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El tercer viaje internacional de Juan Pablo II

El Papa, recibido en Estados Unidos por Rosalynn Carter y Edward Kennedy

Rosalynn Carter, oficialmente en nombre del presidente, y Edward Kennedy, católico y senador por Massachussets, recibieron al Papa a las ocho menos diez de la tarde de ayer (hora española) en el aeropuerto de Boston, adonde llegó procedente de Irlanda para iniciar una visita de siete días a Estados Unidos. Juan Pablo II pronunciará hoy, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, un discurso que la opinión mundial espera con gran interés, ya que se piensa que el Papa podría referirse a la situación de los derechos humanos, pisoteados en muchas partes del mundo.

, Juan Pablo II besó tierra americana nada más bajar del avión, alabó a este país como «poseedor de un noble destino al servicio del mundo» y pidió, citando los versos de la canción, que «Dios bendiga a América». «Rogamos», le respondió Rosalynn Carter, «para que esta visita nos traiga la armonía y la paz.»También en Irlanda, y quizá con mayor claridad que en otras partes, ha quedado claro que Wojtyla no sólo es un gran líder sino también un animador de masas extraordinario. Ninguna misa ha durado menos de cinco horas y a ninguna ha asistido menos de medio millón de personas.

Todos los horarios establecidos en el programa fueron alterados por los retrasos de un Papa que no sabe cómo despedirse de la muchedumbre. Hasta el encuentro con mil periodistas de cuarenta naciones se celebró con cuatro horas y media exactas de retraso. Pero también con ellos Wojtyla consiguió crear un clima de fiesta. Un periodista le pidió que cantara y él lo hizo. Contagiados, cantaron todos. El Papa, ante el entusiasmo general, dijo: «Ya es inútil que os lea el discurso. Podéis leerlo en la sala de prensa», y entonó otro canto. Pasa a página 3

Reprimenda papal por la relajacion moral de la juventud

(Viene de primera página)

Se calculó que el 90% de los irlandeses del sur, y muchos del norte, han visto al Papa. Este pueblo respondió con un entusiasmo sin límites al estilo comunicativo de Wojtyla. A veces hasta con consecuencias dramáticas: en el Phoenix Park, de Dublín, dos mujeres dieron a luz de emoción. Un hombre, que llevaba esperando al Papa cuatro horas, murió precisamente cuando el Papa estaba llegando para la celebración de la misa. Otras dos personas murieron de emoción en Drogheda.

En el santuario mariano de Knock, un hombre interrumpió al Papa gritando: «Dejadme pasar que soy Jesucristo.» La policía lo detuvo antes que llegara al Papa.

Pero quizá el momento más dramático fue cuando un joven, burlando a la policía, logró llegar hasta la puerta del helicóptero del Papa cuando estaba a punto de despegar en Knock. La policía estaba aterrorizada y la muchedumbre pensó por un momento que se trataba de un terrorista. El Papa, tranquilamente, le abrió él mismo la puerta, desde el interior del aparato. El joven, llorando, se limitó a besarle la mano al Papa, que la abrazó.

Pero en medio de este ambiente de cantos y de danzas, Juan Pablo II ha sido muy severo en sus discursos, sobre todo con los jóvenes. Les ha alertado contra los peligros de la secularización, les ha consagrado a la Virgen para que les defienda no sólo de las tentaciones del odio y de la venganza, sino también para evitar que la cultura laica pueda empujarles a creer que abandonando las prácticas religiosas puedan ser más libres: «Muchos jóvenes», dijo el Papa al medio millón de muchachos reunidos en GaIway, «han manchado su conciencia y han sustituido la verdadera alegría de la vida con la droga, el sexo, el alcohol, el vandalismo y la búsqueda inútil de los bienes materiales.»

El Papa, que había sabido de los obispos que los jóvenes irlandeses están empezando a abandonar los sacramentos, les ha exhortado a volver a las tradiciones pasadas, «cuando los jóvenes iban a misa con los padres, incluso varias veces a la semana».

Pero el discurso que ha levantado mayor polvareda, y que ha sido el centro de todos los comentarios, ha sido el pronunciado en Drogheda contra el terrorismo y que ha sido considerado unánimemente como el más importante del pontificado de Wojtyla.

La noticia que hablaba de un comunicado oficial de los «provisionals» del IRA, en el cual se afirmaba que la organización militar estaba dispuesta a dejar las armas si el Papa lograba encontrar una solución política al conflicto de Irlanda, causó gran impresión.

Pero dos horas después, la agencia Reuter, que había difundido la noticia, publicó un desmentido. Según la agencia británica se había tratado de un despiste del redactor de noche del centro de Londres, que había transmitido como oficial un mensaje anónimo que había recibido, y añadía que un líder de toda garantía del Ejército Revolucionario de Belfast había asegurado que no existía ningún comunicado de la organización.

De todos modos, algunos líderes del IRA, a título personal, han afirmado ayer que, aun apreciando la condena que el Papa ha hecho de los responsables políticos del drama irlandés, hubiesen deseado una condena del Ejército inglés en Irlanda del Norte y una manifestación clara al Gobierno de Londres en el sentido de que hasta que los ingleses no se vayan de Irlanda el problema no podrá resolverse.

El Papa volvió a abordar el tema de la paz y la reconciliación ante los obispos de Irlanda, tanto católicos como anglicanos, reunidos en las afueras de Dublín poco antes de que el Pontífice abandonase tierras irlandesas. Les exhortó a que colaborasen en todas las gestiones moderadoras posibles. Les invitó a que fuesen portavoces de la justicia y que ayudasen a cuantos viven al margen de la sociedad. Señaló que entre los más necesitados de esta ayuda estaban los encarcelados y sus familiares. Dijo también, al referirse a los jóvenes encarcelados, que la rebelión de estos muchachos, con mucha frecuencia, se debe, más que a maldad, al descuido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de octubre de 1979

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