La condición femenina
EL PAÍS del día 26 informaba de la muerte de una mujer al intentar abortar. De las miles que mueren cada año, víctimas de la clandestinidad, ella ha salido a la luz sólo por las circunstancias del autor inmediato, las otras mueren en silencio y forman nada más que una cifra que a casi nadie conmueve. Pese a ello es preciso repetir, una vez más, que la responsabilidad de estas muertes no se puede cargar cómodamente a la impericia de un «no profesional», sino a los intereses políticos y económicos de las clases dominantes y a la hipocresía de esta sociedad, que no quiere enfrentarse al tema del aborto, como tampoco se enfrenta al de la infrasituación de la mujer en la sociedad, y todo ello en nombre de vidas futuras, pisoteando la vida presente y real de las mujeres. Está claro que esta masacre no preocupa a las autoridades, no pone en peligro la seguridad del Estado, y, además, el internacionalismo patriarcal no lo denunciará, ni éste ni los demás atropellos contra las mujeres, como «violación de derechos humanos». Esto se seguirá llamando «democracia», aunque se nos continúe imponiendo una familia dictatorial, foco de infelicidad y opresión; aunque por ser mujer se nos niegue el derecho al trabajo asalariado (despidos encubiertos, supresión de las guarderías laborales ... ); aunque UCD actúe y haga declaraciones sexistas con total impunidad, como la aún reciente de que los niños hasta los dos años han de estar con sus madres, o lo que es igual, que todas las mujeres de este país que tengan un hijo tienen la obligación de dejar de trabajar y cuidarle durante dos años. El sexismo es algo tan monstruoso como el racismo, por poner un ejemplo, y la sociedad ha de empezar a comprenderlo así.Cuando este panorama se les presenta a los políticos, su explicación es: «La crisis», pero lo cierto es que a nosotros no nos sirve porque ya estamos hartas de ser el eterno vertedero de crisis económicas, frustraciones masculinas y demás lacras sociales e individuales.
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