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Tribuna:

El viaje de Wojtyla a Portugal, un ensayo para España

Hay quien ha querido ver, desde el primer momento, en el viaje de Juan Pablo Il a Portugal como un ensayo general de lo que será su visita a España. Lo será en lo que se refiere a sus discursos, en los cuales exhortó a los portugueses a no traicionar los valores de su catolicidad, no ser infieles a sus tradiciones de pueblo evangelizador, a intentar una síntesis de las tendencias progresistas y conservadoras, entre el compromiso social y el empeño místico-religioso.Un ensayo también en lo referente a su llamada para que todos colaboren en el desarrollo de¡ país a través de la fidelidad, la justicia social y la defensa de los derechos humanos, en la línea de un rechazo tanto del capitilasmo masificador como del socialismo materialista.

Sin embargo, es necesario reconocer que el viaje del Papa a Portugal tuvo unas características muy particulares, que difícilmente podrán repetirse en España. El fenómeno de Fátima es único con toda su carga de contradicciones y de espectáculo místico-religioso, y el viaje estuvo marcado sobremanera por ese "fenómeno Fátima".

En la historia quedarán, no sólo el intento de un cura católico de matar al Papa a golpes de bayoneta rememorando los infaustos tiempos de las Cruzadas, sino además, la visión plástica del misticismo religioso de Juan Pablo II con aquella oración en completo silencio, sólo, ante la estatua blanca de la virgen de Fátima durante cuarenta minutos, a la hora exacta en que el año pasado fue herido en la plaza de San Pedro.

Una escena transmitida en directo por televisión, que, respetando el deseo del Papa de que se guardara un total silencio, rellenó esos cuarenta minutos con la, superposición de imágenes del atentado papal de Roma, lo que dio a su oración una carga de misterio y emoción popular.

Por otra parte, el recibimiento que le hizo Portugal sólo se puede comparar al que tuvo en Polonia o en los pueblos del llamado Tercer Mundo: los pobres de Filipinas, de Brasil o de México.

La nación, probablemente, más pobre de Europa ha emulado en delirio a los viajes de mayor entusiasmo por el Papa.

Y si este entusiasmo fue una norma desde el primer día, se multiplicó después del fallido atentado de Fátima. Desde entonces fue recibido en, todas partes con la aureola de santo, salvado por segunda vez de la muerte:

Y esto, hasta el punto que el obispo de Vila Vicosa tuvo el atrevimiento, arrastrado también por este entusiasmo místico, de aclamarlo ante la muchedumbre de labradores nada menos que con el título de "mártir de la paz y de la reconciliación".

Creo que ha sido la primera vez que un Papa vivo es calificado públicamente, y por un obispo, de "mártir". Y es que ésta ha sido la sensación más evidente de todos durante este viaje. Nos hallamos ante un Papa triste o gloriosamente condenado a sacrificar su vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de mayo de 1982