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Crítica:CINE / EL HOMBRE QUE PUDO REINAR

Parábola del colonialismo

Esta es la historia de un hombre que quiso ser rey y acabó siendo un dios en un pequeño rincon del Himalaya. Es, al tiempo, una parábola sobre el colonialismo que, como todo el mundo sabe, suele llegar a países pobres como este Kafiristán, para, con el pretexto de abrir sus ojos a la luz del progreso, vaciar sus bolsillos, por lo común exhaustos. En otras palabras: él trae dicho progreso, concepto vago y subjetivo, para llevarse a cambio las materias primas, realidad concreta y exportable. Según sus defensores más o menos literarios -y Kipling es, entre ellos, el más conocido y contumaz-, los hombres blancos tienen el deber de civilizar a los demás. Tal es su pesada carga: the while man's burden, no tan pesada, al parecer, si se consideran los esfuerzos que por no renunciar a ella suelen llevar a cabo los países de economía más fuerte. El imperio colonial inglés se impuso fundamentalmente en la India por la fuerza de las armas, y estos hechos de armas han servido de pretexto para llenar muchas páginas de su moderna literatura. En este relato que Huston nos cuenta en excelentes imágenes tales hazañas, entre el humor y el drama, se refieren a dos sargentos que, negándose a volver a una vida humilde y sin fortuna, se deciden por la-aventura, más acorde con su condición, a caballo entre la vieja disciplina y una vida de errante picaresca. Tales soldados no son ajenos a la historia de cualquier país, ni siquiera a la nuestra. Recordemos a los veteranos de nuestro Siglo de Oro, tantas veces llevados a nuestras letras: «Acábase la campaña, / a la corte un hombre torna, / va a pretender y en un siglo / no encuentra una buena hora / porque desde que anda el pobre / tres años en la maroma / logra, ¿qué?, una ración de hambre, / y eso si acaso la logra».Recordemos, también, al soldado Miguel de Cervantes en busca de un empleo para las Indias, o a tantos otros con sus hechos heroicos reducidos a simples memoriales, siempre a la espera y siempre despedidos.

El hombre que pudo reinar

Argumento de Rudyard Kipling, Guión de Foreman y Huston. Música de Maurice Jarre. Intérpretes: Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer. Dirección: John Huston. Aventuras. USA, 1975. Local de estreno: Cine Capitol.

Pero el protagonista de Kipling no quiere ser recibido por el rey, del que no solicita ningún empleo, sino por la reina, de igual a igual, como monarca de un rústico imperio. Para ello no tiene inconveniente en arrostrar penalidades, desdeñar tesoros e incluso engañar a quienes le reciben como amigo. Cuando sus súbditos se sienten defraudados, el falso reinado acaba de un modo trágico. Como se sabe, el despertar de los pueblos débiles suele acabar sangrientamente para los falsos profetas, y así el hombre que fue dios recibe su castigo a manos de sus sfieles cuando éstos, al fin, comprenden que lo único que le separa de ellos es su egoísmo. El humor de Kipling, su sátira especial, su modo de ver las costumbres y la personalidad de los ingleses, va anotando a lo largo del relato una serie de rasgos divertidos. Así, su alusión a la masonería, que impone una igualdad de trato entre rufianes y señores, y relaciona de modo pintoresco al siglo XIX con las empresas de Alejandro Magno. Huston -no es preciso decirlo- ha sabido recrear el ambiente pintoresco de este tipo de relatos.

Interpretado en el filme por Christopher Plummer, es, a la vez, personaje y confidente de Sean Connery y Michael Caine, los dos sargentos, aunque en realidad el protagonista principal resulte, a la postre, este país que, a medias real y a medias evocado, nos ofrecen Kipling y Huston con un gesto amable, a veces grave y casi siempre irónico.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de julio de 1976