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Reportaje:

Josep Renau desde un cartel en llamas

Inventario de otoño. Josep Renau, menos torear y decir misa, ha hecho de todo: carteles, murales, fotografías. Nacido en Valencia, en 1907, dice que nunca ha sido niño, que jamás ha tenido una pelota, una peonza, un cromo o una chapa. Ya desde pequeño empezó a trabajar con su padre, pintor y restaurador, hasta que, a los veinte años, vino a Madrid y expuso, con gran éxito, en una sala de Bellas Artes. Anarquista y luego comunista, en su juventud escogió la revolución frente a la pintura. Dos meses después del comienzo de la guerra civil, fue nombrado director general de Bellas Artes y dirigió la evacuación de los cuadros del Prado para salvarlos de las bombas. Exiliado en París, México y Berlín Oriental, ahora ha llegado a Madrid, invitado por el Ministerio de Cultura, para estar presente en la instalación definitiva del Guernica, del que dice: «Estoy seguro de que el Museo de Arte de Nueva York lo ha entrecado a cambio de tener bombas atómicas en España».

Valencia era todavía un dibujo romántico de Doré, los huesos de La Lonja emergiendo sobre los toldos del mercado y de sus sombras color azafrán, huertanos con calzas perros sarnosos entre damas con miriñaque, floristas y burgueses en tartana, cuando en 1907, Josep Renau vino al mundo en el centro geométrico de la ciudad, en el cruce de Comedias con la calle de la Paz. Por la playa de La Malvarrosa corrían niños desnudos detrás de muchachas con el camisón mojado, pegado a la piel, y Sorolla estaba allí bajo un sombrajo de palitroques frente a los bueyes y las barcas de la vela latina.-Yo tengo la impresión de que nunca he sido niño, No sé jugar a nada, jamás he tenido una pelota, una peonza, un cromo o una chapa. Nada. De pequeño entré a ayudar a mi padre en el taller y siempre estuve rodeado de polvo, antiguallas y libros de pergamino. Mi padre era pintor académico y restaurador, católico y monárquico y, además, creía que la cultura perjudicaba la virginidad del ojo, es decir, que rompía la inocencia de la visión. Los sábados me daba un real por cada docena de manos pintadas del natural, yo andaba ciego por ese dinero para comprarme tebeos de indios y novelas de Salgari, y como era el mayor de cinco hermanos, los forzaba con mil martirios a que posaran para mí. Por fortuna, mi padre nunca me dejó ver cómo pintaba, él sabía que era muy académico y tenía mala conciencia, se ve. Ingresé en la escuela de San Carlos muy temprano, falsificando la edad. Y a los quince años, yo miraba a mi padre con lástima, lo veía como un pobre hombre. Discutía con él y no resistía mis argumentos. Y eso me hacía daño. Entonces, yo estaba hecho un lío con las trifulcas políticas de la familia. Mi tío Pepe era francófilo, mi padre era germanófilo; mi tío blasquista, mi padre antiblasquista, y entre ellos se producían unas agarradas tremebundas. Mi tío tiraba a anarquista y me dio a leer algo de Eliseo Reclús y los Episodios nacionales, de Galdós, que estaban en el Indice. Eso para mi padre era pecado mortal, y ya me amenazó, por primera vez, con el fuego del infierno. Así comenzó mi lectura clandestina en casa. Después fue como una historia de Balzac. Con el tiempo, mi padre se hizo comunista y mi tío acabó fascista perdido. Recuerdo aquella Valencia romántica de pájaros, árboles, jardincillos y puestos de flores. A Sorolla lo estoy viendo ahora pintar en la playa del Cabañal, guardado por dos marineros con una caña que no dejaban que nadie se acercara al artista.

Josep Renau es una ardilla con mostacho y cejas enmarañadas, todo empolvado de harina, como un panadero que te mira con ojos muy vivos, de un azul celestial. Es la imagen del abuelito que todo el mundo sueña con tener, ese que cuenta chistes verdes, pellizca a la criada por el pasillo, se lleva a los nietos de juerga, no da la lata a nadie y encima viene en el Espasa.

-A los veinte años yo estaba de Valencia hasta el gorro. Cogí los bártulos y me fui a Madrid a buscar trabajo, a dibujar, a hacer publicidad. Llevaba una tarjeta de mi padre para don José Francés, que era secretario de la Academia de San Fernando, pero siete veces llegué a su casa, por la puerta de servicio, y el tío no me recibió, hasta que ya cansado le dejé mi cartapacio de pinturas a su criada. Al regresar aquella noche a la posada, allá por Ventas, mi patrono Marcelino me dijo- «¿Sabes quien te acaba de llamar? Don José Francés. Que vayas en seguida a verle. Toma dos pesetas y coge un taxi». A don José Francés le habían gustado tanto mis cosas que pensaba que yo era extranjero. Al instante me ofreció la sala de Bellas Artes para una exposición. Fue el año 1928. Y tuve tanto éxito que las putitas me esperaban en la calle creyendo que yo era un millonario. Me invitó a comer Belmonte y Martínez Anido. La infanta Isabel vino a ver mis cuadros. Hasta la mujer de aquel escritor cubano, Hernández Catá, una mujer muy gorda que vivía en el hotel Palace, me dijo un día: «Ven a mi habitación, que te quiero enseñar unas miniaturas». ¿Miniaturas? Comenzó a desnudarse allí y tenía unas tetas tan grandes: que daban miedo. Las pasé muy negras. Yo, que era puro, pensé, esto no es lo mío; compañero, te has equivocado. Al mismo tiempo, en el Rastro había encontrado viejos folletos de Bakunin, de Malatesta y de Reclús, que me marearon mucho. Entonces, de repente, caí desplomado y vino la conversión. Volví a Valencia corriendo y dejé en Madrid la exposición colgada, sin que me acordara más de aquellos cuadros. Primero hay que hacer la revolución, después, ya pintaré. Claro, yo creía que la revolución se hacía en cuatro meses, así eran las cosas de absurdas. Me dediqué a la anarquía con toda el alma y en Valencia encontré gente fascinante que antes estaba a mi lado y no había visto, pescadores de Denla, labradores de la huerta, obreros del puerto, que tíos más tremendos. Aquellos anarquistas me enseñaron a hacer bombas con botes de tomate, cuatro alambres, un poco de dinamita y iboum!, todo patas arriba como una película de Charlot. En el ateneo libertarlo del camino hondo del Grao aprendí a volcar tranvías y resulta que era más fácil que dios. La policia me detuvo cuatro veces y yo estaba loco por la causa. Viví en esas barracas de la playa de Alboraya, que tienen una barca de pesca delante y un caballo con el arado detrás qué gente aquéllt, me invitaban a dormir y allí estaba el matrimonio apareándose en un rincón y los niños con el perro por medio, con un calor y un olor insoportables. Descubrí otro mundo. Un día, en el ateneo libertarlo. me dijeron: «Pepet, ven aquí, mira. Haznos un dibujito para este panfleto que vamos a tirar a máquina». Yo me quedé helado, pensando: «Estos me necesitan como artista, qué bien, ya sirvo para algo». Y desde ese momento comencé a trabajar en todas las revistas anarquistas y sindicalistas. Fui director artístico de Orto, y colaboré con Federico Urales, el padre de la Montseny.

En aquel tiempo, bajo el cielo deslumbrante de Valencia estallaban las flores negras de la anarquía, los botes de tomate de la ira. En las barricadas del final de la dictadura, detrás de un tranvía en llamas, estaba Josep Renau componiendo el mejor cartel de sí mismo, un joven con mono de obrero vanguardista que saca el brazo nervudo en el espacio de la humareda y adelanta el mentón cuadrado, la ceja airada y el grito hacia un horizonte de guardias. Ahora, Renau esta sentado en un sillón de orejas y una lámpara de enagüllas en lo alto del cráneo le enciende el bigote blanco, la escobilla de las pestañas como filamentos de bombilla, traspasa de luz los cartílagos de las orejas e Ilumina los cincuenta huesecillos del rostro por el que se mueven sus ojos de angelito de dosel.

-Yo había traído de Madrid aquellos folletos anarquistas que compré en el Rastro y los había colocado en la estantería de mi estudio, donde también tenía un catre de dormir. Mi padre ya se había peleado del todo conmigo y no nos hablábamos. Pero llega el hombre una noche con aquellos folletos en la mano y me despierta. «¡Eh, tú, levántate! ¿Qué es esto? Toma esta basura. Ven conmigo. A la cocina. Rómpelos. Que los rompas he dicho. Tíralos al fuego. Quémalos. Que los quemes. Ahora, a dormir». Y me arreó dos bofetadas. Mi padre era hombre de pocas palabras. Aquello me enfureció como a un toro, a mis veintitrés años. Sería por el final de la dictadura. Por casualidad, en Valencia, delante del cine Romea, había un quiosco que era de un anarquista donde vendían los mismos folletos. Lleno de rabia, los compré otra vez y los coloqué en el mismo lugar de la estantería. A ver qué pasa ahora, a ver quién gana. Y una noche estaba yo con la luz apagada sin poder dormir y vi que se abría la puerta de mi estudio y a mi padre que entraba de puntillas creyéndome dormido y se acercaba a la estantería, cogía los panfletos y volvía a salir de puntillas con la respiración contenida. Pero al despertarme el día siguiente comprobé

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que los folletos estaban otra vez en su sitio. La visita furtiva de mi padre se repitió tres noches seguidas. Me di cuenta de lo que pasaba, que el hombre estaba leyendo aquellos papeles anarquistas en secreto, y yo pensé: después de todo no es tan cabrón como creía, se ve que antes de pegarme dos bofetadas más se quiere enterar de lo que dicen. Total, que empezó por ahí y en cuestión de una semana mi pádre se hizo más anarquista que yo. Y casi en seguida entre los dos continuaron los conflictos de nuevo, porque en ese tiempo había caído en mis manos un texto de Plejanov que me abrió los ojos al comunismo. Pero mi padre ya estaba embalado; de modo que, cuando yo llegabá con Mundo Obrero a casa, se me abalanzaba para devorarlo el primero. Terminó más comunista que Dios. El pobrecito, después de la guerra, se quedó aquí y lo echaron de todas partes, de profesor de la escuela, de restaurador del museo, y casi murió de hambre. En cambio, mi tío Pepe, que ya era rico y tenía una fábrica de hilo en Alzira, se hizo falangista y fue camisa vieja. Yo ingresé en el partido dos meses antes de la proclamación de la República. Entonces, en Valencia, los comunistas éramos un puñado de cacahuetes.

Josep Renau fue nombrado director general de Bellas Artes en septiembre de 1936 con el Gobierno de Largo Caballero, y casi en seguida conjenzaron a caer hierros sobre el Museo del,Prado. Tenía entonces Renau una pinta de futbolista en medio de funcionarios circunspectos -iba con botas de clavos y un cincho en bandolera-así dirigió la gigantesca operación de salvamento del arte bajo las bombas. En su adolescencia, mientras sus amigos jugaban a los trompos, él ya se había acostumbrado a transportar pinturas medievales desde las tablas carcomidas a los lienzos nuevos, y a limpiar frescos barrocos para llevarlos de un muro a otro. Luego, a los veintinueve años, rescató de las bombas el Museo del Prado y se lo llevó a Ginebra.

-Una de mis primeras iniciativas al tomar posesión del cargo fue proponer a Picasso la dirección del Museo del Prado. Fue una decisión personal, una corazonada. Si lo hubiera consultado con el ministro Jesús Hernández no me habría hecho caso, porque Picasso, desde el principio de la República, y luego ya en la guerra, nunca había tenido un gesto de simpatía hacia nosotros y, además, en este tiempo estaba en un declive muy bajo, pasaba un mal momento a causa de las mujeres que lo abandonaban. Picasso nunca ha dejado a una mujer. Fueron siempre ellas las que se largaron. El tipo debió de ser muy difícil y trabajaba demasiado, incluso los domingos. Entre óleo y óleo usaba a las tías, y ellas, que sólo querían lucirlo en las fiestas, al final optaron por acostarse con él, cogerle algún cuadro como premio y dejar que pasara la siguiente. Decidí por mi cuenta mandar a Picasso una carta-sonda el 15 de octubre de 1936. Esta carta lo sacó del hoyo, le hizo reaccionar. A los veinte días contestó de forma entusiasta aceptando. Yo sabía que Picasso tenía la fascinación del Prado.

Las Meninas, La rendición de Breda, El jardín de las delicias, centenares de cuadros iban empaquetados cruzando España en camiones alucinadamente bajo el bombardeo. El Museo del Prado pisó por el puente del Jarama hacia Valencia poco antes de que fuera batido por la artillería enemiga. Desde las Torres de Serranos fue transportado al Castell de Figueres cuando los nacionales estaban a punto de cortar el mapa por el Mediterráneo. Finalmente, el cargamento sagrado salió por la frontera unido a una mesa inerme y derrotada, todo junto, Meninas y carretas con colchones, El jardín de las delicias y Antonio Machado arrastrando los pies y su madre en camilla, La rendición de Breda y los soldados harapientos, mujeres de luto y niños que no entendían nada, todo fuera.

-Poco después tuve ocasión de conocer personalmente a Picasso cuando fui a París, en viaje oficial, a pedir a los artistas que colaborasen con la causa de la República mandando obras al pabellón español, en la Exposición Internacional. No fui a contratar el Guernica, cómo se ha dicho, sino a realizar una labor exploratoria. Llegué a París y el embajador Araquistain me dijo que yo iba muy mal vestido para ser director general que su obligación era equiparme según el protocolo de mi categoría si quería presen tarme en regla en el estudio de Picasso. Y allí, en la Embajada, me vistió con pantalón de rayadillo, guantes amarillos de cabritilla, cuello de pajarita, corbata de plastrón, bombín, zapatos con media caña de paño con botones y bastón corto, como de bailarín de claqué. Me miré al espejo y casi me desmayo. Parecía un payaso. En la Embajada me dieron la dirección de Picasso en la rue de la Boetie. Era diciembre y estaba lloviendo. Había anochecido. Totalmente avergonzado por la indumentaria, me eché a la calle y entonces vi con sorpresa que el número que yo llevaba en el papel correspondía a un bistró. Miré por el ventanal y allí dentro había unos tipos que bebían y jugaban a las cartas bajo una pantalla verde. Todo me pareció muy misterioso, y yo estaba allí, mojándome en la acera, hecho un cromo y corrido. Desde un tabac llamé a la Embajada. Se puso Luis Buñuel, que se había enchufado de funcionario allí para huir de la guerra. Me confirmó que esas eran las señas exactas que había dado el pintor. Entonces, en un portal, vi un cubo de basura y tiré el bombín, la pajarita, el paño de los zapatos y la bengala de bailarín. Me quedé en gabardina y coñ la bufanda enrollada, somo si estuviera resfriado. Entré en aquel bistró canalla y en la penumbra alguien me dio unos toques en la espalda y me preguntó: «¿Usted es Renau? Yo soy Picasso. Venga, que quiero presentarle á dos paisanos suyos. Tómese un pernod con nosotros». Jugando a las cartas con Picasso estaban dos tipos de Corbera de Alzira, valencianos, asentadores de frutas en el mercado de París. Parecían tres apaches. Y Picasso, que era un currutaco, más bajito que yo y con ese ojo de brasa, comenzó a soltar animaladas y chistes verdes con sus compinches. Y para no quedarme atrás les conté aquella vez que iba yo, de niño, con mi sombrerito, el caballete, los pinceles y el lienzo bajo el brazo con mi profesor de paisaje por una senda entre naranjos y había un grupo de muchachas recogiendo fruta. Una de ellas me gritó: «Señorito, señorito, ¿es usted pintor?» Todo ilusionado, le contesté que sí. «Pues pínteme el culo a cuadros». Picasso se rió a carcajadas. «Qué valenciana más bestia, quería tener el coño cubista». Después me dijo Max Aub que Picasso me habla citado en aquella taberna con los dos apaches de Alzira para hacerme un honor, En el tiempo libre que me permitió aquella visita a París solía acudir al café Le Select, del bulevar de Montparnasse, a la tertulia de Louis Aragón, Paul Eluard, Tristán Tzara, Sadoul y de los españoles Luis Lacasa y Sert, el escultor Alberto, Juan Larrea, Uscar Domínguez y Hernando Viñes. Me hice muy amigo de Tristán Tzara, que era muy abierto y extremadamente simpático. en cambio, Aragón me miraba por encima del hombro. Con Oscar Domínguez exploré los bajos fondos de París. Yo era el más joven de todos, aún no había cumplido los treinta años. Y por primera vez en mi vida, no sé por qué, me dio un frenético tic por jugar al futbolín en las máquinas tragaperras del café. Mis rivales eran el escultor Alberto, Sert y Tristán Tzara, sobre todo. Pero jamás nadie me ganó. Me convertí en el campeón del bulevar. Hasta que la mujer de Larrea me reconvino sobre el escándalo que se armaría si un reportero pillaba al director general de Bellas Artes del Gobierno rojo jugando al futbolín en pleno barullo de un café.

Hacía años que Josep Renau se dedicaba a realizar carteles y vallas, de toda índole para sacar adelante a su recua familiar. Había ganado todos los premios nacionales e internacionales. Al comenzar la guerra cambió la publicidad comercial por la propaganda política. Fue así, con sus carteles y fotomontajes, como se convirtió en un genio en la materia. Después de diecinueve años de exilio en México, hoy vive en Berlín Oriental rodeado dé jóvenes discípulos.

-No puedo decir que vivo solo, aunque mi mujer me haya abandonado porque no compartía mis ideas. Mi casa está siempre llena de gente, jovencitas de dieciocho años, que son mis discípulas, se turnan para comprar la comida, arreglarme la alcoba y limpiarlo todo. Y encime se dejan dar palmadas en el culo. Hay niñas de trece años que te hacen unas preguntas tremendas. De pronto, una me suelta: «Renau, tengo la menstruación, ¿puedo acostarme en tu cama? ». Allí no hay ninguna clase de pudor. Algunas muchachas están conmigo ya siete años, vienen a pintar, a charlar, a discutir. Y como en Berlín Oriental no hay modelos profesionales, a la mínima ya están en pelota por riguroso turno. Es un ambiente de compañerismo muy relajado. Algunas parejas se han conocido en mi estudio, sé han casado y ya tienen hijos. Yo, menos torear y decir misa, lo he hecho todo: carteles, murales, fotografías. Comprenderás que yo no soy un artista de caballete que coge el pincel y entorna los ojos. Tengo un gran equipo de fototecnia y estoy esperando que se termine el caserón de Manises para traerlo todo aquí. Aquí, donde vivo ahora, no cabe nada; ésta parece una casa de putas elegante. En Alemania estoy a gusto, con una convivencia juvenil totalmente transparente. Aunque lo mío es España. El Guernica ya está aquí. Por fortuna me he equivocado. Conozco a la gente del MOMA y pensé que no lo devolverían jamás. Pero hay un secreto por debajo. Estoy seguro de que lo han entregado a cambio de tener bombas atómicas en España.

Su bigote blanco de panadero, los ojos celestiales de Renau, se han desprendido de la carcajada y se han echado a volar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de octubre de 1981

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