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Reportaje:Memorias del confidente de Nixon / 4

¿Qué tuvo que ver Ia CIA con Watergate?

Bob Haldeman, jefe del gabinete de Nixon, fue el segundo hombre con más poder y el más temido en los Estados Unidos, después del mismo presidente. En la cuarta parte de esta serie que ofrecemos en exclusiva, Haldeman señala por vez primera si la CIA estuvo o no complicada en el asunto de Watergate, en un intento de destruir al presidente Nixon. Nos presenta también un retrato fascinante del sistema de relaciones que existía entre los hombres del entorno del presidente Nixon: John Ehrlichman, Charles Colson, Henry Kissinger, Jeb Magruder, John Dean, John Mitchell, el presidente Nixon y el mismo Haldeman.lgualmente surge la cuestión de la amistad entre Haldeman y Kissinger, quien cuando supo que aquél fue obligado a dimitir, dijo que él tampoco continuaría en la Administración.

«Solamente te llamo para desearte a ti y a tu familia un feliz año nuevo», dijo Alexander Butterfield cuando me telefoneó inesperadamente a mi piso de Arlington (Virginia). Era el 31 de diciembre de 1974, la víspera del veredicto en el proceso por el asunto Watergate. Butterfield, que reveló la existencia de las grabaciones al Comité Ervin, con lo que el escándalo se hizo aún mayor, apareció en un principio como testigo del fiscal en el proceso que presidía el juez John Sirica. Más tarde, Alex me ofreció actuar de testigo en favor mío, cosa que el fiscal bloqueó des veces con éxito, usando para ello diversas maniobras.

Mientras veía a Butterfield en el banco de los testigos, intentando ayudarme, recordaba las largas relaciones que existieron entre nosotros, desde los tiempos de la UCLA, y las circunstancias por las que llegó a trabajar en la Casa Blanca.

En un principio, Alex se acercó a la Casa Blanca por sus propios medios e iniciativa, no porque yo le contratase para trabajar en ella. Rápidamente llegó a general de las Fuerzas Aéreas. Nunca comprendí por qué insistió,"contra mi consejo, en dejar su empleo y por qué de forma repentina quiso tomar parte en el equipo de Nixon.

Pero viendo cuál fue su papel, estas actitudes parecen curiosas, incluso en la actualidad. ¿Fue Butterfield miembro de la CIA? Puede ser, pero no estoy seguro de ello. Contemplando las cosas que sucedieron no tengo mucha certeza, en cuanto al papel que la CIA desempeñó cerca de Nixon, y, particularmente, en su salida del poder. No creo que esto sea imposible en absoluto, pero simplemente creo que existen multitud de cuestiones sin resolver en todo el embroño de Watergate. La CIA tenía capacidad para hacer muchas cosas, y posiblemente tenía también la intención de, realizarlas.

«Las gentes de Watergate»

Antes de aquel día fatídico, me refiero al 17 de junio de 1972, siete hombres -Richard, Nixon, John Mitchell, John Ahrichamn, John Dean, Jeb Magruder, Charles Colson y yo actuábamos juntos en un equipo que.funcionaba a la perfección. Eramos los llamados «gentes de la Casa Blanca».

Nuestra única conexión con el asunto Watergate era el hecho de que John Mitchell vivía en un apartamento del complejo residencial de Washington que lleva este nombre. Pero a partir de la primavera de 1973 comenzamos a ser conocidos como las gentes de Watergate». La Administración Nixon había pasado a ser, de un gobierno constructivo, a un gobierno asediado y a la defensiva, hasta que se vino abajo en el verano de 1974. Repentinamente, en un tribunal federal, los tres veteranos ayudantes del presidente Nixon, ya dimitido, junto con dos ayudantes en la campaña de 1972, Robert Mardian y Kenneth Parkifison, fueron acusados de diversos delitos. A veces tuve la sensación de malestar durante el proceso, al observar que yo mismo contraté a tres de las más conocidas figuras en el proceso de Watergate, que ocuparon el banco de los testigos. Me refiero a Dean Magruder y Colson. Tanto a Mitchell como a Ehrilchman y a mí mismo nos obsesionaba a lo largo de las interminables sesiones de proceso, la irritada presencia de Richard Nixon.Todavía existen muchos mitos sobre las relaciones que existían entre las «gentes de Watergate, no sólo entre nosotros, sino, con el mismo presidente también. Mitchell y yo, por ejemplo, trabajábamos muy conjuntados y teníamos buenas relaciones, pese a la diferencia de edad, de modo de ser y de intereses. Generalmente estábamos de acuerdo en muchas cosas, aunque no faltasen roces personales en otros aspectos de menor importancia.Por otra parte, Ehrlichman y Mitchell apenas tenían «relaciones, trabajaban de manera diferente y confiaban poco el uno en el otro. Frecuentemente mantenían sus distancias en las cuestiones relativas a la policía y a las operaciones del Ministerio de Justicia.

Las relaciones de John Dean y Mitchell -una especie de padre e hijo- no eran tan íntimas como se publicó en su día. No obstante, Dean era, hasta cierto punto, un protegido de Mitchell y esto suponía un gran punto de unión entre ellos. Mitchell, por ejemplo, estaba preocupado por el hecho de que la función de Dean no fuese muy importante en la Casa Blanca y por el hecho de que se le hubiese trasladado del Ministerio de Justicia.

Mitchell y Jeb Magruder tenían, en la medida que yo puedo saberlo, buenas relacioneis de trabajo. Chuk Colson y Mitchell se odiaban mutuamente. Con el presidente, John Mitchell disfrutaba de una relación de igual a igual, absolutamente única en la Casa Blanca de Nixón. Tenía libre acceso a su despacho, se tomaba la libertad de estar en desacuerdo con el presidente y mantenía sus ideas con persevarancia. Nixon le utilizaba como agente especial categoría para sus relaciones con el Gobierno, con Kissinger y para cuestiones políticas. Confiaba en él completamente. John Ehrlichman y yo tuvimos relaciones muy amigables, por espacio de veinticinco años, desde los tiempos en que trabajamos en la UCLA. Desde el comienzo le consideré como un hombre de Haldeman» por el hecho de que yo le contraté para la Casa Blanca. John mantuvo sus relaciones personales con Nixon con toda independencia, bajo mis consejos y mis impulsos.

Nixon tenía una alta opinión de la capacidad y del criterio de Ehrlichman. Sin embargo, la relación entre ambos hombres no siempre fue fácil. Analítico y seguro de sí mismo, Ehrlichman no tenía reparos en manifestar su desacuerdo con Nixon, a veces de forma incisiva y directa.

John poseía reservas en cuanto a la personalidad de Nixon. Aunque respetaba la capacidad de trabajo del presidente, se mostraba preocupado por su estilo de vida, especialmente en lo relativo a las cuestiones de la bebida.Dean Ehrlichman trabajaban juntos con satisfacción. Ehrlich-man ejercía una especie de tutoría sobre Dean en algunos aspectos fundamentalmente cuando se tratataba de aconsejar al presidente, e igualmente le usaba como agente en otras cuestiones. Por otra parte, Magruder y Ehrlichman no se relacionaban entre ellos.

Me esforcé para lograr que cooperasen Chuck Colson y Ehrlichman, aunque no se soportaban el uno al otro. Si Ehrlichman tenía un defecto es que era, como Mitchell, comprensivo en sus juicios sobre los miembros del gabinete de Nixon.

No conseguí el «dossier» del FBI de Dean

John Dean era algo así como el «vendedor de perritos calientes» en la plaza Nixon de la Casa Blanca, sin ningún interés especial por el dueño de la casa. Era listo, sabía comportarse bien y estaba entusiásticamente respaldado por Mitchell, por Richard Kleindienst (ayudante de Mitchell en el Ministerio de Justicia y su sucesor como fiscal general en marzo de 1972), por Egil Krogli (ayudante de John Ehrlichman, que fue nombrado, subsecretario de Transportes en diciembre de 1972) y por Ehrlichman.Las relaciones de Dean con el presidente, pese a lo que se dijese en contra, no existieron hasta Watergate; e incluso entonces no fueron muy estrechas. Yo le contraté porque nunca llegué a conocer su dossier en el FBI, que, por supuesto, no estaba incluido en su curriculum. Pero esto no me preocupó, desde el momento en que supe que Dean habían sido absuelto por la Justicia. Mi gabinete debió encontrar gracioso el hecho de que en lo que se refiere a Dean, violé mi propio sistema de asumir los problemas de mis subordinados.

Si hubiese conocido el dossier del FBI sobre Dean le hubiese eliminado de la Casa Blanca. Determinadas cuestiones y acusaciones, por lo demás no graves, sobre sus relaciones con una firma legal para la que trabajó antes de entrar en la Casa Blanca, me hubiesen bastado para saber que allí había humo antes de ver el fuego.

Chuck Colson fue siempre un problema. Francamente, era una persona que no me gustaba, como tampoco me gustaban otros. Sus particulares maneras le concedían una mala reputación en todo el gabinete con la excepción, posiblemente, de Dean. Era un protegido de Bryce Harlow (ayudante y más tarde consejero del presidente Nixon) quien le introdujo en la Caasa Blanca. Yo le ayudé a ascender y Nixon, que llegó a tener estrechas relaciones con él, encontró que su ayuda era muy valiosa.

De temperamento muy político, Colson era muy aficionado al juego, incluso con fanatismo. Pero Colson realizaba un juego oscuro cerca de Nixon. El no era un verdadero miembro del gabinete, en el sentido que no se entregaba totalmente a su trabajo. Si tenía un gran. defecto, éste era su ausencia de voluntad, incluso de deseo, para que las órdenes del presente se cumpliesen sin excusa.

Jeb Magrudor era un completo lameculos. Aunque no le faltaban buenas ideas, era débil y egoísta, pragmático y sin convicciones propias. Estaba lleno de tonterías, aunque me di cuenta de que podía controlarse para que no se notase. Yo tenía que estar siempre encima de él para hacer que trabajase, asustándole o aguijoneándole. Como con muchos jóvenes miembros del gabinete de la Casa Blanca, tenía los intereses de Magruder y mantenerle en equilibrio en la cuerda floja en que se hallaba.

Magruder no tenía verdaderas relaciones con el presidente. En principio fue mi ayudante, y luego se convirtió en el hombre de John Mitchell por su propia voluntad.

Durante los tres meses que pasamos ante el tribunal de Washington tuve tiempo para reflexionar sobre los incidentes que me llevaron a la dimisión como jefe del gabinete. En particular, lo sucedido a finales de abril de 1973, cuando Henry Kissinger, visiblemente agitado, entró en mi despacho en la Casa Blanca. Acababa de volver de una reunión que tuve con Nixon sobre el "problema de Haldeman» y lo que, se podría hacer para resolverlo.

Kissinger, que nunca perteneció a las «gentes de Watergate» dijo que la idea de que yo dimitiese era «incomprensible» para él y que si Nikon la aceptaba, él también se marcharía inmediatamente.

«No quiero servir en una Administración que permite que tales, cosas pasen», dijo Kissinger. En varias conversaciones, años después de que yo dejase la Casa Blanca, Kissinger expresó el mismo deseo de apoyarme, pero nunca llegó a dimitir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de junio de 1976