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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

España y Marruecos, la hora final

Ha llegado el momento -dice el autor de este trabajo- de que España ofrezca a Marruecos una negociación sobre el tema de Ceuta y Melilla. Tomando como ejemplo la negociación chino-británica sobre Hong Kong, y haciendo un repaso de la historia reciente de las relaciones hispano-marroquíes y de las posibilidades defensivas y de política internacional sobre estas dos ciudades españolas, se concluye que lo mejor para dichas relaciones, para la estabilidad mundial y para la democracia española es asegurar los intereses españoles de manera pacífica y concertada, pero no mantenerse en posiciones que algún día no lejano puedan ya ser insostenibles.

El tiempo se acaba. Tal y como está planteado el problema y sus alternativas, éstas pueden ser del diablo o de la cordura. España debe adelantarse a los acontecimientos que, inevitablemente, se producirán en el Magreb y concluir así uno de sus capítulos históricos más complejos y determinantes de su propio acontecer contemporáneo como pueblo y como Estado. Digámoslo ya claramente: España debe sorprenderse a sí misma y ofrecer negociaciones sobre Ceuta y Melilla al Gobierno marroquí.Hablar ahora, todavía a tiempo, de negociaciones no es entreguismo, sino perspectiva. El informe de Marruecos está siempre en el primer cajón, pero nunca se abre. Abrimos, en cambio, una política de manos abiertas ante el muro: presencia política en Argel y militar en Rabat. Queremos asegurarnos con todos y no tenemos a ninguno.

De que Ceuta y Melilla son tan españolas como Málaga o Huelva no hay duda posible. Pero esto no nos vale como moneda de cambio. Sin olvidar bajo ningún concepto la sensibilidad auténtica de los españoles que allí nacieron -igual que sus abuelos- y allí viven todavía, está claro que nadie quiere una guerra por el pasado, exceptuando a los ingleses, que son los únicos capaces de afrontarlas y, encima, de ganarlas.

España tiene en estos días una oportunidad histórica que no debe desaprovechar porque muy posiblemente no volverá nunca a presentarse. Ambos Gobiernos atraviesan una relativa pausa en sus graves problemas internos y no hay crispaciones recientes. Es el momento. Ofrezcamos nuestros derechos, nuestra historia, nuestros bienes y esfuerzos, nuestra generosidad y poder soberanos. Y quedémonos con mucho de ello al actuar desde la paz con fuerza, no desde la fuerza de unos acontecimientos incontrolables. Y merezcamos el respeto de las demás naciones. Porque, no nos engañemos de nuevo: si queremos mantener la bandera en Marruecos, no tendremos absolutamente a nadie detrás nuestro. Ni nuestra mítica amistad con los países árabes -que saltaría en pedazos-, ni la hermandad de los pueblos hispanoamericanos -que nos dejarían solos luego de recordarnos la historia compartida-, ni mucho menos Europa, y no digamos ya el Tercer Mundo. El clamor sería universal, y de tal magnitud que paralizaría, instantáneamente, cualquier reacción de fuerza española.

Los pueblos, que son quienes hacen posible la historia de los políticos, se merecen algo más lúcido que la simple repetición de viejos clichés desgastados por el uso. Ellos son todavía -y más aún en el Islam- los que poseen las facultades de arrancar los retratos oficiales del poder. No se olvide que negociar con Marruecos no será nunca como hacerle, con el Benelux o con Italia. En 49 horas, en un país que tiene un 38% de su población sumido en los niveles de la pobreza absoluta y con un movimiento interno islámico en franca expansión -agazapado tras el aparente control del propio Hassan II como presidente del Consejo Superior de Ulemas- pueden pasar tantas cosas corrio para romper cualquier bola de cristal.

La monarquía alauí se ha sostenido por la ayuda del petróleo del Golfo -y cuando éste empezaba a presionar para buscar salidas negociables a la guerra con el Polisario se ha buscado la peligrosa inyección del dinero libio- y el sostén formidable del paraguas norteamericano. Esto ha camblado ya. Sin victorias definitivas en el Sur, desplomados los precios mundiales de los fosfatos y con un 45% de su presupuesto invertido en gastos milítares, la deuda marroquí se ha disparado hasta alcanzar los 11.000 millones de dólares. Marruecos es hoy día un enorme polvorín social. Uno de cada tres jóvenes está en paro y sin subsidio. Esto hace cerca de 650.000 cartuchos de vida convertidos en dinamita y dedicados a la violencia o al sueño fervoroso del integrismo islámico.

Oportunidad política

Son muchos los probleimas de Hassan -su antinatural unión con Libia es muestra de ello- y lo que España tiene que hacer es negociar, simplemente, sobre la base de que existen. Cualquier cambio brusco -recuérdense los trágicos sucesos de Nador, Alhucemas y Tetuán, o la continua persecución estudiantil, sin olvidarnos del propio Ejército Real- puede hacer variar el ángulo de oportunidad política del monarca alauí. Y sus escuetas palabras de afirmación soberana sobre "esas ciudades del Norte", convertirse en una decisión drástica. No olvidemos que las tensiones más extremas han sido en el Rif, ese país montaraz y celoso de su independencia, como tan crudamente nos lo hizo ver en nuestra historia reciente. España y el Rif. Una baza sutilísima que Franco, un africano, no supo nunca descubrir. Pero Hassan II no necesita una guerra para lograr sus propósitos. Y puede también concluir brutalmente su legendaria baraka, y sus sucesores no van a llamar hermano a nuestro Rey.

El viejo león británico ha sabido dónde tenía que esconder sus garras y ha negociado decidido antes de que prescribieran sus derechos. Es el caso de Hong Kong, tan claro y tan reciente. En cuanto a la Roca y las Malvinas, sabemos perfectamente cuál es la consideración que para el Gobierno de Su Majestad representan sus legítimos dueños. El problema de fondo no está en la historia de los pueblos que reclaman sus derechos, sino en la eficacia de sus gobernantes y, en último extremo, en la constatación de un poder militar. Argentina tuvo su 98 en Puerto Stanley y tendrá que esperar. Nosotros tenemos una geografia clara como un cielo despejado -de igual modo que la tienen al otro lado del Estrecho- y una fantástica colección de sentencias internacionales o de condolencias diplomáticas. También tenemos que esperar. Pero no nos van a dejar esperar en el Magreb. Tenemos tratados y documentos para empapelar cualquiera de los palacios imperiales de la monarquía alauí. No nos van a servir de nada. De nada le sirvieron a Portugal en Goa frente a las divisiones de la Unión India y de nada nos sirvieron en el Sáhara frente a la marcha verde. Si dejamos que el conflicto nos estalle entre las manos, no tendremos que esperar: sencillamente entregaremos. La pérdida del honor en el Sáhara puede ser un tebeo de aventuras con lo que eso supondría para las instituciones militares de este país.

Se mire como se mire, si no se interviene ahora a nivel de Gobierno, si dejamos que el deterioro progresivo o el juego de la guerra nos confundan, el Ejército español tendrá que intervenir fatalmente; pero con una rigurosidad y limitaciones extremas. Sin necesidad de recurrir al mapa, la evidencia de la indefensión de nuestras posesiones en el Magreb es flagrante. Y causa estupor la creencia generalizada en una solución militar, mientras se especula con los minutos que tardaríamos en actuar con contundencia, puede que sí, pero sin lógica, y ya se encargarían las Naciones Unidas o nuestros aliados desde 1953 de desactivar nuestros misiles. Entonces habría que negociar, aturdidos y a remolque del escándalo mundial. Y si hay algo que este país no puede permitirse es un fracaso militar. España y sus Fuerzas Armadas han soportado, con una entereza y disciplina impensables hace unos años, el goteo incesante del terrorismo. Pero mientras ETA -o quien sea- no golpee a la cabeza de este Estado, toda la nación puede permitirse el escalofrío diario de una masacre semejante. Sin embargo, un nuevo y sangriento revés en África -que sería el últime- provocaría a corto plazo una convulsión de imprevisibles consecuencias para todas las instituciones del Estado. Con un ejército se puede hacer muchas cosas contrarias a su propio espíritu o tradición, pero jamás dejarle frente a la pared desnuda para elegir entre el honor o bajar la cabeza. Pedirá siempre el honor, aunque le cueste la derrota. Y luego -no se olvide nunca esto- pedirá cuentas. Y como no serán claras, levantará un acta en el que se confundirán acusados, perdedores e incompetencias. Todos pagaríamos por ello.

Garantizar el futuro

España no ha sabido hacer nunca una política africana inteligente ni siquiera bajo el burdo prisma del interés colonial de principios de siglo. Y luego, cuando toda África se levantó en un grito en la década de los cincuenta, tampoco supimos aprovechar esa circunstancia y garantizar el futuro. La independencia de Marruecos salió bien, pero muy justo -Franco perdió entonces una oportunidad única de conseguir una larga cesión de Mohammed V sobre Ceuta y Melilla, que ahora estaríamos concluyendo sin traumas-, pero la intuición no es cartera obligada de gobierno, y llegó Sidi Ifni, cuando en febrero de 1957 los poco más de 4.000 ex combatientes del ALN pusieron contra las cuerdas al obsoleto aparato militar heredado de la guerra civil. No hubo otro Anual gracias a un Ejército que no había perdido la sangre fría y a que Francia (operación conjunta EcouviIlón) nos tendía una mano con su aviación, mientras Hassan, entonces comandante en jefe de las fuerzas armadas marroquíes, no movió un solo dedo y prefirió que las molestas partidas del ALN fuesen exterminadas bajo el napalm francés o en los valientes contraataques de los paracaidistas y legionarios españoles.

En 1975 y en el Sáhara, la situación se repite con notorias variantes. Todavía me parece ver la precipitada requisa de documentos y legajos de nuestros fondos bíbliotecarios -de los que fui testigo directo- para recabar argumentos. Una imponente montaña de papeleo oficial e histórico aplastó los despachos del palacio de Santa Cruz. El dictamen del Tribunal de La Haya no sirvió de mucho ante la Casa Blanca, que cortó elegantemente la hierba bajo nuestros pies mientras el viejo general, enfermo y solo, se enfrentaba a su destino. La vergonzante retirada -un error histórico monumental al no haber anticipado antes el fantasma del POUMS o entendido la propia validez del Polisario y amparar así un Estado saharaui, con lo que eso supondría para Canarias y para la espalda de Marruecos- se produce, y es una espina aún viva que el Ejército no ha olvidado y que afectaría directísimamente a la posición militar a tomar sobre Ceuta y Melilla. Sin embargo, si hubiérarnos ido a la guerra hubiese sido lavictoria -el Ejército marroquí era muy distinto del de hoy-, pero hubiéramos perdido la batalla internacional de la política. Y entregado todo, incluso las viejas plazas del Norte.

Ceuta y Melilla son dos aspirantes a la cordura o al sacrificio colectivo. Campos atrincherados de espaldas al mar, su destino no estaría muy lejos de Dien-Bien-Fu. Su única solución táctica es una huida hacia adelante, y eso significa una guerra en toda regia. En absoluto necesaria. Unanueva marcha verde, acabaría con todos nuestros planes Rallesta y los refuerzos seguros que llegarían. ¿Qué refuerzo para la inteligencia haría falta para mandar abrir fuego sobre una marea humana precedida por los yiu-yiu de las mujeres cantando? A la espaldad de los uniformes están sus casas y familias. Y después, el mar. Inevitablemente se oiría la voz de ifuego! En el segundo siguiente lo habríamos perdido todo.

Hagamos una excepción a nuestra historia africana. En unas negociaciones, sin presiones límite, podemos conseguir un período de transición de 10 o 15 años por ejemplo. Incluso más. Olvidémonos de arengas encendidas y de "garantías ciertas a la población". Honor, siempre. Pero desde la sabiduría y la audacia, aunque parezcan antagónicas. Cela ha dicho que España no sería igual sin Ceuta y Melilla. Evidentemente. Como al final dejarán de ser españolas -entendiendo por esto el mando efectivo en ellas-, la diferencia fundamental estriba en que podamos verlo con o sin dolor. Admitida queda la nostalgia y hasta la pérdida de bienes materiales. Pero aún podemos llevarnos también las banderas con el mástil, sin arriar, libres al viento, incluso con el cepellón de tierra o cemento como hicimos en el Sáhara. Las banderas de España siempre estarán en Marruecos, como lo están en San Juan de Puerto Rico o en Baler. Ya no son nada, pero nos queda su historia. Y ésa nadie puede quitárnosla.

Juan Pando es investigador y especialista en temas militares.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de noviembre de 1984