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Tribuna:

Los meandros del cambio

Los profesionales de la pluma tenemos en nuestro debe uno de los mayores patinazos históricos que se recuerdan: el desencanto, efímera moda intelectual que acabó, como todo el mundo recuerda, con la entrada de Tejero en el Congreso la tarde del 23-17 de 1981. No obstante, el desencanto no fue, ni mucho menos, una invención. Respondía a algo más que a un estado de ánimo en relación con la timidez con que se estaban abordando algunas de las reformas imprescindibles para profundizar en el sistema de libertades y a un talante decididamente neofranquista de la clase política instalada en el poder. El ruido de los tanques en las calles de Valencia y el miedo a la vuelta atrás disiparon tajantemente las dudas de los desencantados y la democracia volvió a suscitar no ya entusiasmos infantiles, propicios a la pronta desilusión, sino maduras adhesiones que incluían una lógica carga de escepticismo. Por otra parte, el inaudito espectáculo de UCD tuvo, sin embargo, una virtualidad: facilitó la separación entre la crítica al sistema, que ya no se cuestionaba, y a los gobernantes. Actuó así doblemente: por un lado sirvió de válvula de escape, y por otro de chivo expiatorio de indudables frustraciones.Después del 28 de octubre, la UCD ha pasado virtualmente a la historia. Y del desencanto se pasó a una especie de nirvana encantado donde todo eran loas y alguna que otra (como la resolución inmediata de problemas tan complejos como el del paro) ilusión gratuita. Durante algo más de un mes la crítica casi era pecado y ejercerla una especie de traición a la esperanza que diez millones de españoles depositaron en las urnas. Pero llegó el llamado caso Balbín (sin duda grave, pero magnificado y, sobre todo, globalizado) y una especie de pentecostés de decepción se apoderó de las redacciones. Días más tarde, la puesta en marcha de algunas medidas (horarios de funcionarios, despenalización limitada del aborto), que estaban en el programa socialista, ha desencadenado una ola de críticas desaforadas donde se confunden las churras con las merinas. Y así se mete en el mismo saco el gesto de un ministro levantando el puño (que es un signo de solidaridad y no de amenaza, aparte de su derecho a hacerlo), para decir, poco más o menos, que esto lleva camino de convertirse en una democracia popular (¡cielos, con Claudio Boada de compañero de viaje!) con algún que otro patinazo que lo único que demuestra es la bisoñez socialista en el Gobierno. Como es, por ejemplo, el haber convertido a todos los altos cargos de la Administración en un remedo de la Cenicienta que tiene que irse antes de las doce, esté donde esté, para sentarse en su despacho a las ocho de la mañana.

Lo cierto es que del embobado, o interesado, según los casos, encantamiento de los primeros cuarenta días, hemos pasado a una ofensiva frontal de la derecha que ha iniciado una guerra ideológica que, sin dramatizar, puede tener consecuencias de radicalización imprevisibles. Y, como en los mejores tiempos, con algunos obispos echando fuego a la hoguera y sin pararse en barras sobre la manipulación política de que sus palabras son objeto. Y lo peor es que todo ese guirigay ansoniano que nos envuelve corre el riesgo de impedir una crítica responsable, desde dentro y asumiendo el cambio, que el PSOE, y algunas de sus acciones de Gobierno, están ne-

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cesitando con urgencia. Lo peor que les puede pasar a los socialistas es que sólo reciban críticas desde la derecha, la carpetovetónica además. Si la hegemonía política del PSOE (que tiene holgada mayoría parlamentaria y en sus manos varios Gobiernos autonómicos, además de los ayuntamientos y diputaciones más importantes) no se contrarresta con un auténtico debate ideológico desde la izquierda, apañado está el cambio. Digamos, de paso, que con la inercia propia del poder no parece que las cosas vayan por ahí. No hay más que oír a algunos de los máximos responsables, nombrados por el Gobierno, de las diversas áreas informativas de los medios de comunicación del Estado, para percatarse de que cualquier debate puede ser considerado como un lujo superfluo. Aquí, al parecer, lo que se necesita son mejores series de televisión y muchos musicales. Y, por un lado, tecnócratas, y, por otro, adhesiones inquebrantables.

Y, sin embargo, habría muchas cosas que debatir en el plano de los hechos concretos y en la filosofía con que se está aplicando el cambio. Por ejemplo, la imagen transmitida del presidente del Gobierno desde la Moncloa, estas Navidades pasadas, con el postre de sentar a García Márquez a su mesa el mismo día que el resto de los españoles soportaban la bazofia televisiva de toda la vida, en una especie. de versión 1983 de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

Un premio Nobel, por cierto, titulado de "agente castrista" en un artículo donde se defendía al candidato del Gobierno para la presidencia de Efe.

También habría que discutir la falta de planes conocidos para una reforma de la Administración en una profundidad donde el horario sea sólo una parte, y no el todo, del problema. Y el trasiego, no se sabe si justificado, pero en cualquier caso no explicado, de mandos intermedios en la Administración o la sustitución de unos cargos desaparecidos nominalmente, pero resucitados con otras denominaciones. Habría que debatir muchas cosas que se están planteando con sensación de improvisación y nada desdeñables dosis de frivolidad o, todavía más grave, resolviéndose con tremenda mediocridad. Y eso sin entrar en mayores honduras, corno es la ausencia de una política de nombramientos o la nula participación de los afectados en algunas reformas. Pero, en fin, la de recha se va a empeñar, ya lo está haciendo, con su actitud cerril y su rechazo de cualquier modernización, en que el PSOE no reciba la sabia de una crítica ejercida desde los mismos presupuestos ideológicos del cambio. Por que, a este paso, no habrá más remedio que cerrar filas. Y es .una lástima. La prepotencia electoral y administrativa del PSOE le está llevando a olvidar algunos datos elementales, como es el abismo que separa el número de votos recibidos con el de comprometidos con el cambio. Y ese es un dato que los socialistas de berían tener en cuenta a la hora de imponer cierto tipo . de decisiones sin que, previamente, haya existido una mínima pedagogía política poselectoral que los explique. Y dentro, además, de una visión global de un cambio perdido de perspectiva en los meandros de apresuramientos injustificados, tropezones innecesarios y una desmedida soberbia política que convierte los errores en dogmas. Tampoco puede pensarse que el discurso moral de Felipe González sea un permanente manto para cubrir ciertas insuficiencias. Es verdad que estamos aún dentro de los cien días de gracia y que una parte de la derecha no les ha respetado.

Pero no es menos cierto que el PSOE desde el poder no parece haber entendido que el mayor desgaste le puede venir desde dentro, por no entender que su hegemonía política necesitaba contrastarse dando mucha más cancha a la contestación interna y sin premiar tanto a la docilidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 10 de febrero de 1983