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Crítica:
Crítica

Recital Chopín de Joaquín Soriano

Dentro del romanticismo musical ha sido, sin duda, la producción pianística de Chopín aquella que ha disfrutado a través de los años de mayor popularidad y que ha jugado un papel social más fuerte. Ello se ha debido a diferentes causas: virtuosismo, melodismo procedente del bel canto italiano, nacionalismo no exento de cierto carácter exótico, y todo ello unido a la genialidad de un músico que había sido en vida uno de los grandes mitos de su tiempo. Todo ello condujo a un uso y un abuso que desembocó en el amaneramiento del tardío romanticismo de salón, que es lo más opuesto al verdadero espíritu chopininiano. Por ello, la interpretación de esta música ha sufrido en época reciente una cierta revisión que tiende a presentar nos un Chopín íntimo, profundo a menudo sombrío.

Chopin: Veinticuatro preludios Op

28. Scherzo número 3. Nocturnos en mi menor y re bemol mayor. Polonesa en la bemol mayor. Andante spianato y gran polonesa brillante Op.22. Joaquín Soriano, piano. Teatro de la Zarzuela Día 30.

Es necesario tener esto en cuenta para comprender el Chopín de Soriano: tranquilo, sereno, equilibrado, tal vez apasionado, pero jamás inquieto, angustiado ni desenfrenado. Chopin, antes melódico que armónico, de tensiones poco acusadas, flexible en el tempo, pero de poco rubato, tal vez demasiado poco (un rubato no excesivo proporciona holgura expresiva a la ornamentación). Por ello su interpretación está llena de belleza y sugerencias, aunque no por ello deje de ser discutible. Recordemos las palabras de Liszt: «Su inspiración era imperiosa, fantástica, irreflexiva. Sus giros tenían que ser libres... » En este sentido debemos, acaso, considerar la interpretación de Soriano exactamente como eso: una interpretación en el sentido de «atribución de un significado a un mensaje».

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