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Crítica:CINE

Mujeres solas

Cuatro mujeres en torno a una piscina, charlan, cantan, se bañan, juegan. La historia de su encuentro comenzó tiempo atrás. Este encuentro, su relación amistosa o profesional, lo ha escrito, protagonizado y dirigido Jeanne Moreau monstruo sagrado y consagrado hoy camino del ocaso, en el cine del otro lado de los Pirineos.Tratándose de una actriz cuyo trabajo siempre se apoyó en muy peculiar tipo de personajes (recordemos al paso, tal como viene a la memoria, su excelente creación en el Diario de una doncella, de Buñuel), lo primero que llama la atención en este su primer filme como realizadora, es lo leve de su trama, lo superficial de las imágenes que nos ofrece en su visión del mundo del cine.

Lumière

Guión y dirección: Jeanne Moreau, Intérpretes: Jeanne Moureau, Francine Racette, Lucía Bosé y Caroline Cartier. Francia Color. Drama 1975. Local de estreno: Cine Infantas.

Tal visión no es aquí, como en otras peliculas, ese bulevard del crepúsculo, melancólico y sombrío en el que Gloria Swanson y E. von Stroheim se dejaban morir a golpes del más puro melodrama. No es tampoco una versión amable en torno al séptimo arte tal como la ofrecía en su Noche americana Truffaut, hace poco.

Se trata de un filme europeo y por lo tanto con pretensiones literarias que se evidencian de forma casi obsesiva sobre todo en los diálogos. Desde su título Lumiére, alusión a los inventores del cine, hasta sus citas de Bergman, la historia tiene siempre un tono vagamente narcisista muy común, por otra parte, a cierto tipo de cine francés de factura reciente.

Dado que, en realidad, se trata de una obra comercial, dedicada al público medio francés o amante de la cultura francesa, las imágenes eluden sistemáticamente cualquier impresión pecaminosa. Sobre tales pecados se pasa sin rozarlos siquiera, tal como debe ser tratándose de un filme burgués y, en cierto modo, romántico, cortado a la medida de su autora en el que se busca dar testimonio de unas vidas, de unos estados de ánimo más que de una acción con principio y desenlace al estilo clásico. Sucede, sin embargo, que tales momentos o estados de ánimo de estas cuatro mujeres, estrellas en ciernes o ya consagradas, vienen a resultar vulgares, no porque aparezcan sin interés o profundidad, sino porque sus dolores, alegrías y pequeñas tragedias tienen un aire tan leve y anodino como los hombres que en tomo a ellas giran y con ellas nos dicen que se acuestan.

De los cuatro personajes femeninos, el de Jeanne Moreau resulta, por supuesto, el más convincente, ante todo por razones obvias de categoría como intérprete. Lucía Bosé viene a hacer de señora García a la europea. Su francés resulta tan torpe como su castellano entre nosotros, y en lo que se refiere a Francine Racette y Carolina Cartier, rellenan con sus cuitas los tiempos muertos que la Moreau deja libre.

A pesar de tratarse de una historia entre mujeres no hay amor entre ellas, ni, por supuesto, grandes pasiones, sólo afán de acoplarse con sus hombres, entre copa y copa, entre divagación y divagación más o menos filosófica. La imagen del medio resulta más bien aburrida, quizás porque en el cine, como en el amor, lo que cuenta es hacerlo. Todo el resto, lo que hay antes o viene después, nace y camina por los pagos del tedio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de diciembre de 1976

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