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Reportaje:

La Paz egipcio-israelí, primer reconocomiento árabe del Estado judío

La histórica firma del tratado de paz entre Egipto e Israel, que se celebrará el lunes en la Casa Blanca, representa un «paso a lo desconocido», como ha reconocido el propio artífice del acuerdo, el presidente norteamericano Jimmy Carter. Pese a las incógnitas que su firma plantea, dado el rechazo del mismo por los países árabes pertenecientes al llamado Frente de la Firmeza, es, sin embargo, el primer documento en que un país árabe reconoce la existencia de Israel como Estado y pone fin, formalmente, al estado de guerra que ha existido entre los dos países vecinos desde hace más de treinta años. Alberto Valverde ha recopilado datos sobre las cuatro guerras árabe-israelíes y las iniciativas de paz que se han sucedido durante estás tres décadas.

Una tarde de julio de 1977, el recién estrenado primer ministro israelí, el ex guerrillero sionista Menahem Begin, recibió una urgente visita del director de su Servicio de Inteligencia (MOSSAD), Sus agentes habían descubierto, por casualidad, un supuesto plan libio, dirigido personalmente por el coronel Gadafi, para asesinar al presidente egipcio Anuar el Sadat.Tras treinta años en la oposición, el ahora primer ministro Begin no sabía qué hacer con el sorprendente informe. «¿Cómo actuaron mis predecesores en estos casos?», preguntó. «Normalmente, este tipo de informaciones se pasa directamente a la CIA para que Washington, si lo considera oportuno, suministre la información a los servicios árabes por los canales habituales», se le respondió. «Esta vez -pensó Begin- vamos a actuar de una forma diferente.»

El 16 de septiembre de 1977, apenas dos meses después de haberse descubierto el complot para asesinar a Sadat, los teletipos de las agencias internacionales de prensa escupían una noticia de dificil credibilidad. Moshe Dayan, el héroe esraelí de la guerra de los seis días de 1967 y un famoso aguila de la política israelí, se encontraba sin previo aviso ni ulterior comunicación en Rabat. El nuevo ministro de Asuntos Exteriores israelí había llegado a la capital marroquí como llegado a la capital marroquí como resultado de aquella decisión deBegin. Su objetivo era iniciar el primer contacto directo con un funcionario árabe que jamás habla tenido un alto cargo israelí. Su interlocutor era el viceprimer ministro de la presidencia egipcia. Un titulo extraño y un hombre también raro. Pero Hassan el-Toham era el hombre de confianza del presidente Sadat y, según algunas versiones, la eminencia gris del régimen egipcio.

El encuentro de estos dos hombres, que luego daría pie al histórico y sorprendente viaje, el 19 de noviembre de 1977, de Sadat a Jerusalén, no se había producido por casualidad. Sesenta días antes, el presidente Sadat había recibido, de manos de un israelí, el informe secreto del MOSSAD sobre el su puesto plan libio para asesinarle. La decisión de Begin de enviar el informe secreto directamente a El Cairo había sorprendido y conmovido a Sadat. Su sorpresa se convirtió en coraje cuando la policía egipcia descubrió in fraganti a los palestinos extremistas, que, ya instalados en El Cairo, pensaban asesinarle por órdenes de Gadafi. Su emoción se disipó cinco días después, cuando las Fuerzas Armadas egipcias lanzaron una inexplicable guerra fronteriza contra el «hermano y vecino Estado árabe de Libia».

Del encuentro de Rabat a la visita a Jerusalén

El encuentro de Rabat, capital elegida por mutuo acuerdo en razón a los previos intentos del rey Hassan II de mediar entre árabes e israelíes en el pasado. apenas recibió publicidad. Su existencia incluso fue desmentida por el Gobierno israelí -aunque más tarde la admitieron, según el libro Untold stoy of The Mideast Talks, de Sidney Zion y Uri Dan. Times Books. New York. 1979-. Pero la entrevista fue la que condujo a que el presidente Sadat abordara un avión el 19 de noviembre de 1977 en El Cairo y se convirtiera en el segundo jefe de Estado árabe (el primero fue el rey Hussein en 1974, en una visita secreta), en visitar Jerusalén en los treinta años de guerra oficial entre el Estado de Israel y sus vecinos árabes.

Históricamente, la visita de Sadat a Jerusalén, su abrazo con el sionista Begin y su mensaje de paz al Parlamento israelí trastrocó radicalmente todo el esquema de conversaciones de paz que se habían llevado a cabo hasta la fecha desde la creación del Estado de Israel, en 1948. En los casi treinta años pasados, el Oriente Próximo había sido un polvorín. Cuatro violentas guerras, 12.000 muertes israelíes y casi cinco veces más de ciudadanos árabes, varios planes de paz, varias conferencias internacionales y casi una docena de resoluciones de las Naciones Unidas eran testigos irrefutables de que la iniciativa de Sadat se salía de los moldes clásicos en los que se habían desarrollado las relaciones -o ausencia de relaciones- entre árabes e israelíes.

De la Conferencia de Ginebra a los acuerdos de Camp David

También el encuentro marcaba el punto quizá más crítico en la historia del conflicto del Oriente Próximo. En Washington, un nuevo presidente, Jimmy Carter, trataba de hacer creer al mundo que su liderazgo superaba la experiencia de un ex cosechador de cacahuetes o de gobernador de un Estado sureño. Su plan para convocar la conferencia de paz de Ginebra fracasaba de una manera alarmante. Begin, un famoso águila israelí y comandante del grupo terrorista Irgum Zvai Leumi -de triste recuerdo para los palestinos por la matanza de Deir Yassim-, todavía insistía en el viejo sueño de crear el Israel bíblico, con Judea y Samaria (Cisjordania) formando parte de él. Sadat, molesto con los soviéticos y con los libios, sospechaba de los radicales árabes y ternía que la creación de un Estado palestino le aislara aún más en el mundo árabe. Su viejo temor de los, soviéticos, a los que no quería vek sentados en la misma mesa, le hacía desconfiar de la Conferencia de Paz de Ginebra. Por su parte, el ocupante de la Casa Blanca se hubiese cogido a un clavo ardiente para salir del punto muerto en que se encontraba toda la dinámica de conversaciones de paz en la región.

Y en este contexto nació Camp David. Iniciativa personal del presidente Carter, las conversaciones tripartitas Carter-Begin-Sadat marcaban el abandono formal por Washington de su política de convocar la Conferencia de Paz de Ginebra, puesta aún más de relieve por la famosa declaración conjunta soviético-norteamericana del 2 de octubre de 1977. En la declaración, dificílmente conseguida en Nueva York por el secretario de Estado, Cyrus Vance, Washington y Moscú se habían puesto de acuerdo para resucitar la Conferencia de Ginebra, mecanismo diplomático pues a lo en marcha tras la última guerra en 1975 (de Yom Kippur, para los israelíes, y de Ramadán, para los árabes) y que, al menos, había servido para conseguir un alto el fuego aun sin que se llegase a reunir formalmente nunca.

La declaración soviético-norteamericana, que reconocía por parte de Washington el derecho de los palestinos a su propia «entidad nacional» y el papel de la Unión Soviética a participar en cualquier iniciativa de paz en la región, también significaba el abandono formal por Estados Unidos de la «diplomacia de paso a paso», un invento del ex secretario de Estado Henry Kissinger que por lo menos había alcanzado un acuerdo interino, firmado en Ginebra el 4 de septiembre de 1975, entre Egipto e Israel que, sin ser ninguna declaración de paz, permitió a los egipcios concretar sobre el papel su «victoria psicológíca» en la guerra de octubre de 1973. Bajo dicho acuerdo, Israel realizó su primera retirada del Sinaí.

Los acuerdos de Camp David fueron, de hecho, el documento base del actual tratado de paz entre Egipto e Israel. Firmados bajo la etiqueta de «marco de acuerdo», solventaban la cuestíón de la retirada total de Israel del Sinaí y establecían un principio de aceptación por Tel Aviv del. hecho palestino y su derecho a laautonomía en Gaza y Cisjordania.

Las guerras de 1967 y 1956

Si Camp David fue la superación de la «diplomacia paso a paso» de Kissinger, ésta marcó el fin del llamado plan Rogers, otro intento norteamericano que el secretario de Estado de entonces, William Rogers, trató que el presidente Nasser, de Egipto, y la prinier ministro israelí, Golda Meir, aceptaran para acabar de nuevo con el estado de guerra y con1as consecuencias del conflicto de los seis días de 1967. El plan Rogers lleva fecha del 9 de octubre de 1969, y aunque aceptado en principio por Egipto, Jordania e Israel, el. septiembre negro (1970) del rey Hussein contra los palestinos dio también al traste con esta iniciativa.

La guerra de 1967, aparte de la ocupación por las tropas israelíes de la península del Siriaí, de las rnontafias sirias del Golán y de Cisjordania y Jerusalén, trajo consigo el primer documento histórico para una solución global al conflicto entre árabes e israelíes. La resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de 22 de noviembre de 1967, habla directamente de la retirada israelí de «territorios ocupados en el clonflicto reciente» (existen diferencias de interpretación entre si esta retirada abarca a territorios -posición israelí- o todos los territorios -versión árabe-) y pide una solución para el problema de los refugiados palestinos.

El problema de los refugiados palestinos, expresión semántica que con la creación de las organizaciones corno la OLP y otras disidentes encierra lo que Carter llamó .recientemente el problema de la «entidad palestina», fue, sin ninguna duda, el que ha matizado todas las guerras e iniciativas diplomáticas de paz desde la creación del Estado de Israel, en 1948. Los palestinos, o refugiados palestinos desplazados de sus propiedades y patria, han estado reivindicando su propia configuración nacional desde la desaparición de Palestina tras la salida británica de la región el 14 de mayo de 1948. El problema palestino, por otro lado, se vio agravado con las sucesivas guerras y en especial, con la de 1956, en la que una campaña victoriosa de los israelíes, que contaron con el apoyo de franceses y británicos durante la ocupación del canal de Suez, les permitió extender sus fronteras a regiones no previstas en el plan de repartición de Palestina de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947.

El origen de Israel como Estado y su expansión

Precisamente fue una expresión semántica, pronunciada en 1917 por lord Balfour, la que, históricamente, dio origen a la idea de la creación del Estado de Israel. El presidente Carter, cuando el año pasado habló de «entidad palestina», copió deliberadamente la expresión del lord británico que, sesenta años antes, habló por vez primera de la «jewish national home» o entidad nacional judía.

Por presiones británicas, francesas y norteamericanas, la Asamblea General de las Naciones Unidas abole el 29 de noviembre de 1947 el mandato británico de 1922 sobre Palestina y crea en dicho mandato dos Estados: uno israelí y otro árabe. Según los árabes, la Asamblea General contradice la propia Carta de la ONU, al imponer soluciones sobre los pueblos que no han sido aceptados por ellos (artículo 1 de la Carta). El mismo día de la retirada unilateral británica, el 14 de mayo del año siguiente, Ben Gurión proclama el Estado judío, en contradicción también con una resolución de la ONU que dice que los Estados creados «sólo comenzarán a existir dos meses después de la retirada de todas las fuerzas armadas». Un día más tarde, los ejércitos conjuntos de Egipto, Libia, Transjordania, Siria e Irak atraviesan sus fronteras e invaden Palestina. La primera guerra árabe-israelí comienza. Cuando se termina, el 7 de junio de 1948, Israel dispone. de un 30% más de territorio del previsto ocho meses antes por la ONU. En 1956, segunda guerra, ese territorio se ensancha a las actuales fronteras, y en 1967, interinamente (dicen los israelíes entonces), abarca ya al Sinaí, al Golán y a Cisjordania.

La duda del primer tratado de paz entre el Estado de Israel y otro árabe -Egipto-, en el que formalmente se reconoce la existencia de Israel por un Estado árabe, es si esta última anexión interina será permanente para el caso de Cisjordania, territorio que, según Begín, es «parte bíblica del gran Israel».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de marzo de 1979

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