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Tribuna:

Teatro, Estado, Gobierno y funcionarios

El cambio producido en la Dirección General de Música y Teatro, donde García Barquero ha sido sustituido por Juan Cambreleng tras denunciar la escasa atención que el Estado presta a aquellos campos culturales, es la raíz de este artículo.

Un nuevo director general de Música y Teatro aparece en el firmamento político, con un nuevo subsecretario y una nueva ministra de Cultura. Se presentan, por tanto, nuevos problemas y nuevas soluciones. El problema esencial no está en los nombres, en las capacidades, en las disposiciones de estas personas, a quienes todo ello se les supone hasta que lo ratifiquen o no: está en el hecho mismo del cambio.Aunque el teatro importe poco, o nada, a la política en general del país, que le tiene racionado y alejado -aunque algunos políticos vayan a dormitar en algunos estrenos importantes desde un punto de vista social-, la realidad es que su vida precaria ha llegado desgraciadamente a depender de subvenciones, ayudas y estímulos. El teatro no supo desprenderse de esa tentación cuando aún era tiempo; ahora, quizá, sea ya tarde. Algunas de sus personalidades más significativas creen que el teatro llamado comercial está pereciendo: José Luis Gómez lo ha dicho así en La gran noche del teatro, de Radio Nacional de España. Ya cree sólo en el teatro institucional, y él mismo está decidiendo -después de un éxito: a veces los éxitos pueden ser tan amargos como los fracasos-, cambiar de actividad, irse a la televisión o al cine.

Un cambio en la Dirección General de Teatro es, por tanto, una conmoción en la profesión teatral. Pueden decir los mutantes que aparecen ahora que van a continuar la obra de sus predecesores, como parece lógico, si están dentro de un mismo partido, sea cual sea sufamilia. Esa lógica se rompe porque tampoco en teatro -o en cultura- ese partido tiene una doctrina definida y clara; y porque para hacer lo mismo no se hubiera producido ningún cambio.

A pesar del cuidado con que los directores generales sucesivos, y especialmente el último por su condición de funcionario, han querido reglamentar el sistema de ayudas y subvenciones, al final de todos los boletines se encuentra el hombre, y el Estado está representado por una, o quizá unas cuantas personas, que son las que orientan, definen, tienen sus propios gustos literarios y políticos y, al final, dan el dinero: es decir, los que programan los teatros llamados comerciales, y, desde luego, los institucionales. Alguna vez se ha comparado este seismo perpetuo con la estabilidad de la Commedie Française, fundadaen 1804, cuyos estatutos apenas han variado desde entonces, o con la legislación general del teatro en Francia, Alemanla Federal o Reino Unido, incluso Italia, basada en las meras reformas de una continuidad.

El principal problema con el que se va a encontrar ahora el nuevo director general es el mismo que tenía su predecedor, heredado ya de los anteriores, y que es en lo único en lo que hay continuidad: la larga fila de peticionarios. Cada uno estará ya analizando y estudiando lo que sepa del nuevo director, lo que le digan, y los amigos que tiene: para presentarle proyectos a su gusto. La dificultad principal está en discriminar lo auténtico de lo falso. Es decir, el teatrocultura, la calidad, la sinceridad, del inmenso pajar de los pequeños salteadores, de los megalómanos, de los cazadores de subvenciones; y de los desesperados. Se encontrará con consejos que en el fondo son chismes; con críticas o con calumnias. Es su destino.

Y se encontrará con una vida política efimera. La lista de los directores generales se va haciendo tan larga como la de los reyes godos. No hay, por tanto, posibilidad de una política a largo plazo, de un intento de restauración o de regeneracíón; tendrá que acudir a poner el parche de cada día. Cuando vaya conformando una idea general acerca de lo que ha de hacer ya habrá cambiado el Ministerio, ya tendrá otro destino.

La principal tarea que podría tener hoy un director general sería la de legislar de tal manera que no hiciera falta ningún director general. Es decir, institucionalizar al teatro por sí mismo, dejarle a él sólo regirse y alimentarse: despolitizarlo, no en el sentido de reducir el mordiente político de su contenido, sino en el de la dependencia de un ministerio. Alguna vez se ha combatido esta idea como corporativista, y ya se sabe el mal aspecto de esta palabra, que la equipara nada menos que al fascismo o a la democracia orgánica: pero se ha combatido desde la dictadura, con la que salía perdiendo.

La cuestión sería que el teatro por sí mismo saliera de su agujero: que fueran los públicos (la abstración de "el público" es insuficiente: hay públicos distintos para cada obra) los que decidieran su continuidad y su permanencia por la asistencia. Ayudar al pobre se está confundiendo muchas veces con ayudar al malo, lo cual ha llevado a la confusión del término cultura como aplicable a cualquier cosa desoída por el público. Un ejemplo lo hemos tenido en los clásicos: desde la suposición de que el Siglo de Oro es una cumbre de la cultura genuina española en el arte dramático, se han subvencionado toda clase de aventuras, que han dejado maltrecho al Siglo de Oro y al teatro en general. Lo comercial no siempre es lo inculto -ejemplos: El galánjantasma, y La vida es sueño, en el Español, donde sobre todo esta últirria obra está llenando el patio de butacas-; hoy en día el público que no es medianamente culto, o que no tiene mediana ambición de cultura, ni siquiera va al teatro.

Tiene otros medios más cómodos o más baratos de recibir el mensaje dramático, de consumir la representación que necesita. Lo grave es que se ha excluido también del teatro al núcleo verdaderamente culto del país, gracias a espectáculos híbridos donde grandes nombres españoles o extranjeros se han mezclado con chapuzas intolerables, sostenidas gracias al dinero estatal.

Un director general de Teatro, un ministro de Cultura, no van a ser, en ningún caso, los salvadores del teatro. El teatro se salvará o perecerá por sí mismo: se salvará si vuelve a ser capaz como lo ha sido en otros tiempos, y como lo es todavía en otros países, de representar a la sociedad o, desmenuzándolo más, a los grupos de sociedad a los que va dirigido. Un director o un ministro pueden ayudar a que eso sea así, y una de sus mejores ayudas es, sobre todo, la de no poner obstáculos, la de guardarse los criterios personales o las ambiciones de dirigir.

Hay, evidentemente, una contradicción entre el título de director y la necesidad de que no dirija, de que no quiera marcar su propio sello, sea cual sea -moral, estético, político...-, en el teatro que administra, en el interregno de que dispone (entre un director pasado y otro futuro). Tiene alguna razón el director general saliente, García Barquero, cuando dice que la política general del teatro debe salir del Parlamento; en forma de leyes y en forma de presupuesto. De donde no puede salir nunca es de los compromisos políticos del partido gobernante, de la necesidad de contemporizar con grupos de presión, con la vieja tentación de cualquiera de las muchas formas de censura que se le presentan.

Hay en España una gran confusión, todavía, entre lo que es el Estado y lo que es el Gobierno; y entre lo que es el Gobierno y lo que es un funcionario que le representa, a veces, detrás de una ventanilla. El teatro, mientras no acierte a valerse por sí mismo -y, probablemente, ya sea tarde-, debe ser una cuestión de Estado, no de Gobierno. Como la cultura en general. Lo que no es, desde luego el teatro, ni la cultura, es una cuestión meramente ministerial. O lo produce y lo sostiene la sociedad, o las diversas opciones de sociedad que conviven en el Estado, o no hay teatro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de enero de 1982