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Aún quedan supervivientes del terremoto de Italia enterrados bajo los escombros

A las 48 horas del violento terremoto que ha aterrorizado a Italia y sembrado de víctimas el sur del país, aún siguen vivos bajo los escombros hombres, mujeres y niños. La acción de socorro, en parte por una tremenda desorganización y en parte por las dificultades reales, se hace dificilísima. El territorio afectado por el seísmo tiene 20.000 kilómetros cuadrados y vivían en él siete millones de habitantes. Las tres regiones afectadas son una zona montañosa donde a veces no puede aterrizar ni un helicóptero. A algunos de los pueblos sólo se podía llegar antes del terremoto en mulo.

EL PAIS visitó ayer los centros más destrozados por el seísmo en un helicóptero de la aviación militar. El espectáculo era dantesco. Algunos pueblecitos se habían convertido en un auténtico cementerio, como San Manco, en la provincia de Salerno. Las pocas personas vivas vagaban como fantasmas entre los escombros, impotentes, como alucinadas. Ya ni lloraban. Las dificultades de ayudar a esta gente son grandes, porque se han quedado sin luz, sin teléfono y sin agua: «Nos hace falta de todo. No tenemos nada», nos decía un anciano con la mirada perdida, apoyado en uno de los pocos muros que habían quedado en pie en un minúsculo pueblecito de Potenza.La cifra oficial de muertos, a las nueve de la noche de ayer, hora de Madrid, era de 2.400, y otros tantos los heridos graves, además de quinientos desaparecidos.

Pero el número exacto sigue creciendo y, es imposible conocerlo, porque, como confirmó el ministro de Defensa a EL PAIS, existen aún cientos de cortijos y de pueblecitos casi desconocidos hasta hoy que se van descubriendo poco a poco gracias a los aviones militares. Se han movilizado 8.000 militares. Están llegando materiales y víveres de toda Italia y hasta del extranjero, pero la desorganización es casi absoluta. Es esta una de las llagas ancestrales de este Sur, siempre humillado, dejado en la miseria, en la injusticia y el abandono. Nos lo dicen los mismos políticos y militares. La gente no reacciona. Se queda impasible ante el dolor, como petrificada por el destino y la fatalidad. «Escriban», nos dicen, «que es necesario colaborar todos». Aquí, ayer, han escarbado entre las ruinas hasta los periodistas, desde la llegada del helicóptero hasta la puesta del sol. Mientras el Papa y el presidente de la República visitaban, cada uno por su lado, los lugares más castigados por el terremoto, se veían nacer como hongos las hogueras de la gente que se preparaba a pasar la tercera noche en el descampado, bajo un frío de cero grados.

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En el sur de Italia, por temor a un nuevo seísmo, la gente se resiste a volver a sus casas

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En Nápoles, la gente sigue sin querer volver a dormir a sus casas. «No nos fiamos», decían a los periodistas; y a las seis de la tarde ya estaban las plazas abarrotadas de coches convertidos en remolques y, por todas partes, se alzaban tiendas de campaña.

Aquí el pánico es colectivo. La televisión, con sus imágenes de muerte, hace de caja de resonancia. «El terremoto aquí, en el Sur», decía un sacerdote, «la gente lo lleva desde siglos en el corazón». «Aquí», añadía, «todos se esperan siempre lo peor, porque se sienten como castigados por un poder oculto que les da miedo».

Juan Pablo II llegó a las 11.40 horas al aeropuerto militar de Nápoles en un DC-9. Allí mismo tomó un helicóptero que le llevó a la zona del seísmo. Al bajar del avión, EL PAIS le preguntó qué palabras iba a pronunciar en los lugares de la muerte: «Las palabras en estos momentos no sirven», respondió, añadiendo: «Quiero llevar a cuantos sufren una sola cosa: mi presencia». Tenía que haberle recibido el cardenal Ursi, arzobispo de Nápoles, pero no llegó a tiempo dado el tráfico caótico de esta ciudad enloquecida. Llegó corriendo cuando el helicóptero blanco, amarillo y naranja 15-04 del Papa se estaba levantando en el aire. El Papa mandó aterrizar y el cardenal se precipitó dentro para arrodillarse ante el Papa.

El sustituto de la Secretaría de Estado, Martínez Somalo, declaró a EL PAIS que la decisión de la visita a los lugares del terremoto la tomó el Papa la noche del lunes: «Yo no puedo estar aquí, no resisto. Quiero ir a abrazar a las familias de las víctimas» le dijo al sustituto. Todo se preparó tan deprisa que la aviación tuvo que improvisar un helicóptero porque el presidencial lo estaba usando el jefe del Estado, Sandro Pertini.

Desde el aeropuerto militar de Nápoles, que ha sido escogido como central operativa, salían y regresaban continuamente ministros y políticos. La gran preocupación es que esta vez esta gente pueda sublevarse. Las primeras protestas las recibió hasta el amado Pertini. La gente le gritaba: «Aquí han venido siempre sólo a comprarnos los votos ». Pero lo cierto es que las autoridades volvían tensas. Un fiscal, mientras examinaba los cadáveres puestos en fila, se puso a gritar: «Este hombre está aún, vivo». No era cierto. La tierra había temblado otra vez y el cadáver se había movido ante sus ojos.

Ante la imposibilidad de coordinar bien los socorros, se han dado plenos poderes a los alcaldes, a quienes se les ha puesto al lado un comisario militar. Nadie niega que muchas personas se hubieran podido salvar de entre los escombros. El teniente coronel Vastola, que permitió a EL PAIS visitar en helicóptero militar la zona del seísmo, resumió así las causas de la falta inmediata de socorro: la noche, la niebla, la interrupción de los teléfonos y la muerte de los carabineros en tantos pueblos les ha dejado incomunicados.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de noviembre de 1980

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