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Editorial:

ETA vuelve a actuar

EL SECUESTRO por terroristas de ETApm de tres cónsules honorarios en el País Vasco parece encaminado a tratar de llamar la atención de la opinión pública internacional sobre la situación en Euskadi y las pretensiones de la organización responsable de estos delitos. Es probable que el protagonismo ganado por ETAm a raíz de la muerte por torturas del etarra Arregui, con el consiguiente reforzamiento del apoyo de sectores de población a los métodos criminales de la organización armada, haya llevado a los poli-milis a la decisión de emprender estas acciones en la búsqueda de una renovada y siniestra, popularidad: la de los bandidos.Las llamadas en días recientes de sectores de Euskadiko Ezkerra a una posible negociación con ETApm y al abandono de las armas por ésta se muestran ahora en toda su inoperancia. Negociar bajo el chantaje del secuestro de personas que poco o nada tienen que ver, por lo demás, con el contencioso vasco y con su solución es tan imposible que sólo a la estulticia se puede atribuir la decisión de los secuestros. Una estulticia tanto más peligrosa cuanto que está armada.

Hay que reconocer que el fenómeno ETA se escapa ya desde hace tiempo a toda mentalidad racional que quiera huir de los clichés, los doctrinarismos y los prejuicios analíticos. Pero si en el caso de ETAm su brutalidad asesina es, cuando menos, coherente con sus alocadas propuestas políticas, el desconcierto al que ETApm nos tiene ya acostumbrados rebasa todo lo imaginable. Supuesto brazo armado de organizaciones políticas que apoyan el Estatuto de Guernica y de los movimientos y aspiraciones populares de Euskadi, los poli-milis han añadido a lo largo de los últimos años a la siniestra condición de criminales la permanente traición a los propios principios que ellos mismos aseguran defender.

El secuestro de los tres cónsules está encaminado probablemente a presionar sobre nuevas e imposibles amnistías para los presos vascos, mientras que en realidad lo que hará será entorpecer cualquier posible solución -aun pactada- que añada esperanzas de pacificación de Euskadi. Al mismo tiempo ofrece los ribetes de un intento de presentar ETA, a la opinión internacional como lo que no es: un frente de liberación o una caricatura confesada de un movimiento revolucionario. A nada de eso se parece ETA, que desde hace tiempo ha tomado las características propias de una mafia que protege a los suyos y extorsiona hasta el asesinato a los que están fuera de la tribu.

Por lo demás, si se confirmara que el industrial Suñer está en manos de la misma organización que secuestró ayer a los cónsules, serían cuatro las vidas humanas sobre las que pende hoy la interrogante de la benevolencia de los terroristas. Sin echar leña al fuego de la polémica policial, merece la pena señalar la escasa efectividad de los grupos antiterroristas en este terreno. Las permanentes reticencias a la instrumentación de una policía autónoma vasca en condiciones, al margen las razones políticas existentes, deberían ser destruidas por la conveniencia de que los servidores de la ley en Euskadi, como en cualquier parte de España, sean conocedores del terreno en el que operan y tengan la aceptación social en su entorno que toda policía necesita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de febrero de 1981