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La soja, factor de desequilibrio de la balanza agraria / 1

Las importaciones durante 1978 fueron de 40.000 millones de pesetas

La soja constituye uno de los productos básicos para la fabricación de piensos compuestos y, por tanto, es clave en la producción de carnes de cada país. España, como la mayor parte de los países de la Europa occidental, debe importar todos los años grandes cantidades de este producto, cargando sensiblemente la vertiente importadora de su balanza agraria. La producción de soja está muy localizada en el mundo y la mayor parte de los países con importante cabaña ganadera pugnan por reducir su dependencia exterior en este producto. Sobre la situación que presenta España y los planes de futuro escribe Carlos Rodríguez.

Las importaciones de soja constituyen la principal sangría del comercio exterior agrario español, como lo demuestra los casi dos millones de toneladas anuales de haba de soja procedentes del exterior desde 1976 y que le supone al contribuyente español, cada año, más de 40.000 millones de pesetas. Sin embargo, en contraste con esta tendencia importadora, España ha ido disminuyendo progresivamente el consumo de aceite de soja en los últimos cuatro años: 240.000 Tm, en 1976; 170.000, en 1977; 110.000, en 1978; y sólo 100.000, durante este año. Es decir, según la política de cuotas o cupos que sigue el Gobierno, este año sólo se podrán distribuir en el mercado español las mencionadas 100.000 toneladas, lo que supondrá una reducción de 140 millones de litros respecto del consumo real de 1976.Durante este período de cuatro años, y puesto que el aceite de oliva sólo cubre, aproximadamente, el 45% de la demanda interna, se han importado grandes cantidades de aceite de girasol, cuyo consumo ha aumentado en una relación directamente proporcional al de caída de la soja: 145.000 toneladas, en 1976; 200.000, en 1977; 250.000, en 1978, y para 1979 se estiman unas 265.000 toneladas. En esta relación se ve una de las paradojas importantes en la política de aceites que sigue el Gobierno: el consumidor paga dos veces por el aceite que España debe importar para abastecer el consumo interior, cuando se produce suficiente aceite de soja.

El problema, como se ve, ha dejado de ser una exclusiva cuestión de cifras para convertirse en una controversia sobre la racionalización de la agricultura española y sobre la política de grasas existente.

Durante el año 1978, España importó 2.208.333 toneladas de haba de soja, que les costaron a los contribuyentes 42.972 millones de pesetas; las cifras de torta y harina de este producto ascienden a 483.413 toneladas, por un valor de 8.152 millones; también se importaron 4.493 toneladas de aceite de esta semilla y se exportaron 272.678 toneladas.

Siguen aumentando las importaciones

Según las estadísticas, el año 1978 se sitúa a la cabeza de importaciones de haba de soja desde que comenzó la década; 1973, por el contrario, fue el de menor volumen importador, con sólo 832.863 toneladas.

La industria extractora nacional se abastece de estas importaciones junto a otros productos cultivados en el país, como es el caso del girasol, la colza y el cártamo. El aceite producido en estas factorías se destina parcialmente al consumo interior (los contingentes de este año son 10.000 toneladas mensuales), y el resto, la gran parte, a la exportación. La transformación del haba de soja produce un 82% de harina que en su mayoría se destina a la producción de carne, y el 18% restante se aprovecha para la producción de aceite. En el caso español, este 18% supone unas 375.000 toneladas de aceite de soja, de las que han de ser exportadas las tres cuartas partes.

Producto básico en la alimentación animal

Si el consumo de este producto es insignificante en relación con el volumen de importaciones y la cantidad posterior de aceite obtenido, ¿cuál es entonces la importancia de la soja y por qué gastar cada año esas impresionantes sumas de dinero? La respuesta es bien sencilla: la soja es componente básico en la fabricación de piensos, lo que ha servido para equilibrar notablemente en los últimos años los aprovisionamientos españoles de productos cárnicos.

La harina obtenida en la molturación de las habas de soja es muy rica en aminoácidos y constituye la base alimentaria de las aves y el ganado; según la ciencia y tecnología modernas, la soja sigue siendo la fuente de aminoácidos más barata y eficiente que se conoce hasta el momento. Es obvio, pues, que, aunque las importaciones de habas de soja gravitan sobre la balanza agrícola española, sería mucho más grave una importación masiva de los productos cárnicos; una producción propia casi suficiente y el vertiginoso incremento en el consumo de carnes son la contrapartida positiva al gasto español.

Durante las dos últimas décadas, España ha aumentado su consumo per capita anual de carne en la increíble cantidad de cuarenta kilos, cifra sólo superada por dos países del mundo: Israel y Polonia, y sensiblemente superior a la media de Europa occidental. En 1978, el consumo español de carne fue de sesenta kilos, frente a los 74 de la CEE. En 1969, la diferencia era de 31 kilos y hoy sólo es de catorce.

Proporcionalmente a este desarrollo, las importaciones de carne registraban una reducción considerable; actualmente, la producción propia de carne de porcino y aves representa el 73% del consumo cárnico español.

Este «gran milagro» no debe atribuirse en exclusiva a la soja. Ha sido posible, fundamentalmente, a una industria y tecnología altamente especializada en alimentación animal (transformación de grano y habas; fabricación de piensos compuestos). Más de seiscientas factorías producen anualmente por todo el país unos once millones de toneladas de piensos.

Según las investigaciones realizadas por técnicos españoles y extranjeros (de las que se hablará posteriormente), la producción española de soja no podrá llegar a ser suficiente para el autoabastecimiento por razones climáticas, orográficas y técnicas; y los elementos sustitutivos que se han estudiado resultan mucho más costosos que la soja. Tal vez una medida lógica y válida sería la reconversión a pastos de muchos terrenos, para que el ganado no tuviera que consumir excesiva soja, que tan gravosa resulta.

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