el déficit cuanto antes puedan y todo lo que puedan". Correcto: sólo entonces bajarán los intereses y el tipo de cambio del dólar.

Hay dos caminos para reducir el déficit: o aumentar los ingresos o disminuir los gastos (o una mezcla de ambas cosas). Si, por razones tácticas en la negociación, ahora que han empezado las conversaciones para la reducción de armamento con la Unión Soviética, el presidente y el Congreso no creen que actualmente puedan permitirse ninguna reducción decisiva del muy inflado presupuesto de defensa (de lo cual se puede tener una opinión distinta), la vía de aumentar los ingresos por impuestos es inevitable. De otra forma es inimaginable una reducción del déficit de 1985 en 50.000 millones de dólares, es decir, una cuarta parte. De cualquier forma, la hoy tan discutida reducción de 50.000 millones de dólares sólo tendría un efecto eficaz si el año que viene volviera a producirse otra reducción del déficit en una importante cuantía.

Naturalmente, una reducción del déficit debilitaría la capacidad de arrastre de la locomotora, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Una disminución de la demanda de crédito no sólo recortaría los intereses reales sobre el dólar, sino también el tipo de cambio del dólar. En ese caso se resentirían las exportaciones del resto del mundo, y la exportación norteamericana subiría.

Pero la reducción de intereses ayudaría a Suramérica a soportar sus cargas por intereses, y la vuelta a las dictaduras militares se alejaría. Al mismo tiempo, los intereses más bajos ayudarían a que en Europa hubiera actividades más orientadas a la inversión. Probablemente entonces algunos países europeos (como la República Federal de Alemania) podrían ampliar algo sus déficit presupuestarlos sin correr peligro; porque es imaginable que al principio los efectos de contracción de una reducción del déficit estadounidense influirían más de lo necesario y más de lo coyunturalmente soportable, en general y en todo el mundo.

Pero si, en vista de estos riesgos, Washington prefiriese no actuar, el mundo sufriría aun más. Cuanto más tiempo tarde el cirujano del presupuesto en recurrir al bisturí, mayor es la probabilidad de que la operación llegue demasiado tarde. Ya es bastante malo que el sistema monetario mundial de Bretton Woods haya quedado destruido en muchos países a causa de una política presupuestaria errónea; no se puede destruir mucho más, porque, en realidad, todos dependemos de todos.

Henry Kissinger dijo el otoño pasado: "Debido a nuestro gran poder económico... nuestros políticos y sus electores se figuran que Estados Unidos es relativamente independiente de la evolución de la economía mundial... Pero tenemos que superar este dilema, si queremos superar la debilidad económica del mundo, que se ha hecho crónica. Nuestra época y nuestras posibilidades exigen de Estados Unidos una orientación decidida".

Kissinger tiene razón. Los demás participantes en la conferencia cumbre de la economía mundial, que se celebrará en Bonn dentro de unas semanas, tienen que ayudar a tiempo al participante norteamericano a reconocer la bomba de relojería y a desactivarla.

© Helmut Schmidt es ex canciller de la República Federal de Alemania.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0002, 02 de marzo de 1985.

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