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EE UU actualiza sus planes para intervenir con tropas de combate en América Central

Altos funcionarios de la Administración Reagan han confirmado la existencia de planes de contingencia para una posible utilización de tropas de combate norteamericanas en América Central en caso de que fracase la actual estrategia encaminada a derrotar a las fuerzas de izquierda en la región. Si se materializa esta eventualidad, las tropas actuarían en el marco del Tratado de Río de 1947, tratado de defensa mutua firmado por Estados Unidos y todos los países de América Central.

Hasta el momento, destacados representantes de la Administración norteamericana han asegurado, tanto en público como en privado, que no existía plan alguno sobre un posible envío de tropas de combate a Centroamérica. Y esta sigue siendo la postura oficial. Pero en privado los mismos funcionarios confirman la posibilidad de una intervención armada norteamericana en la zona.Estas fuentes recalcan que la elaboración de estos planes de contingencia es una labor rutinaria, porque las fuerzas militares deben estar preparadas para hacer frente a cualquier posible crisis. La planificación se divide en dos niveles, político y militar.

Consentimiento del Congreso

Asimismo, se insiste en que el envío de fuerzas norteamericanas para combatir en Centroamérica debe contar con el consentimiento previo del Congreso, de acuerdo con la ley de Poderes de Guerra de 1973, pero se da por descontado que serían muy pocos los parlamentarios dispuestos a permitir la caída de América Central.Los mismos funcionarios insisten en que la Administración de Washington preferiría que fuera el propio Ejército salvadoreño, con entrenamiento y ayuda militar norteamericana, el que derrotara a los rebeldes de izquierdas. Asimismo, expresan su confianza en que la inestabilidad interna en Nicaragua, unida a las actividades de los contrarrevolucionarios apoyados por Honduras y EE UU, consiga que el Gobierno de Managua "deje de subvertir a El Salvador", como estas fuentes aseguran que está haciendo, si no quiere verse derrocado.

Rapidez en la respuesta

En principio, la Administración Reagan pretende seguir las recomendaciones elevadas por la comisión presidida por el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, en el sentido de que la región reciba ayuda económica a largo plazo.Cualquier decisión presidencial de invocar el Tratado de Río no sería adoptada antes de 1985, es decir, antes de las elecciones del próximo mes de noviembre, y ni siquiera antes de 1986, hasta haberle dado una oportunidad al programa que está actualmente en vigor.

Pero si esta estrategia fracasa, asegura un alto responsable de la política de defensa norteamericana, "puede llegar el día en que algún país nos pida ayuda en el marco del Tratado de Río y nos veamos obligados a intervenir militarmente". Los funcionarios consultados han confirmado que el Pentágono está preparando nuevos planes para Centroamérica de forma que las fuerzas armadas estén en disposición de acatar con rapidez cualquier orden presidencial.

Al discutir la posibilidad de una intervención militar directa de EE UU en América Central, la Administración desea hacer llegar dos mensajes. Uno, al Congreso, centrado en la idea de que si se aprueban los planes de Reagan sobre ayuda militar y económica, ello reduciría la posibilidad de que se acabe recurriendo a la fuerza de las armas. El segundo mensaje va dirigido a la guerrilla salvadoreña, a los nicaragüenses, a Cuba y a la URSS: aquellos que apoyan a los rebeldes salvadoreños deben desistir de ello o contar con que se arriesgan a enfrentarse directamente con el Ejército norteamericano.

El Tratado de Río fue invocado a principios de los años sesenta, después de que Fidel Castro se hiciera con el poder en Cuba, en un intento de imponer el embargo comercial a La Habana. Y nuevamente en 1965, cuando los marines invadieron la República Dominicana.

El pasado otoño, Reagan justificó la invasión de Granada afirmando que fue en respuesta a la petición de varias naciones del Caribe para que se eliminara el peligro que para la región representaría, en su opinión, que el pequeño Estado isleño cayera en manos de la ultraizquierda. El primer ministro procubano Maurice Bishop había sido derrocado por el ala izquierda de su partido en octubre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de abril de 1984

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