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Tribuna:

¿Qué quiere decir ser de izquierdas?

La izquierda es hoy sólo una posición moral, y no una posición moral y a la vez política. Ante la imposibilidad de cambiar el mundo, lo que queda de la izquierda en el mundo -a un lado y a otro de la escisión entre Este y Oeste- sigue existiendo en la medida en que todavía actúa como si fuera posible cambiar el mundo, pero con total conciencia de la infructuosidad de sus esfuerzos. Esta posición moral se traduce en la ausencia de una imaginación positiva que permita construir alternativas políticas y en la negatividad de los planteamientos izquierdistas. Así ve Agnes Heller, la autora de este artículo, la situación actual de la izquierda en el mundo, metida en un túnel en el que no alumbra todavía la luz de una salida esperanzada.

Resulta dificil encontrar un común denominador para la izquierda de las sociedades del Oeste y del Este de Europa. Para hacerlo, de una forma razonable, hay que limitar el debate a los partidos, los grupos y los movimientos sociales del Oeste y del Este que tienen algo en común en cuanto a sus objetivos, normas, ideas y cosas así. Puesto que, sin duda, la máxima actividad en las sociedades del Este de Europa (modelo soviético) es la lucha por los derechos civiles, las libertades democráticas y la libertad personal, los grupos de oposición orientales sólo pueden compararse con el tipo de izquierda occidental que aboga por la defensa de esos derechos y libertades. Ningún miembro de ningún movimiento de oposición de la Europa del Este aceptaría que le metieran en un mismo grupo con los partidos occidentales que, de forma abierta o encubierta, dan su apoyo a los sistemas y Gobiernos totalitarios contra los que luchan. Y viceversa, ningún miembro de ningún partido, movimiento o grupo de izquierda de la Europa occidental aceptaría que le metieran en un mismo grupo con las fuerzas de la oposición de la Europa del Este que consideran el capitalismo como la cumbre del progreso histórico o que consideran ejemplares a los Gobiernos occidentales más conservadores. Consecuentemente, en este artículo, tendré únicamente en cuenta a los diferentes tipos y contingentes de la izquierda occidental que no albergan ilusión alguna sobre el carácter socialista, si bien "degenerado", de las sociedades soviéticas, que sienten al menos una solidaridad nominal con la oposición democrática de los países de la Europa del Este. De manera similar, sólo tendré en cuenta al tipo de oposición de la' Europa Oriental que está dispuesto y es capaz de comprender a Occidente desde el punto de vista de la izquierda occidental democrática y que no sólo rechaza el conservadurismo de Occidente, sino asimismo dentro de sus propias filas.Hechas estas salvedades, deja de resultar dificil encontrar algunos rasgos comunes, como, por ejemplo, el apoyo a los movimientos de ciudadanos, incluyendo su participación en ellos, la crítica de la dominación política y de la explotación económica, y cosas así. No obstante, la situación en la que operan la izquierda del Este y la del Oeste, respectivamente, son de un tipo tan radicalmente diferente (si nos referimos a los países occidentales con una Constitución liberal), que, incluso, objetivos y preocupaciones comunes deben perseguirse de manera diferente.

La izquierda de la Europa del Este opera dentro del marco de una dictadura política en la que el pluralismo está proscrito, y no tiene canales legales de lucha y expresión. Hubo tan sólo un período muy corto, en Polonia, entre 1980 y 198 1, entre la legalización de Sofidaridad y la introducción de la ley marcial, en que la izquierda tuvo medios y canales legales y públicos en los que autoorganizarse y debatir sus objetivos. Aparte de eso, la oposición de la Europa del Este habita entre los nichos de la sociedad, difunde sus ideas por medio de samizdat (es decir, ilegalmente) y por medio de canales personales y no oficiales, arriesgándose a sufrir graves penas por ello, entre otras una larga c:ondena de cárcel o el exilio a la Urión Soviética o a algún país de Europa del Este. Los esfuerzos, especialmente en la Unión Soviét,ca, son heroicos: el trabajo tiene que estar continuamente empezando de nuevo, y la posibilidad de difundir las ideas de la oposición está extremadamente limitada. Los movimientos sociales resultan especialmente castigados. Se les elimina por fuerza bruta, y no hay que pensar solamente en Polonia. La famosa huelga de los obreros de la ciudad rusa de Novocherkassk de 1962 fue sofocada por salvas del Ejército (a cargo de unidades del Ejército, la mayoría de las cuales no hablaban ruso, siguiendo la tradición del imperio), los dirigentes fueron ejecutados y los huelguistas encarcelados o deportados a cientos.

Escenas semejantes son bien conocidas en España debido a su pasado bajo el Gobierno de Franco. Pero la izquierda española tiene que entender que la izquierda de la Europa del Este opera en una situación que es parecida, y en muchos casos peor a la suya con Franco, y es bajo todo punto diferente de la situación surgida a la muerte de Franco y que ha llevado finalmente a la elección de un Gobierno- socialista.

En una palabra, podrían denominarse "la crisis de la izquierda". Los signos y los síntomas de esta crisis son diversos, pero todo, ellos surgen de una única fuente: la pérdida de la fe en el futuro, y de forma específica, en el resultado positivo de la contestación social en el futuro previsible. Tanto en el Este como en Occidente, las esperanzas de la izquierda se han visto gravemente frustradas. La historia contemporánea aparece como una especie de destino o necesidad que no permite un cambio radical, ni siquiera modificaciones sustanciales. El mundo actual cae como una losa sobre los hombros de sus ciudadanos más activos. Y el famoso "reconocimiento de la necesidad", que se consideraba un medio de acción redentora según el antiguo punto de vista hegeliano-marxista, sólo puede llevar a la aceptación de esta necesidad, al fatalismo. En este ambiente, seguir militando en la izquierda parece ser más bien una actitud moral, no moral y política, o, para decirlo con mayor precisión, las dos actitudes se poder de las grandes empresas, poner en tela de juicio todo tipo de injusticia social, reducir el poder de las burocracias y de los cuerpos gremiales, etcétera. La izquierda del Este se plantea objetivos parecidos, al menos a largo plazo, pero sin conseguir ciertos derechos formales no pueden ni siquiera consagrarse a su logro.

Los síntomas de la crisis

Una vez dicho esto, quisiera pasar al debate de ciertos fenómenos comunes y paralelos que se dan en el desarrollo de la izquierda en el Este y en Occidente. En una palabra, podrían denominarse "la crisis de la izquierda". Los signos y los síntomas de esta crisis son diversos, pero todos ellos surgen de una única fuente: la pérdida de la fe en el futuro, y de forma específica, en el resultado positivo de la contestación social en el futuro previsible. Tanto en el Este como en Occidente, las esperanzas de la izquierda se han visto gravemente frustradas. La historia contemporánea aparece como una especie de destino o necesidad que no permite un cambio radical, ni siquiera modificaciones sustanciales. El mundo actual cae como una losa sobre los hombros de sus ciudadanos más activos. Y el famoso "reconocimiento de la necesidad", que se consideraba un medio de acción redentora según el antiguo punto de vista hegeliano-marxista, sólo puede llevar a la aceptación de esta necesidad, al fatalismo. En este ambiente, seguir militando en la izquierda parece ser más bien una actitud moral, no moral y política, o, para decirlo con mayor precisión, las dos actitudes se funden. La izquierda actúa como ,,si se pudiera cambiar algo, al tiempo que se da cuenta de que, en realidad, apenas puede cambiarse nada. Sólo la actitud se ha mantenido viva.

¿Cuál es la prehistoria de esta crisis (o confusión) que se da tanto en el Este como en Occidente? El relato de esta prehistoria no puede ser más que un tosco bosquejo, puesto que los diferentes acontecimientos y años de esperanzas no han estado sincronizados. En Occidente, a veces se dio al mismo tiempo la victoria electoral y la derrota de partidos socialistas; los intentos, en algún país occidental, de crear un sistema de seguridad social se han dado a veces contemporáneamente con las crisis del sistema de seguridad social de otro país. La misma falta de sincronización y la subsiguiente parálisis se pueden contemplar en la Europa del Este.

El último período de grandes esperanzas en el mundo europeo oriental se inició con la muerte de Stalin y terminó con la derrota de la revolución húngara de 1956. es el período al que nos solemos referir como jruschovismo. Si bie en Jruschov siguió aún ocho más en el poder, fueron años speranzas derrotadas y en disminución. Con la sabiduría nos da el tiempo, se podría - que la fe invertida en la rea desde arriba de las sociedades totalitarias tenía cimientos de arena, pero el punto capital de la cuestión es que casi toda la izquierda del Este compartía esta fe y actuó de tal fe. La revolución húngara de 1956, este gran intento de crear una sociedad socialista democrática, fue, por un lado, la conclusión final de esta fe, y por otro, el primer acontecimiento el que tal fe se vio anulada y frustrada de forma definitiva. El proyecto de reforma interna fue posteriormente revivido en Checoslovaquia en 1968 (esta vez sin tipo de sincronización con otros intentos parecidos), y cuando fue aplastado por la fuerza dejó paso a un corto período de desesperación que sólo desapareció al aparecer nuevas formas de contestación. Estos intentos no iban dirigidos ni a una revolución ni a una reforma interna, sino a la creación de un espacio público, en forma de grupos de debates Ilegales y a la difusión de publicaciones ilegales. El acuerdo de Helsinki entre las superpotencias parecía ser una señal prometedora para estos grupos, así como para el sector más amplio de la población. Estos grupos de debate y estas publicaciones, junto con un fuerte incremento del activismo, de la clase trabajadora, llevó a una victoria temporal en Polonia, que dio como resultado un gran resurgir de las esperanzas. Esta esperanza se vio de nuevo frustrada por el golpe de Jaruselski, dirigido por la Unión Soviética. Como resultado de esta derrota y de¡ prácticamente total abandono de los acuerdos de Helsinki, las publicaciones samizdat y los grupos de debate fueron aplastados en prácticamente todos los rincones de las sociedades soviéticas; en esta situación se encuentra ahora mismo la izquierda del Este.

Objetivos negativos

Un resultado inmediato de esta situación, sin esperanza, fue el marginamiento de los grupos opositores de izquierda. La mayoría de la oposición, de manera especial en la Unión Soviética, representa el reverso de todo lo oficial: son conservadores, y en muchos casos fundamentalistas. Además, los objetivos sociales y políticos positivos, tras los acontecimientos de Polonia, han sido reemplazados por objetivos negativos (o sencillamente, como en el caso de Hungría y Alemania del Este, por intentos de cooperar, de una forma limitada, con los Gobiernos).

Los objetivos negativos suponen, en primer lugar, la resolución de no abandonar la esperanza, de no hacer pactos, al menos no muchos; en segundo lugar, el surgimiento de ciertos grupos que han alargado sus manos a los movimientos pacifistas occidentales. Representan objetivos negativos en el sentido de que se mantienen alejados de cualquier sugerencia de cambios sociales o políticos. En este sentido, la izquierda del Este se encuentra no únicamente en un callejón sin salida, sino, además, en una crisis explícita.

En el mundo occidental, el resurgir de la esperanza comenzó a mediados de la década de los sesenta y duró hasta la llegada de la depresión económica. El momento cumbre del movimiento generalmente conocido como la nueva izquierda fue, sin duda, 1968. La nueva izquierda se caracterizaba por tener una imaginación positiva. Este movimiento abrazaba cuestiones como la democracia participativa, cambios en la calidad de la vida, la revolución de la vida diaria, e incluía, además, movimientos de derechos civiles y movimientos feministas. Es totalmente cierto que en la historia de Occidente también faltaba la sincronización. La nueva izquierda era producto de la inminente crisis del weffiare state, en un período en que éste era considerado, en algunos países, el objetivo a alcanzar. En cuanto el mercado mundial capitalista entró en lo que quizá ha sido su depresión más duradera, la imaginación social positiva empezó a perder fuerza. Además, empezaba a parecer poco a poco totalmente ilusoria, e incluso, en ocasiones, ridícula. Efectivamente, resulta ridículo en esta época planear un futuro socialista basado en la premisa empírica de que vivimos en una sociedad de una "total abundancia" corruptora. Esta abundancia, si es que era cierta, punto algo más que cuestionable, ha desaparecido ya. El aumento del desempleo, y en especial entre los jóvenes, ha cambiado a peor los criterios de la gente. A un hombre o una mujer joven que inician la vida sin esperanza, con la sensación de que su vida se está echando a perder antes de haber comenzado, no pueden llegar movimientos basados en la esperanza y en una imaginación social positiva. Los políticos con conciencia lo único que pueden hacer es buscar algún remedio temporal para mitigar la miseria, para racionalizar la vida económica, soluciones que hace 20 años se consideraban totalmente obsoletas.

Tan dificil situación está llena de peligros incipientes: la falta de esperanza y de una imaginación positiva hace que masas enteras de la población sean proclives a la derecha, e incluso finalmente a la demagogia fascista. Sin una imaginación positiva, la izquierda democrática no puede sobrevivir, y hace que sea cada vez más probable que, a la larga, no disponga de una base amplia. No hay nada de malo en las decisiones racionales y pragmáticas de los partidos, pero si no van acompañadas de ideas y objetivos sociales y políticos positivos a largo plazo, el resultado inevitable será la pasividad y la desesperación. La pérdida de ilusión en el Gobierno socialista de Francia constituye un ejemplo eficaz. Naturalmente, la participación en la reestructuración de la economía, preocupación principal del Gobierno, está necesariamente reducida a una minoría. Pero la mayoría de los que no participan parecen haber abandonado toda fe en una alternativa positiva: no dicen no, pero tampoco dicen sí, lo critican todo (derecho legítimo y actividad útil) sin poner a prueba las alternativas sociales. Y lo que es peor, algunos de los que dicen sí, simplemente regresan a panaceas trilladas: la economía de mando, la total nacionalización y cosas por el estilo. Por último, hay mucho negativismo en los programas de los movimientos sociales: no destruir el medio ambiente, no construir reactores nucleares, no tener armamento nuclear; todos estos objetivos, y otros semejantes, son de una naturaleza negativa. Naturalmente, el salvar a nuestro mundo de catástrofes biológicas y, en particular, del holocausto nuclear, son, en principio, objetivos positivos. Pero si no van acompañados de ideas sociales y políticas positivas, con una imaginación social positiva, no son más que deseos piadosos.

La idea de que nuestro mundo está condenado, de que nuestra cultura está en un declive irrecuperable, que la persona ha dejado de existir, se plasma por escrito en los salones y cafés de París. Pero los Intelectuales de esos salones y cafés captan algo que está en el aire y lo expresan con mayor sensibilidad. El actual punto muerto de la izquierda, tanto en el Este como en Occidente, parece corroborar las más pesimistas predicciones. Pero en una sociedad orientada al futuro, como es la actual, la falta de ilusión y la pasividad sólo pueden ser temporales. La izquierda, esperemos, saldrá de este callejón sin salida y se encontrará a sí misma antes o después. Cuanto antes sea, mejor.

Agnes Heller es una de las principales representantes de la Escuela Marxista de Budapest. Fue ayudante de György Lukacs, militó en el partido comunista, y fue apartada de la vida científica y política por sus posiciones disidentes. Actualmente imparte enseñanzas de Sociología en Australia y Estados Unidos. Es autora de Historia y vida cotidiana, Sociología de la vida cotidiana, El hombre del Renacimiento y Teoría de los sentimientos, entre otras obras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de octubre de 1984

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