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LA LIDIA / LAS VENTAS

Los novillos querían echarles de la plaza

Venían con todas las ilusiones del mundo los tres novilleros, se supone, y se encontraron con unos novillos que les querían echar de la plaza y hasta del país. Novillos de trapío, hermosísimos, de armoniosa estampa, astifinos como la madre que les parió, y también mansos, nerviosos, violentos, con la fijación mental -con perdón- de cazar una ingle, y así toda la tarde.Los pupilos del ganadero Rufino salían uno tras otro idénticos entre sí en cuanto a estas características e intenciones, y los toreros, muy nuevos los tres, debutantes dos, perdía las zapatillas uno, no encontraban recurso apropiado para someter sus bruscas embestidas. Bruscas y tardas embestidas, pues los pupilos del ganadero Rufino, tan gallitos parta tirar el derrote, reculaban, mantenían la referencia de tablas como protección para su agreste cobardía.

Plaza de Las Ventas

3 de octubre.Novillos de José Rufino Moreno, todos con trapío, mansos y broncos. Sexto, sobrero de Martínez Eizondo, bien presentado, noble. Juan Palacios. Metisaca bajísimo. Estocada atravesada que asoma, tres descabellos y aviso. Tomás Pallín, nuevo en esta plaza. Estocada corta delantera y descabello. Pinchazo, media delantera atravesada y dos descabellos. Rafael Sandoval, nuevo en esta plaza. Estocada atravesada que asoma y cinco descabellos. Pinchazo hondo y tres descabellos. (Hubo silencio en todos los novillos).

Hubo un novillo, el quinto, que llegó a comportarse como bravo en los primeros tercios. De salida se quiso comer a un peón, al que arrolló, y tomó una primera vara con gran estilo y poder, metiendo los riñones, entregado bajo el peto, dejándose pegar de firme mientras llevaba al caballo hasta la barrera, Y, sin embargo, para la muleta fue el más manso de todos, se refugió en seguida en las tablas cercanas a toriles, se aculá a ellas. Pallín hubo de emplear un trasteo exclusivo para sacarlo de la querencia, lo que, por cierto, no consiguió en absoluto.

Renqueó el sexto, protestó el público por este pasajero motivo y la presidencia ordenó precipitadamente su devolución al corral. El propio novillo se encargó de poner en evidencia al presidente porque, nada más aparecer el pañuelo verde, se arrancó al caballo, lo levantó, y estuvo a punto de derribarlo. El sobrero tenía aún menos fuerza que el. titular y además el picador le pegó un puyazo mortal de necesidad. Ese novillo llegó a la muleta no sabemos si noble o moribundo, pero en cualquier caso fácil, pero Sandoval no supo aprovecharlo y se hacía un lío con el temple, los terrenos, las querencias, las distancias, toda esa técnica, en fin, que deberían saber de corrido quienes tienen la decisión, o quizá la osadía (se dan casos) de presentarse a examen ante el tribunal de la llamada "primera plaza del mundo", andanada del ocho íncluída.

Verdes estaban los tres espadas, también el más veterano Juan Palacios, y alguien desde el tendido les sugería que fueran eligiendo oficio -no taurino- ahora que aún es tiempo. Lo cierto es que no acertaron a exhibir ni técnica ni arte, y se dejaban expulsar de la plaza por el genio de los novillos. La única muestra de técnica y de arte se le vio a ese gran torero de plata que es Martín Recio, siempre perfectamente colocado en la lidia, siempre eficaz en la brega, el cual recibió con valor y torería al cuarto y levantó un ¡ole! de clamor cuando corrió al novillo a una mano. Y esa fue la ocasión única que hubo para aplaudir en toda la tarde. El resto era tan malo que daban ganas de marcharse.

La temporada va a tocar a su fin y queda atrás un entramado de acontecimientos en esta plaza, lo cual, para empezar, es bueno. Argumento, o si se quiere historia, es lo que le faltaba a la plaza de Madrid, y Madrid-Toros cumple en esto, más o menos. Lo que ocurre es que en el balance de gestión de la empresa, los saldos negativos hacen demasiado bulto. Por ejemplo, novilladas como la de ayer nunca debieran programarse en esta plaza. Una cosa es que las combinaciones sean modestas, porque a final de temporada no pueden hacerse demasiadas florituras, y otra bien distinta que el cartel no diga absolutamente nada, ni al público en general ni a los aficionados en particular. La gente se preguntaba quiénes eran los toreros anunciados para el domingo y qué méritos los traían a Madrid. Y una vez contempladas sus actuaciones, la pregunta continúa en el aire. Si de lo que se trata es de matar la afición, la empresa acierta en el procedimiento. Y de eso nos quejamos. Menos mal que ya no lo puede hacer peor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de octubre de 1982